Marina Colasanti y sus historias para almas viajeras

Por Antonio Orlando Rodríguez
Tomado de Artes y letras, suplemento de El Nuevo Herald, Miami.

Lograr un estilo inconfundible es el deseo confeso o escondido de no pocos narradores. Desde su primera colección de cuentos, Una idea toda azul, publicada en 1979, la brasileña, Marina Colasanti, consiguió materializarlo. En títulos posteriores, como Entre la espada y la rosa o Lejos como mi querer, por apenas mencionar dos de los más relevantes, su manera de contar consolidó un sello propio, una certera suma de economía verbal, levedad, transparencia y riqueza de significados que conforman lo que podríamos llamar “el estilo Colasanti”.

Autora de una amplia bibliografía que abarca narrativa, poesía, ensayo y periodismo, Colasanti ha incursionado con particular acierto en el cuento de hadas o maravilloso, un antiguo género que ha logrado reinventar, rescatando sus esencias y fórmulas arquetípicas -con todo su caudal de connotaciones psicológicas y sociales- y enriqueciéndolo con sorprendentes paisajes, personajes y conflictos que apuntan a un ambicioso propósito de contemporaneidad.

Su más reciente obra publicada en español, Veintitrés historias de un viajero (Norma: Bogotá, 2010), testimonia la madurez creativa de la excepcional fabuladora que es Marina Colasanti. Insertada en el mercado editorial como una colección de cuentos para lectores juveniles, en realidad se trata de textos de los que ningún adulto amante de la gran literatura debería privarse. La estructura del libro utiliza un sugestivo cuento-marco para dar cabida a un conjunto de historias de muy variada naturaleza, dramáticas unas, humorísticas otras, poéticas y pródigas en símbolos y connotaciones todas. Un viajero –“un hombre para quien el mundo es un abanico abierto”, pero también una representación del destino- llega a las puertas del pequeño reino, rodeado de altas murallas, de un joven príncipe presa del miedo. A través de los relatos que le va entregando el forastero en el transcurso de un viaje iniciático, el gobernante recibe noticias de un mundo desconocido y la necesidad de recorrer otros caminos, más allá de las fronteras de su territorio, se va abriendo paso, de forma liberadora, en él. Como suele suceder en la mayoría de los cuentos de esta autora, tiempo y espacio resultan difíciles de precisar. Digamos que sus tramas se desarrollan en una edad mítica, en una suerte de “tiempo más allá del tiempo” enraizado en las honduras del inconsciente.

En un conjunto de relatos de tan sostenida calidad formal, destacar uno implica un ejercicio más cercano al gusto personal que a la estricta valoración crítica. Puesto a elegir, me inclino por el primero de los que refiere el viajero al príncipe: “La muerte y el rey”, sin duda un clásico dentro de la narrativa de Colasanti por su carga metafórica y su reflexión -sobrecogedora y sutilmente irónica- sobre la naturaleza ineludible de la muerte. Sin embargo, sería injusto no resaltar otras ficciones que perduran en el recuerdo una vez concluida su lectura, como “Quien me dio fue la mañana” y “Charco de sangre en campo de nieve”, ejemplos paradigmáticos de la habilidad de la escritora para rematar sus historias fantásticas con desenlaces tan líricos como inesperados; “Al abrigo de un turbante”, un cuento de ambiente oriental y refinado humorismo; “Con certeza tengo amor”, “De su corazón partido” y “De mucho buscar”, textos que, desde disímiles perspectivas, retoman uno de los temas favoritos de Colasanti: el triunfo del sentimiento amoroso pese a obstáculos de toda índole, o “En el camino inexistente”, una breve e inquietante fábula sobre dos peregrinos, un padre ciego y una hija muda, que confunden desierto y mar, olas y dunas.

La narración como viaje, las guerras entre reinos, el amor como fuente de vida, el elogio de la belleza y la sagacidad femeninas, las metamorfosis de seres humanos en animales, la crueldad vencida por la inocencia, las paradojas del destino y la necesidad de hallar respuestas para las preguntas fundamentales el hombre (“¿No será la vida de todos nosotros la búsqueda de un tesoro, el raro tesoro de la felicidad?”) son algunos de los eternos motivos de los cuentos populares que reaparecen, asombrosamente lozanos y universales, en estas páginas.

Nacida en 1937 en Asmara, Eritrea, de padres italianos, Colasanti vivió en Trípoli y deambuló con su familia por distintas ciudades de Italia antes de emigrar a Brasil a los 11 años de edad. Este admirable libro, deudor de las raíces y los paisajes de su infancia viajera, de una experiencia vital marcada por la pertenencia y el extrañamiento, nos conduce directamente al corazón del universo mágico de Marina Colasanti, una escritora fascinante, poderosa e insustituible.

Pablo Cano, el hacedor de marionetas

 Por Adriana Herrera, tomado del suplemento dominical Artes y letras, del periódico El Nuevo Herald, Miami.

Hace una década, Pablo Cano (La Habana, 1961) hizo en el Museum of Contemporary Art (MOCA), Once Upon an Island, una función de marionetas que narraba la malograda historia de amor entre el Príncipe Miami y la princesa Habana. Desde entonces, Bonnie Clearwater, la directora del museo, se involucró con ese camino propio que Cano había proseguido con su proyecto de graduación del Queens College de Nueva York en 1985. Como escribe en el libro Pablo Cano. Full Circle, “en una época en que el arte conceptual dominaba el mundo del arte, Cano siguió su corazón y su pasión buscando tesoros en la basura y trayendo así a la existencia inolvidables caracteres”.

Ciertamente Cano tuvo el respaldo del crítico e historiador de arte Robert Pincus-Witten; pero su relación con las marionetas no depende de la validación de la crítica o de las tendencias dominantes. Cano ama ser el hacedor de universos que contienen esos personajes surgidos de sus manos que pueden sorprenderlo cuando cobran vida y expresan en el escenario sus propias búsquedas existenciales o, como ocurre en The Seven Wonders of the World, actualmente en el MOCA, su percepción del presente.

El niño que a los seis años comenzó a imitar los dibujos que su madre hacía del paraíso perdido de la isla de origen, descubrió a los 18 la obra de Alexandra Exter, cercana a las cooperativas de artesanos y cofundadora del taller de producción Kiev. Como ella, que se involucró en el diseño de escenografías y de vestuarios, Cano, quien ya había descubierto el extraño poder de los juguetes –fabricados para sus sobrinos- de encarnar la vida; hizo escenografía y utensilios para el Nutcracker comisionado por el Ballet Concerto Company. Esa experiencia de construir un mundo que se anima al subir los telones fue definitiva para iniciar su teatro de marionetas, cada vez más poblado.

Su modo de producción involucra -como en los talleres medievales- a familia y amigos, y evoca a George Sand que confeccionaba los vestidos de las marionetas que su hijo Maurice esculpía para su teatro de marionetas en el castillo de Nohant. Esta década de apoyo del MOCA le ha permitido una expansión y la mayor flexibilidad de sus marionetas gracias a la incorporación de la danza en sus performances, con la crucial colaboración de la coreógrafa Katherine Kramer y sus bailarines.

Cano combina lo sublime y lo humorístico. La continua presencia de objetos trascendentales como los altares -en la actual obra el bellísimo personaje, La Madonna del DNA, se presenta sobre uno-; se balancea con el uso de los materiales de desecho en cada escultura figurativa: papeles de cajetillas de cigarrillos, empaques de todo género, pedazos de muebles. Evoca la influencia de Duchamp en esa visión del mundo como un depósito de objetos que funcionan como ready mades. Y, como la pareja que conformaron Sophie Taebuer y Jean Arp, rompe la división entre artes finas y aplicadas, creando obras fabricadas con objetos ordinarios y usando el collage. Sus marionetas revelan su origen de detritus y por eso maravillan tanto.

La obra en escena, como dijo un espectador, “tiene la cualidad de la familiaridad: hace de la figura de Barack Obama, ‘el vecino de la puerta del lado’ ”. Lo convierte en un presidente-presentador que “en una atmósfera de musical de Broadway transmite el optimismo de una era”. Y si bien su figura se exalta -apartándose de la mordacidad frente al poder de los títeres-esperpentos de Valle-Inclán- también recuerda que el tiempo del gobierno corre: el cuerpo de Obama está construido con un reloj.

 El guión, escrito por Carmen Peláez, celebra desde los mínimos inventos -el cepillo de dientes, o los ganchos de pelo que se convierten en Fred Astaire y Ginger Rogers, y el teléfono celular que encarna un sapo plateado-; hasta los sofisticados desarrollos, como los avances genéticos, vueltos personajes en la celestial Madonna del DNA que contrasta cómicamente con los payasos clones. También se agradecen las redes virtuales personificadas en tres “chismosas”: Googleina, Face Booka y Amazona. Festejan la libertad de expresión que rebasa las posibilidades de control estatal.

De hecho, puede verse una ironía en la conversión de la Strategic American Defense Initiative en la Bailarina Satélite, Sadi, que danza con Rudi Goblen en una magnífica escena. En el trasfondo de los cohetes fabricados con tarros de café y galletas, el vocalista Jeni Fleming interpela el poder destructor de las bombas. Y no hay que olvidar que el narrador de quien brota toda esta historia de exaltación de las maravillas del mundo contemporáneo, es un homeless que, en su carruaje de supermercado, trae el universo entero de la obra, inspirada en la sensación de esperanza que rodeó a las últimas elecciones.

De allí sale la alfombra roja en donde caminan el presidente-presentador y el Louis Armstrong que entona, al final, “What a Wonderful World”.

Los niños aplauden sin dudar de la vida que han cobrado lámparas, ganchos, y toda una parafernalia de objetos encontrados. Y, mientras, Clearwater recuerda que otros artistas como Dan Graham, Wiliam Kentridge, Paul McCarhty y Anne Chu han incorporado las marionetas, Pablo Cano inscribe el espíritu de su obra posmoderna en el arte folclórico americano.•

La exposición The Seven Wonders of the Modern World, de Pablo Cano, puede visitarse hasta el 29 de mayo en el Museum of Contemporary Art (MOCA) de Miami. El día del cierre el artista ofrecerá performances con sus marionetas a las 2:00 y a las 4:00 p.m. La exhibición cuentas con el patrocinio de la Jim Henson Foundation, de laKatzman Family Foundation y de Dr. Shulamit y Chaim Katzman.

Literatura para tiempos veloces

 Por Carlos Espinosa Domínguez, tomado de Cubaencuentro.com

“Vivimos tiempos veloces; es decir, apenas hay tiempo. Pero, teniendo en cuenta y estando a favor del verdadero progreso —el científico, el tecnológico y el humano—, creo que, independientemente de los impactos de la tecnología de nuestra época, de los equipos modernos de aprendizaje y de juegos (…), en nuestros países del sur, la poesía —que habla a la razón del sentimiento y a lo que “suene justo, hondo y lleno”, como apunta Cintio Vitier—, ocupa entre los niños un lugar insustituible. Los videos, los juegos tecnológicos, los CD-ROM y la poesía no son excluyentes, sino complementarios”.

La cita anterior pertenece a la escritora Enid Vian. Confieso que no me siento capacitado para confirmarla o contradecirla. No tengo hijos, nietos ni sobrinos que puedan servirme de muestras. Y los estudiantes a quienes imparto clases, hace ya unos cuantos años que dejaron atrás la tierna infancia y son, de acuerdo a la ley de su país, adultos. No obstante, quiero ser optimista y pensar, como Vian, que los niños actuales siguen leyendo y disfrutando la poesía concebida para ellos. Que pese a las variadas y numerosas opciones que hoy tienen a su alcance, no han renunciado al viejo y sano hábito de sumergirse en las páginas de un libro. Y, en fin, que conservan la capacidad de ser sensibles a la imaginación poética y la sugestión de la palabra.

Por lo pronto, se siguen escribiendo y editando poemarios para ellos. Los autores se responsabilizan así de continuar una tradición que, en el caso de la literatura cubana, acumula ya unos ciento cuarenta años. La inició de manera brillante José Martí y luego la han mantenido creadores tan significativos como Mariano Brull, Emma Pérez Téllez, Nicolás Guillén, Renée Potts, Dora Alonso, Mirta Aguirre, Eliseo Diego, David Chericián, Nersys Felipe, Julia Calzadilla, Aramís Quintero, Froilán Escobar, Adolfo Martí, Excilia Saldaña, Emilio de Armas, José Antonio Gutiérrez y muchos otros. Existen por lo menos dos antologías que dan cuenta de esa producción: Un elefante en la cuerda floja (1998), preparada por la propia Enid Vian, e Isla de versos (1999), que compiló Sergio Andricaín.

En mi último viaje a la Isla, compré algunas muestras más o menos recientes de esta manifestación. Hubo otros títulos que me hubiese gustado traer, pero al parecer estaban agotados. Indicio, cabe pensar, de que tuvieron una buena acogida entre los lectores. Las líneas que siguen estarán dedicadas a reseñar cuatro de esos títulos.

A una niña llamada Rocío Daniela dedicó Nelson Simón (Pinar del Río, 1965) su libro Preguntas de Rocío (Editorial Gente Nueva, La Habana, 2007). “Como pétalo en el agua, como cascarillas de corteza de árbol, así caen las preguntas de Rocío, con esa ingenuidad de las primeras cosas que se abren a la vida (…) ¡Ah!, pajarillo leve, olorosa rama de canela: ¡cuánta pobreza me descubres!, ¿con qué palabras podré describirte lo que ignoras?”, escribe Simón al principio del libro. Varios de esos quince textos están construidos precisamente a partir de las interrogantes con que Rocío busca satisfacer su curiosidad y comprender lo que para ella es un mundo de asombros.

Sus indagaciones se remiten, en primer lugar, a elementos que forman parte de la naturaleza (el viento, el colibrí, la abeja, el grillo, la mariposa, la gaviota, el delfín). Igualmente, su interés se dirige a las personas (el abuelo, el payaso, el mago) y los juguetes (el trompo). Como expresa el sujeto poético, la niña pone en evidencia su ineptitud para dar cumplida respuesta a sus preguntas: “¿Por qué la lluvia me moja,/ y la brisa me despeina?/ ¿Por qué la rosa es tan roja/ y tú me dices: ‘mi reina’?/ ¿Por qué al gallo se le antoja/ cantar al amanecer?/ ¿Y por qué mamá se enoja/ cuando yo quiero crecer?”.

Esa estructura, sin embargo, solo es empleada en algunos poemas. En la mayoría, las interrogantes de Rocío no aparecen, sino que están implícitas. A modo de ejemplo, reproduzco “Mariposas”, uno de los textos más breves: “Arabescos de sueños/ llenan sus alas./ Mansa la noche los duerme/ sobre las dalias./ Apenas son un beso,/ una guirnalda:/ empolvadas y alegres,/ mueven sus alas”. Como se advierte en los versos citados, la sencillez expresiva, la calidez lírica y el buen gusto constituyen las principales cualidades de Preguntas de Rocío, que está dirigido al público lector de nivel escolar. La principal objeción que puede hacérseles es el que el autor haya prescindido por completo de cualquier elemento de cubanía, tanto en el plano léxico como en el temático.

Si el libro de Nelson Simón fue concebido a partir de las preguntas hechas por una niña imaginaria, en cambio, Y digo pájara pinta (Editorial Gente Nueva, La Habana, 2009) surgió después que Lina de Feria (Santiago de Cuba, 1945) tuvo a su hijo Sebastián. A la luz de su crianza, escribió los 15 textos que integran el poemario, y que según ella expresa, quiso que quedasen como “recuerdos de la etapa en que Sebastián y yo éramos una quimera de felicidad”. Autora de varios títulos para adultos, merecedora de premios como el David, el Nicolás Guillén y el de la Crítica, ese libro constituye su primera incursión en la literatura para niños. En la introducción, Enrique Pérez Díaz señala que, sin embargo, Y digo pájara pinta “no desmerece su creación, sino que revela un aire renovador en el tratamiento de la palabra con la que juega a capricho”.

El afecto entrañable y el amor materno aparecen literariamente reflejados en los textos de la sección Cinco por cinco, una de las tres en las que está organizado el libro. Así, en “Para Sebastián” se lee: “Sebastián es colmillito/ y cóndor de andina loma/ más que torcaza paloma/ más que paloma torito.// Sebastián es el camino/ que no muere en la mañana/ más que camino cañada/ por donde se mueve. // (…) Sebastián es el albergue/ de la madre que fatiga/ con su eternidad vecina/ de una frágil y honda suerte”.

En los otros dos bloques se recogen textos que se valen de la musicalidad de la rima como clave de acceso para abordar temáticas variadas, o simplemente despertar en los lectores el disfrute de las posibilidades de sugerencia del lenguaje poético. Esto último lo ilustran poemas como “Prólogo”, al cual pertenece este fragmento: “El vidriero de la isla/ tiene camisola azul/ que el aire de mar encincha/ como a muladar de luz. // Y tiene calzones rojos/ para encender el portón/ cuando amanezca de pronto/ con la manada del sol”.

El encantador ajiaco de nuestra nacionalidad

Marcia Jiménez Arce (Pinar del Río, 1973) obtuvo en 2008 el Premio Calendario con De congo y carabalí (Editorial Abril, La Habana, 2008). En esos poemas, apunta Julia Calzadilla en la contraportada, “la autora nos habla de la nación cubana. De dioses llegados de África mezclados con santos venidos de España. De hadas y güijes. De cabellos muy lacios y cabellos muy crespos, todo ello contado con versos cargados de poesía y de humor, narrado con juegos de palabras”.

En uno de los primeros poemas, “Amén”, Jiménez Arce expresa: “De congo y carabalí/ dicen que todos tenemos,/ unos más y otros menos/ granitos de ajonjolí./ No te extrañe un jabalí/ tras un puerco arrabalero/ en este caimán caldero/ donde se mezclan las cosas,/ entre razas como rosas,/ ritual de ajiaco casero”. A lo largo de su libro, la escritora trata de captar en términos poéticos ese complejo y encantador ajiaco cultural, racial y religioso que es Cuba. En los bloques ¡Que viva Changó! y Ayé, ayó, el remedio contra el miedo lo traigo yo…, dedica textos a los principales orishas (Changó, Eleguá, Yemayá, Babalú Ayé, Ochún…). En “Herencia” y “Abuelo José”, Jiménez Arce resalta la vertiente española. Y en otros poemas como “Origen”, “Nación”, “Balada de las dos abuelas”, “Confusión”, “Duda”, recrea la mezcla que ha dado lugar a nuestra nacionalidad: “Pelilácea,/ peliclara,/ pelilarga,/ es mi mamá.// Pelirizo,/ pelioscuro,/ pelicorto,/ es mi papá./ ¿Y este pelienredo mío,/ de cuál de los dos será?”.

De congo y carabalí asume el permanente y difícil reto de hacer que los niños aprendan cosas que conviene saber. En tal sentido, cumple una función muy útil, al proporcionar a padres y maestros un puñado de textos que los pueden ayudar a explicar a los pequeños sus raíces y hacerlos sentir orgullosos de ellas. Es además una herramienta para alentar la curiosidad innata en ellos y ampliar sus conocimientos. Pero el mayor acierto de la autora es conseguir ese propósito didáctico con amenidad y considerables dosis de humor, con unos poemas que además tienen como denominador común un buen nivel de elaboración literaria.

Últimamente, Gente Nueva ha puesto en circulación nuevas ediciones de obras que se publicaron hace varios años y que por sus valores lo merecen. Como parte de esa loable iniciativa, ha visto de nuevo la luz Cantos para un mayito y una paloma, con el cual Excilia Saldaña (La Habana, 1946-1999) ganó en 1979 el Premio Ismaelillo. Poemas y narraciones poéticas se combinan en ese libro, que da una medida del talento y la singularidad de su autora. Una mujer laboriosa, apasionada y polémica que nunca hizo distinciones a la hora de dirigirse a los niños o a los adultos.

Acerca de la importancia de Cantos para un mayito y una paloma, alguien tan autorizado como Antonio Orlando Rodríguez ha comentado que “enriqueció el panorama de las letras para niños en la Isla no sólo con el virtuosismo y la autenticidad con que la autora empleó algunas de las más añejas formas de la métrica tradicional hispana (zéjel, ovillejo, discor, cosante, sonetillo, entre otras), sino también con su abordaje de la naturaleza mestiza de la identidad cultural cubana y con la contribución a una vertiente temática poco cultivada: la ternura materna”.

“¿Quién más bello que el amor? / -Mi flor. / ¿Quién da tierno y suave abrigo? / -El amigo. / ¿Quién de vuelo no reposa? / -La mariposa. / No hay verdad más dolorosa/ —la arena a la tierra dijo—/ que esto de andar sin un hijo: / flor, amigo, mariposa”. Ese buen gusto, ese dominio pleno de los recursos poéticos, esa capacidad para abordar temas escabrosos son las notas que dominan en todo el libro. El aliento poético está también presente en los textos en prosa, en los que Excilia Saldaña incorpora un toque de delicioso humor: “Vecina, venga acá, por la cocina. Venga, que la necesito, venga un segundito.// Abuela era la comadre más buscada: que si la tortuga tenía dolores de empacho, pues pellizquitos en el carapacho; que si el dolor era del crecimiento, pues manteca de cacao y ungüentos; que si no se sabía de qué era el dolor, pues no importaba, para todo servía el cundeamor. Y si la cosa era de consejos, mejor aun: los tenía nuevos de paquete y bien añejos.// -Vecina, venga acá por la cocina. Venga, que la necesito, venga un segundito.// Sí, señor, cómo no, lo digo y lo repito: se enteraba de todo lo que sucedía en el distrito”.

Los creadores cubanos siguen escribiendo, pues, buena poesía para niños. Lo cual es una buena razón para cerrar de manera optimista estas líneas. Lo hago con unas palabras del narrador español José María Merino:

“Podemos imaginar que todos esos niños, ayudados por algún mayor que lee, por los profesores que leen, por la gente de ciertas bibliotecas, van descubriendo los libros arrinconados tras las pantallas y los artilugios electrónicos. (…) Leen y leen, y van creciendo, y cuando son mayores no dejan de leer y, como conocen el secreto de la literatura, ordenan el país de otra manera, y ponen a las pantallas —tan útiles— en el sitio que les corresponde. Muchos son ya profesores, o trabajan en bibliotecas, y saben cómo hay que hacer para contagiar a los nuevos lectores el gusto de la buena literatura. Así, las palabras no se esfuman y las cosas permanecen. La memoria se mantiene fresca, la gente conoce cada vez mejor los misterios de su propio corazón. Por fin, ni el país ni el mundo se desvanecen. Colorín colorado”.

Bertolt Brecht: una defensa del deleite

 “Desde siempre, la función esencial del teatro, como la del resto de las artes, ha sido entretener a la gente. Esto es lo que le confiere su particular dignidad: no necesita otra legitimación que el placer mismo, el simple placer incondicional. De ningún modo cabría elevarlo a un plano más alto, por ejemplo, convirtiéndolo en un mercado de moral; en tal caso, habría antes que atender a que no se lo rebajara, lo que ocurriría inmediatamente si no se lograra hacer deleitable lo moral y conceptual –con lo cual, por otra parte, lo moral no saldría sino ganando. Ni siquiera se le debe pedir que contribuya a la instrucción del espectador. Si alguna lección utilitaria tenemos que sacar es la que debe moverse placenteramente, ya sea en el sentido físico o espiritual. En realidad el teatro debe permanecer como algo superfluo, aunque esto, por supuesto, significa que está entre aquellas cosas superfluas que nos son imprescindibles para vivir. Nada necesita menos justificación que el placer. “.

Bertolt Brecht

Joyas de la biblioteca de Cuatrogatos (entrega número 2)

Hace algunos años, en una tienda de libros de uso de New York encontramos este tesoro: una selección de cuentos de Hans Christian Andersen con ilustraciones del gran artista checo Jiri Trnka, quien precisamente recibió en 1968 el Premio Andersen de Ilustración que otorga la IBBY. El volumen tal vez llevaba semanas o meses allí, sin que nadie se animara a comprarlo, pero nosotros nos apoderamos de él como si en un abrir y cerrar de ojos fuera a aparecer algún bibliómano dispuesto a disputárnoslo.

Revisando las ilustraciones de esta encantadora obra uno comprueba de inmediato la vigencia del universo plástico del dibujante y director de cine de animación nacido en Praga, en 1912, y fallecido en esa misma ciudad en 1969. Como suele ocurrir con los trabajos de los auténticos clásicos de la ilustración infantil, las imágenes que concibió para las historias de Andersen (ilustraciones en colores y viñetas y capitulares en tinta negra) conservan, medio siglo después de creadas, todo su encanto, su elegancia y su poder de sugerencia, más allá de las modas y las tendencias. Sigue leyendo

Entrevista con Ana María Machado en la Feria Internacional del Libro de Bogotá

“En Latinoamérica, los adultos leen menos que los niños”

Por Catalina Gallo R., tomado de El Tiempo, Bogotá.

Para la escritora brasileña Ana María Machado, ganadora del premio Andersen, encontrar un lector, sin importar la edad, “es un regalo de la vida”.

Ana María Machado ha escrito 115 libros y ha vendido 19 millones. Es una de las escritoras de literatura infantil más reconocidas. Ganó el premio Hans Christian Anderssen, el más importante en la literatura infantil, y sus libros se han publicado en portugués, español, inglés, francés, sueco, noruego, croata, turco, japonés y coreano.

A los 69 años, esta brasileña, madre de tres hijos y abuela de dos nietos, dice sentirse muy bien consigo misma. “Menos paciente, a lo mejor, porque soy más celosa de mi tiempo de vida, que defiendo mejor. Como tengo mucho gusto por la vida, creo que la alternativa de la vejez es mucho peor”.

Usted estuvo detenida durante la dictadura. ¿Fue la literatura en ese momento una forma de rebelarse o de contar verdades?

Creo que, más bien, para mí escribir es una forma de vivir, de buscar sentido en el mundo, eso no cambia mucho de un momento a otro. Pero, evidentemente, cuando el momento alrededor era muy represivo, vivir era resistir, era buscar la libertad.
Y todo lo que yo escribía tenía que ver con eso, porque era lo que yo sentía y pensaba.

También pinta y en sus inicios se dedicó a este arte. ¿Le aporta algo hoy en día la pintura a sus libros?

La pintura y la música siempre aportan algo a lo que escribo. Al menos, una sensibilidad más aguda para los aspectos visuales y sonoros de la realidad. Pinté toda mi vida, voy mucho a museos y galerías, soy casada con un músico, tengo un hijo bailarín y una hija diseñadora; todo eso es parte de mi vida.

Ha dicho que está un poco cansada de que la relacionen solo con la literatura infantil, pero, es inevitable preguntarle cómo ha logrado que sus más de 100 libros para niños sean hoy bien recibidos. ¿Cómo logra imaginarse otros mundos y crear personajes para niños?

No sé cómo logro esas cosas. No es un procedimiento consciente. Leo mucho; siempre leí, la literatura es parte de mi vida, sin distinciones de edad. Cuando escribo para niños y jóvenes me imagino que les estoy hablando. Cuando escribo para adultos, me imagino dialogando con lectores adultos y otros libros de la literatura. Pero es muy parecido siempre. Parto de observaciones de la realidad a las cuales se mezclan memorias personales o culturales, pero no sé cómo me llegan esos elementos ni cómo se mezclan.

¿Es diferente imaginar para niños que para adultos?

No. Yo soy la misma.

Cuando imagina una historia, ¿imagina también las imágenes que quisiera que la acompañaran?

Por supuesto, me imagino algo, que nunca es lo que un ilustrador imagina. Y raramente elijo el ilustrador. Por ejemplo, en Niña Bonita tengo ediciones distintas, en países distintos, con ilustraciones totalmente diferentes las unas de las otras. Y no logro saber cuál es mi preferida.

¿La literatura para adultos exige una postura diferente?

Empecé a escribir para adultos antes de escribir para niños. Como adulta, es una postura natural, de hablar a mis semejantes. Cuando empecé a escribir para niños, mi hijo mayor tenía 3 años y yo pensaba en cómo dirigirme a él. Siempre pienso en algún niño o joven individual cuando escribo para ellos -un sobrino, un nieto, un hijo de amigos-. Hay diferencias de postura, sí, muy sutiles. Diferencias de repertorio cultural en las alusiones literarias que uno puede hacer cuando escribe. Diferencias de posibilidades de emplear términos más abstractos o más concretos. Cosas así… pero nada es muy definido ni muy claro, mientras escribo. Es más intuitivo.

Hay quienes consideran que el público infantil es más agradecido. ¿Por qué el interés de hablar sobre su literatura para adultos?

El público que lee es muy generoso cuando un libro le gusta y eso no tiene nada que ver con la edad. No hay que idealizar a los niños ni al público infantil. La diferencia que existe está entre quien se interesa por el escritor porque él o ella es una celebridad y quien se interesa porque leyó la obra y se dejó tocar por el misterio de la literatura: sintió que aquél libro habla a una parte de su alma o habla por su vida. El encuentro con un verdadero lector es siempre un regalo de la vida, sin distinción de edad.

Sobre el interés de hablar sobre mi trabajo para adultos, me parece natural. Para ser más exacta, tengo interés en no silenciarlo. No hay razón para que lo haga. Yo sé muy bien que en nuestros países los adultos leen mucho menos que los niños. Y que hay mucho más autores para adultos que para niños. Y que yo tuve un éxito extraordinario escribiendo para niños, con 19 millones de libros vendidos en 20 países. Pero también (y siempre) escribí para adultos. Mis libros se traducen, las ediciones se agotan y se suceden, son objeto de tesis universitarias. Esos libros tienen menos visibilidad en la prensa, pero me dieron algunos de los más significativos premios literarios de mi país y me llevaron a la Academia Brasileña de Letras. Tengo más títulos para niños, es verdad, pero más páginas para adultos en mis nueve novelas y ocho ensayos. No hay por qué dejar que el silencio caiga sobre ellos solamente porque son menos conocidos y, de esa forma, colaborar para que se acentúe ese desconocimiento.

¿Cree que los libros electrónicos o digitales reemplazarán al papel?

Algunos, sí. Es el caso de enciclopedias y libros de referencia en general. O algunos libros de poemas y cuentos, formas cortas, de nuevos autores, sobre todo con experiencias de hipertexto e interactividad. Es difícil hacer previsiones, pero creo que en algunos casos (clásicos, dominio público) existirán por mucho tiempo los dos soportes. De todas maneras, no creo que el soporte sea importante. Homero (si existió y fue un solo autor) no escribió en papel, sino que cantó acompañado de la lira. Otros escribieron en pergaminos. La literatura no depende de dónde está apoyada, depende solamente de las palabras que la sostienen, sea en papel o en pantalla, en papiro o en tablillas.

Sus raíces están en Brasil y en su cultura y su lenguaje. ¿Qué ha hecho que sus libros sean universales?

Muy buena pregunta, para la cual no tengo respuesta. Una vez en México un niño en una escuela me preguntó cómo era posible que una señora mayor en otro país y hablando otra lengua pudiera saber tan bien cómo se siente y piensa un niño de 12 años que habla maya en su casa y vive en México. No tengo idea. Pero sé que ese es el misterio adorable de la literatura, por eso siempre me encantó leer. No sé qué hace que yo me reconozca en la obra de un colombiano como García Márquez, un peruano como Vargas Llosa, un italiano como Italo Calvino, un paquistaní como Salman Rushdie, un griego antiguo como Homero, un ruso como Dostoievski, un franco-argelino como Camus, un norteamericano como Philip Roth, una canadiense como Margaret Atwood, una belga como Marguerite Yourcenar y tantos otros. Lo que tenemos de distinto es fascinante, lo que tenemos de igual es emocionante.

¿Qué es lo más difícil de escribir un libro?ç
Limitarse. Entender que hay un punto donde no se puede seguir más y hay que terminar. En seguida, empezar a cortar y reducir lo que ya está escrito.