Martha Riva Palacio Obón: «Habitar sueños de otros»

Martha Riva Palacio Obón (Ciudad de México, 1975) es una de las escritoras más sobresalientes de la literatura infantil y juvenil mexicana. Su bibliografía incluye poemarios como Pequeño Elefante Transneptuniano (El Naranjo, 2013) y Lunática (Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños; Fondo de Cultura Económica, 2015); narraciones para niños como Las sirenas sueñan con trilobites (premio El barco de vapor; Ediciones SM, 2011) y Las sardinas vuelan de noche (Castillo, 2015), y obras para lectores juveniles como Frecuencia Júpiter (premio Gran Angular; Ediciones SM, 2013), Ella trae la lluvia (El Naranjo, 2016), Orfeo (premio FILIJ, Fondo de Cultura Económica, 2017) y Kitsunebi, fuego de zorro (Castillo, 2019).

Kitsunebui, fuego de zorro fue distinguido con el Premio Fundación Cuatrogatos 2020 —cuatro años atrás, otro título de esta prestigiosa autora, Buenas noches, Laika (Fondo de Cultura Económica, 2014), había obtenido el mismo reconocimiento.

Le enviamos un cuestionario a Martha con algunas preguntas acerca de los espléndidos cuentos de Kitsunebi, inspirados en antiguas historias y leyendas de Japón. Aquí compartimos las respuestas que ella nos hizo llegar.

Tu libro da continuidad a una línea de obras de escritores mexicanos de distintas épocas deslumbrados por la cultura japonesa, que comienza con José Juan Tablada. En tu caso, ¿cuándo y cómo se inicia esa atracción?

Empezó en la primaria, creo que en cuarto año. Recuerdo que en mi libro de inglés venía un haiku sobre gansos posándose en la nieve. No sé quién lo escribió ni el título del libro en que venía, sólo tengo clara la sensación de leer este poema breve que fue como un paréntesis, un respiro, en medio de una clase algo aburrida. Me fascina la cultura japonesa, a la cual sé que siempre me aproximaré desde la otra orilla, sin poder captar completamente todos sus matices.

¿Cómo nace Kitsunebi, fuego de zorro?

Me encantan los zorros, siempre me gustaron, al igual que los lobos. Recuerdo que en la secundaria vi Los sueños, de Akira Kurosawa, y quedé fascinada con la historia del desfile de los zorros. Desde entonces he estado siguiendo esta figura del kitsune, que tiene algo de aliado, bufón y dios. Me encanta la idea de que en la tradición japonesa, los fuegos fatuos sean producidos por los zorros cuando frotan sus colas. Fantasmagoría llena de estática.

«Kitsunebi, fuego de zorro», de Martha Riva Palacio Obón, con ilustraciones de Sólin Sekkur (Ciudad de México: Ediciones Castillo, 2019).

Cada una de las historias del libro se remata con un haiku, a la manera de los haibun, tan dados a las atmósferas oníricas y fantasiosas. ¿Qué te hizo apostar por esta combinación de prosa y versos?

Descubrí el haibun cuando leí Sendas de Oku, de Basho, y fue, como me sucedió en primaria, volver a respirar aire fresco. Últimamente, me siento cada vez más atraída hacia esa zona indefinida en la que se traslapan géneros y disciplinas. La fusión entre prosa y verso creo que te permite tener una mayor amplitud. Te da espacio para soñar.

¿Cómo describirías los textos que conforman Kitsunebi, fuego de zorro: adaptaciones, versiones, recreaciones?

Yo diría que es habitar sueños de otros. Es meterte a través de los silencios y buscar crear ahí una narrativa personal que no opaque el relato original sino que lo exalte. Es quizá un ejercicio de reescritura. El reto es cómo contar estos relatos, leyendas, desde un sitio en el que mi voz sea auténtica, que no se vuelva un remedo. Fue un ejercicio interesante porque implicó estudiar no sólo distintas versiones de los cuentos o leyendas, sino el ecosistema en el que habitan. Digo ecosistema porque justo fue empezar a notar cómo los relatos son también organismos vivos que mutan, evolucionan.

¿De qué obras literarias o provenientes de otras manifestaciones artísticas te nutriste durante el proceso de concepción y escritura?

Las dos principales son El libro de la almohada, de Sei Shonagon, y el diario de Murasaki Shikibu. En el siglo XI, los cortesanos leían y escribían en chino. Fueron mujeres de la corte como Shonagon y Shikibu quienes escribían en japonés. También está el Sutra de las montañas y las aguas, de Dogen, que es un texto al que vuelvo con frecuencia. En Kitsunebi, fuego de zorro decidí precisamente que este sutra fuera el hilo conductor que uniera todos los relatos.

También está Akira Kurosawa y algunas referencias al anime y manga.

¿Qué te propusiste con esta obra? ¿Qué te gustaría que dejara en los jóvenes que la lean?

En primer lugar, fue un intento de responderme a mí misma qué era lo me atraía tanto de estos relatos. En segundo, fue explorar justo este tema de la reescritura y cómo es habitar sueños de otras personas. De algún modo, siento que este proyecto es la continuación de una búsqueda que empezó con Orfeo y que todavía sigue.

Lo único que espero de quien me lee es haber sido capaz de compartir fielmente un cacho de ese universo, de ese imaginario personal que he ido tejiendo en mi cabeza desde que leí por primera vez sobre la gracia de las garzas posándose sobre la nieve. Pero eso, ya se verá con el tiempo.

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