De libros, lecturas y lectores (I)

«Un libro no existe si lo ignoran. No le basta que alguien lo escriba. Tiene que ser, enseguida, publicado. Es decir, dado al público. A la publicidad, a la popularidad, todas palabras de la misma familia, vecinas del sentidio de población pueblo, su verdadero dueño. Y, después de publicado, tiene que ser leído. Si no lo es, no existe, salvo potencialmente, en estado latente, como un genio en una botella. Un total y absoluto despilfarro. Alguien tiene que abrirla».
Ana María Machado

«Lo cierto es que los libros que leímos de niños cambian con nosotros. No sólo las sobrecubiertas se desagarran, las cubiertas se ajan, el papel se vuelve amarillo, la tinta empalidece: las palabras mudan de sentido, los detalles se multiplican, los personajes se hacen más complejos, la acción cambia de rumbo. Los libros de nuestra infancia son más fieles a nosotros, sus lectores, que a aquellos que los han creado».
Alberto Manguel

«Recuerdo el extraordinario enriquecimiento que significó para mí empezar a leer, es decir, empezar a vivir a través de la lectura muchas más vidas de las que yo podía aspirar a tener, poder viajar en el tiempo, en el espacio, cambiar de identidades y de situaciones. Y cuando digo vivir otras vidas, digo realmente vivirlas, porque la lectura significó y ha significado para mí, sobre todo, esa identificación total con los personajes de aquellos libros que eran capaces de aturdirme, de embriagarme y de arrancarme totalmente de esos confines dentro de los que se mueve una persona en el mundo objetivo».
Mario Vargas Llosa

«Las palabras sirven para liberar una materia silenciosa, mucho más vasta que las palabras, que cada lector lleva en su interior».
Nathalie Sarraute