Miradas a la ilustradora colombiana Esperanza Vallejo. Adiós a una destacada artista

Cubierta de «Palabras que me gustan», de Clarisa Ruiz, ilustrado por Esperanza Vallejo (Bogotá: Norma, 1987).

El sábado 23 de noviembre de 2019 falleció en Villa de Leyva, Colombia, una de las pioneras de la ilustración contemporánea de libros para niños de ese país: Esperanza Vallejo. A fines de los años 1980 y principios de los 1990, junto a creadores como Alexis Forero (Alekos), Olga Cuéllar, Ivar Da Coll, Diana Castellanos, Michi Peláez, Edgar Rodríguez (Ródez), Cristina López, Lorenzo Jaramillo y Yezid Vergara, entre otros, Vallejo contribuyó a que la gráfica colombiana de los libros para el público infantil comenzara a valorarse como una expresión artística y un elemento editorial clave. 

Pintora, dibujante, grabadora y artista del collage, Esperanza Vallejo nació en Bogotá, en 1951. Se formó en talleres de pintura, grabado y litografía en la Universidad Nacional de Colombia. Fue profesora de Diseño del libro, Técnicas de dibujo y Figura humana en la Universidad Jorge Tadeo Lozano, donde también impartió clases de ilustración y tuvo entre sus alumnas a Catalina Acelas y Helena Melo. Como artista visual, expuso sus obras en muestras personales y colectivas. Su primer libro para el público infantil y juvenil fue Las diversiones, una obra sin palabras dada a conocer por Editorial Norma en 1986, a la que siguieron una treintena de títulos más de escritores de diferentes nacionalidades (ver su bibliografía parcial al final de esta nota).

A modo de homenaje a la admirada artista y entrañable amiga, rescatamos una serie de opiniones y testimonios publicados originalmente en Cuatrogatos en el año 2001, en la que un grupo de destacados críticos, escritores e ilustradores de Chile, Colombia, Cuba, España y Venezuela se acercaron al singular universo creativo de Esperanza Vallejo. 

Retazos para armar imágenes
Fanuel Hanán Díaz, autor y ensayista venezolano

La primera impresión que tuve del mundo de Esperanza Vallejo fue en una azotea rodeada de plantas, en su apartamento de Bogotá. Una pared de intenso azul cobalto contrastaba con una estatuilla de yeso que orinaba el agua de la planta que sostenía, cada vez que se regaba. Y esta artificiosa maceta, mezcla de picardía y genialidad, me ofreció la primera pista para descifrar el mundo interior, inmensamente creativo, de esta ilustradora colombiana.

El verde comestible de las hojas ofrecía un marcado contraste sobre el fondo azul de la pared, destacado por el plano cremoso de la vieja escultura del cupido que chorreaba su descarga amorosa mientras, en lo profundo del macetero, temblaban ligeramente las raíces.

Una mirada más detenida al trabajo de Esperanza me reveló su manera de usar el color, el manejo de ese lenguaje por medio de las composiciones. El color disonante, puro, ofrecía un amplio mosaico de posibilidades en cada original que me colocaba ante mis ojos. Y así me iba mostrando una galería de personajes también contrastantes, bipolares, que daban cabida a la refinación, el ridículo, la rabia, la coquetería y una cierta nostalgia. Pero, sobre todo, la riqueza visual de imágenes muy coloridas, dominadas por los tonos cálidos y vibrantes.

En Yo, Mónica y el monstruo (con texto de Antonio Orlando Rodríguez; Medellín: Colina, 1994), la artista intensificó el despliegue cromático a través de valores complementarios que potencian la psicología de los personajes. En este trabajo, como en otros, una visión perspectiva poco convencional ofrece cierta ingenuidad a sus composiciones, pero también hace parte de ese proceso de búsqueda constante que se refleja en su quehacer artístico.

En Palabras que me gustan (con texto de Clarisa Ruiz: Bogotá: Norma, 1987), se integran distintos elementos plásticos como una aproximación tímida a propuestas más arriesgadas que orientan sus nuevos trabajos. Los collages apuntan al carácter de experimentación continua que dan dinamismo a las propuestas formales de esta ilustradora. Recortes de periódicos, piezas de metal, fotos de época, agujas, emplastes de pintura, maderas y vidrios de colores forman algunas piezas de ese lenguaje más suelto de texturas y volúmenes.

Una tendencia preciosista y referencias ineludibles al art nouveau delatan algunos rostros femeninos como se observa en la pretenciosa María de «Los besos de María», cuento de Triunfo Arciniegas (revista Espantapájaros, N° 13, 1992), o los elegantes personajes de “Álbum de recuerdos. Johannes Chrysostomus Wolfgang Theophilus Mozart”, escrito por Irene Vasco (revista Batuta, N° 1, 1996). A través de estas imágenes, que recuperan otros tiempos, se da cita una estética posmodernista, que encauza esa combinación de mundos y elementos disonantes, productos del artificio creativo y surrealista. No es difícil imaginar, escondido entre los personajes, un rictus de sensualidad que se transforma en picardía, en las miradas atónitas y penetrantes y en las sonrisas a medio camino.

Las composiciones de Esperanza Vallejo reflejan el obligado compromiso de las ilustraciones infantiles: la capacidad de insinuar más allá de una mirada furtiva o atenta. El rico entramado de colores seduce al espectador para una lectura más atenta, donde los detalles aparentemente fortuitos maduran nuevas posibilidades de sentido.

Quizás esa imagen contrastante de la estatua-maceta del apartamento de Bogotá, que me vino a la memoria para comenzar esta semblanza, refleja ese espíritu de asociaciones que Esperanza Vallejo vuelca en cada ilustración, ofreciendo un tejido de pequeños y grandes nudos para desenredar con la mirada, la imaginación y el intelecto. Porque la riqueza visual de estas composiciones también comenta la genialidad de una visión artística muy particular que descubre valores no convencionales en los objetos y los recursos plásticos.

El oficio de ilustrar para niños impulsa, en la obra de Esperanza Vallejo, la frescura de esta nueva mirada hacia el mundo y el arte.

 

Apuntes sobre la obra de Esperanza Vallejo
Sergio Andricaín, autor e investigador cubano

Desde que lo «descubrí», el quehacer plástico de Esperanza Vallejo no ha dejado de sorprenderme. Entré en contacto con él a través de un conjunto de imágenes realizadas para la revista Espantapájaros hace ya algunos años. Las ilustraciones acompañaban historias de los autores Triunfo Arciniegas y Antonio Orlando Rodríguez (“Los besos de María” y “Las trenzas de Fiorella”, respectivamente). Los dos textos, muy distintos el uno del otro, sugerían tratamientos disímiles, y así fueron las propuestas de Esperanza Vallejo: marcadamente diferenciadas, revelando, en ambos casos, una atenta lectura de los relatos. Sin embargo, al contemplar esas imágenes, también percibí que ellas guardaban algo en común: ponían de manifiesto que su creadora era dueña de un sentido del humor muy singular, el cual le permitía leer, de manera distanciada y aguda, la realidad circundante. Y era ese saber el que luego utilizaba Esperanza Vallejo para interpretar las historias infantiles y trasvasarlas al lenguaje de las artes plásticas mediante el uso de recursos expresivos contemporáneos muy cercanos al pop art y al kitsch.

Desde entonces, mi admiración por la obra de esta artista colombiana ha crecido año tras año. Me sigue llamando la atención su inagotable afán de renovación, ese deseo de que cada libro tenga un toque original, único y distintivo, que lo convierta en algo singular dentro del contexto de su propia producción artística. Para lograrlo, cuenta con un amplio y profundo dominio de técnicas que van del óleo al acrílico, pasando por la plumilla, el lápiz de color, el collage, la técnica mixta, el grabado… Y basta que alguien – sea este un colega o, simplemente, un alumno– le comente acerca de los curiosos efectos que produce la aplicación de la sal sobre la tinta fresca para que, enseguida, ella comience a experimentar, a jugar y a divertirse (porque eso y no otra cosa es lo que hace cuando trabaja), para después aplicar los resultados al próximo encargo de una editorial.

Un rasgo presente en muchas de las ilustraciones de Esperanza Vallejo es el espíritu lúdico que las anima. Muchas de sus imágenes parecen rondas donde confluyen elementos dispares: besos impresos con lapiz labial sobre papel, florecitas y hojas disecadas, cromos antiguos, bisutería barata tomada de quién sabe qué joyero, viejos sellos de correo… todos danzando armónicamente dentro de la página, al compás dictado por la varita mágica de esa maestra de hechicería y encantamientos que responde al nombre de Esperanza.

Pero, como es dueña de una sensibilidad de amplio registro, su creación no solo transita por la cuerda humorística. Esperanza Vallejo también puede conmovernos con el lirismo de sus imágenes; así sucede con las ilustraciones que acompañan el “Álbum de recuerdos de Wolfgang Amadeus Mozart”, escrito por Irene Vasco y publicado en 1996 en la revista infantil colombiana Batuta, de la cual fui editor, o los cuentos de La Edad de Oro, de José Martí (Bogotá: Panamericana Editorial, 1997). En esas propuestas, la artista apela a recortes de periódicos y revistas que utiliza para armar una composición básica; luego, como si se tratase de un palimpsesto, dirige su pincel hacia el rostro adusto pegado sobre la cartulina (o puede ser una figura completa o un objeto cualquiera) y lo hace desaparecer bajo una capa de color, para luego recrearlo a su capricho, con otra expresión, quizás con una amable sonrisa.

El empleo de la palabra escrita es otro recurso estilístico al cual apela la artista. Hay ilustraciones en las cuales un fragmento es reproducido para subrayar una intención del escritor o para destacar una frase que ha encontrado especial resonancia en la creadora. En otros trabajos, los textos son concebidos por Vallejo. También se da el caso de los fragmentos recortados de periódicos, revistas o libros. (No es extraño hallar en sus propuestas pedazos de partituras musicales). El uso de estos textos siempre tiene una intención plástica justificada: dotar de detalles alguna figura, hacer que funcionen como una línea, dotar de movimento a los elementos presentes en el dibujo. Quizás el ejemplo más claro sea Palabras que me gustan, de Clarisa Ruiz, libro publicado por Editorial Norma en 1987. Véase en la portada el sustantivo mar que, al repetirse, hace quebradizas y movidas las olas, o los versos que sugieren la caída de la lluvia en la página treinta y dos. La palabra incorporada a la ilustración, entra en una nueva dinámica con la imagen, y adquiere nuevas connotaciones, permitiendo una lectura más rica del libro.

La paleta de Vallejo es profusa y rica en contrastes. Muchos de sus trabajos llaman la atención por su colorido, por los sorprendentes efectos logrados al mezclar las tonalidades, todo esto hecho con el propósito de enriquecer visualmente sus imágenes, dotando a cada elemento de insólitos detalles cromáticos. Precisamente, la artista se regodea creando esos detalles en las ropas, en los rostros, en los muebles, en las plantas, en los animales…; y para lograrlo, no solo dispone del color, sino de otro recurso que domina a la perfección: la línea. Esta alusión al trazo de Esperanza me permite resaltar un rasgo que lo caracteriza: su versatilidad. La línea de Esperanza puede ser fina, apenas perceptible, o gruesa y remarcada; regular y segura u ondulante y nerviosa… Su quehacer suele estar muy apegado a las líneas curvas, a las volutas, a los elemetos circulares, lo cual hace que sus ilustraciones posean cierto carácter barroco, remarcado por el colorido y el el abigarramiento de la composición.

Cuando alguien observa la amplia iconografía concebida por Esperanza Vallejo para los libros infantiles, llega a la conclusión de que en esta se encuentran presentes los resultados de un sistemático estudio y análisis del arte de todos los tiempos: desde las pinturas rupestres de Altamira hasta los trabajos de Andy Warhol, desde los grabados japoneses del siglo XIX hasta  los óleos de Vincent van Gogh. Estas son las verdaderas influencias que han marcado su quehacer, más que la producción de otros ilustradores o las tendencias en boga en el mundo de las ediciones para la niñez. De ahí, ese sello tan personal y, a la vez, tan universal que tienen sus propuestas.

Esperanza Vallejo trabaja en su apartamento del barrio de La Soledad, en Bogotá, casi pegada al cielo; en el último piso del edificio en que vive, va plasmando sobre la cartulina o el papel, sus sueños y desilusiones, sus felicidades y angustias, así como su peculiar manera de leer un texto para replantearlo, apelando a un código no linguístico: el de las formas y el color. Sus imágenes podrán permitir una lectura paralela, ser una ayuda para desentrañar los recónditos y múltiples sentidos del texto o, simplemente, subrayar las intenciones del escritor, pero siempre serán una verdadera fiesta para los ojos, un ejercicio de libertad para el corazón y el pensamiento. Y, atención, no se extrañe si un día, al pasar las páginas de un libro «iluminado» por ella, descubre una estrella de verdad: seguramente, mientras dibujaba, Esperanza extendió su mano al cielo y tomó prestado ese puntico de luz para completar su labor.

 

Esperanza Vallejo, una imaginación desbordada
Manuel Peña Muñoz, autor y crítico chileno

Conocí a Esperanza Vallejo en su precioso piso de Bogotá, iluminado por grandes ventanales e inmediatamente sentí que entraba a un recinto mágico. Allí, en medio de su decorado de muebles art déco, perfumado con la tenue esencia de una vela de vainilla, se alineaban sus cuadros llenos de fantasía y asombro. Sin prisas, con modales pausados y con una sonrisa inteligente, inundada de ironía, Esperanza Vallejo enseña sus collages en los que reina la impensada lógica del arte kitsch.

Como un hada madrina o una adivina de otra época, Esperanza revuelve ritualmente su cajón de sastre, una maravillosa cajuela repleta de broches y lentejuelas, y extrae, como si se tratase de la perla de un tesoro submarino, un collar de carey de una niñita que hizo su primera comunión hace muchos años, la estampita de un santo milagroso y un botón de madreperla del vestido de una olvidada actriz de radioteatro…

Allí hay un rosario de pétalos de rosas en las sagradas manos de Marilyn Monroe, el encaje desteñido de un velo de novia, la partitura de un vals para piano, las plumas amarillas de un canario, la tarjeta postal de una despedida o unas luces de neón violeta que adornan la aureola de san Sebastián, desnudo y desvalido, traspasado de flechas en una playa del Caribe.

Todo allí es alocado y estrambótico. Alucinante y raro. El mundo de Esperanza Vallejo apela a una nueva estética. Nos hace sonreír, soñar, sorprendernos de golpe y descubrir las posibilidades infinitas que tiene la realidad, cuando se la observa con los ojos de la imaginación.

Con paciencia de artesana, como una araña parsimoniosa, llena de dudas y complicidades, Esperanza combina sus retratos, pedacitos de espejos y objetos mágicos encontrados al azar…o al azahar. Y descubre en esas asociaciones nuevos significados, como si diera vuelta al revés el guante de la vida.

Irreverente, subversiva, dramática o tierna, Esperanza recoge caracolas, hojas secas en los parques y testimonios verídicos en sabias cartas de amor. Una vez en su intimidad, con una sonrisa clandestina, escudriña las letras de las enamoradas trágicas y las convierte en arte plástico, saturado de irrealidad y ternura.

Témperas, acuarelas, tijeras, pinceles de pelo de marta, un frasco de goma de pegar y una vieja revista de cine completamente recortada conforman su universo estético. Una prueba más de que el verdadero artista es un mago o en este caso, una maga melancólica que sabe crear y recrear un mundo propio y maravilloso a partir de un puñado de polvo.

Esperanza Vallejo… el día de tu bautizo, un hada benevolente te sopló al oído palabras encantadas que has sabido convertir en imágenes impregnadas de poesía. Pareciera que ese aliento antiguo, perfumado a magnolia y sauce nuevo, llegara intacto cada vez que por las noches abrimos un hermoso libro de cuentos. Allí están tus mariposas, tus lunas, tus castillos, tus flores, tus corazones y tus estrellas. Una de ellas es la tuya que nos guiña un ojo y que parece decirnos: “La vida es hermosa si la sabemos vivir de otra manera”…

 

Esperanza despierta las palabras
Triunfo Arciniegas, autor colombiano

Esperanza Vallejo ha ilustrado hasta el momento un cuento mío, «Los besos de María», y la obra de teatro Mambrú se fue a la guerra (Bogotá: Panamericana Editorial  1998). Me encanta su trabajo. Su visión particular de la historia, su manera de enriquecer el texto, esa habilidad para recortar estampillas, hojas, plumas, tarjetas, y hacerlas parte inconfundible de su obra.

Tanto el creador como cada lector tienen su propia imagen de los personajes, sus propios espacios y silencios, extraídos de la experiencia y la imaginación. Con las palabras no hay lío, cada lector va llenando la cabeza con sus sueños. Pero con las ilustraciones es otro cuento: el lector las acepta o las rechaza. O sorprendido por un ilustrador novedoso y convincente, termina por aceptarlas y confundirlas con las palabras.

Alguna vez Esperanza Vallejo estuvo buscándome para preguntarme si Mambrú era un gato o un hombre. No recuerdo con exactitud nuestra conversación: estábamos de acuerdo. Dibujó un hombre con pinta de gato, cola de caballo, arete y pañoleta, todo un picaflor, perfecto para la historia. Aunque disfruté la oportunidad de conocer su voz, Esperanza no hubiese tenido necesidad de consultarme. Confío plenamente en su talento. Esperanza Vallejo otorga a la historia una realidad, su propia realidad, que termina por imponerse. La acepto y la comparto. Con el tiempo, de tanto ver dichas ilustraciones, conjugadas de manera definitiva con el texto, es como si ellas me hubieran brindado la historia. Como si Esperanza Vallejo y yo hubiéramos tenido el mismo sueño, y ella hubiese permitido que despertaran las palabras. Es la oportunidad de agradecerle tal magia.

 

La mirada de Esperanza
Irene Vasco, autora colombiana

Esperanza Vallejo no tiene límite en las tareas que les pone a sus amigos. Que una bibliografía de autores que ilustren con collage, que una clase particular a un amigo con nombre de vaquero que llegó de cualquier parte, que el teléfono de alguien totalmente desconocido… Pero, como contraprestación, Esperanza tampoco pone límite cuando es a ella a quien se le pide la tarea.

«Esperanza, ilústrame este cuento, por favor. Eso sí, no te lo puedo pagar.» Y entre charla sobre cantantes sesenteros, chismes y otros ingredientes, Esperanza llena páginas y páginas de estrellas, corazones y todo lo que se le va ocurriendo por el camino. Un ojo por aquí, una ruedita por allá, mil pepitas de colores alrededor y… ya está. Esperanza Vallejo se hace dueña de las palabras y las cambia, con su estilo tan personal, para crear otra historia, nuevecita, más alegre, más adornada, con vida, movimiento y color inesperados, haciendo que la historia y los personajes locales adquieran tonos universales.

Por eso, ponerse bajo la mirada de Esperanza es siempre una aventura que comienza con las palabras y termina en cualquier lugar del mar, del cielo o de la tierra… o en otros universos que solo ella sabe en dónde quedan.

 

Ilustración de Esperanza Vallejo para «Yo, Mónica y el Monstruo», de Antonio Orlando Rodríguez (Medellín: Colina, 1994).

Esperanza Vallejo, el ejercicio de la libertad
Antonio Orlando Rodríguez, autor cubano

A Esperanza Vallejo la conocí, primero, a través de una exposición itinerante de ilustradores latinoamericanos de libros infantiles que pasó por una galería de La Habana a principios de los años 1980.

Entre trabajos de decenas de artistas de diferentes países (Calvi, Lago, Doppert, Alekos, Bachs y Pellicer, entre otros muchos), los de Esperanza llamaron mi atención por su desenfado y su alta calidad estética. Fue, por así decirlo, un amor a primera vista.

En esa época, preparaba una encuesta sobre la ilustración de libros infantiles para la revista En julio como en enero, del comité cubano de IBBY, y le mandé un cuestionario encabezado con una carta muy ceremoniosa. (¡Nunca obtuve respuesta!, obvio).

Años después, durante mi primer viaje a Bogotá, conocí sus ilustraciones para la inolvidable revista infantil Espantapájaros y también las que realizó para Palabras que me gustan, de Clarisa Ruiz. «¿De dónde salió esa alucinada? ¡Yo quiero que me ilustre!», le dije a Irene Vasco. Y ella se limitó a contestar: «Yo también».

Algún tiempo después, se presentó la oportunidad. La editorial Colina manifestó interés en publicar mi cuento Yo, Mónica y el Monstruo, y me pidieron que sugiriera algunos posibles ilustradores. No tuve que pensarlo dos veces. «Esperanza Vallejo, Esperanza Vallejo o Esperanza Vallejo», les sugerí.

Conocí a la artista, por fin, en 1994, en la puerta de entrada de uno de los pabellones de la Feria del Libro de Bogotá, y a la admiración profesional se sumó la amistad. Supe, entonces, que en una de sus insondables cajas de recuerdos estaba guardada la vieja carta con el cuestionario que nunca tuvo tiempo, paciencia o ganas de responder. Pero el afecto es otra historia que no viene al caso contar aquí.

Es conveniente aclarar que Esperanza Vallejo, antes que ilustradora, es una artista plástica dueña de un mundo muy propio. Es decir: su caso es distinto al de buena parte de sus colegas. Ella no es solo una ilustradora: es, también, una ilustradora. Los dibujos y collages que ha hecho para revistas y carteles, y para libros de José Martí, Horacio Quiroga, Lygia Bojunga Nunes, Víctor Carvajal o Margaret Mahy, son ricos desprendimientos de una manera singular de ver, imaginar y plasmar la realidad. Es, además, una lectora atenta, minuciosa, que descifra entre líneas y encuentra en los versos y las narraciones detalles, asociaciones y resonancias que luego sugiere o subraya, magistralmente, desde sus ilustraciones.

Esperanza Vallejo no solo ilustró Yo, Mónica y el Monstruo con una fuerza y una originalidad mayúsculas, sino que complementó el relato. Entró al cuento y se hizo parte de él. Creo que ese es uno de los trabajos en que mejor puede apreciarse el espíritu de Esperanza. Ilustraciones como la de los enamorados cubistas o la del barco pirata, hablan elocuentemente de la libertad y la motivación con que realizó ese trabajo, que fue escogido por Fundalectura para representar a Colombia en la Lista de Honor de IBBY 1996.

Posteriormente, tuve la suerte de que le encargaran los dibujos para la edición colombiana de Struff (Bogotá: Educar, 1997). Y otra vez quedé sorprendido con su derroche de fantasía y con ese modo fácil, tan suyo, de hacer las cosas «como al descuido», con la aparente espontaneidad de un niño. (Pura apariencia, no pequen de incautos: detrás de ese desenfado hay años de experiencia, de investigación y de oficio; muchos museos recorridos en ciudades de Europa y en Nueva York; grandes dosis de sabiduría y sufrimiento).

Quiero hacer referencia, por último, a una faceta poco conocida, pero muy importante, de su trabajo profesional: la docencia. Durante medio año coincidimos dando clases, en salones contiguos, en la misma universidad bogotana. Debo decir que es una maestra excepcional. Sus alumnos veintiañeros la adoraban, y la fascinación que ejercía sobre ellos no era gratuita. En medio de tanta cátedra acartonada, Esperanza Vallejo les descubría el significado que tiene la palabra libertad en el arte, les mostraba cómo se conjuga el verbo crear. Compartía con ellos los secretos de sus asombrosas técnicas mixtas, en las que tienen cabida, a la
par del acrílico y la tinta, desde cosméticos hasta medicamentos. Envejece papeles, ensambla imágenes de las más disímiles procedencias, combina plumas de aves, abanicos, estampillas de correo y huellas de besos de lápiz labial. En sus clases, ponía la creatividad de los jóvenes a tope, sin necesidad de apelar a otros recursos didácticos que el ejemplo de su obra y de su actitud ante la creación. No es casual que algunos de sus discípulos se hayan convertido en estupendos ilustradores de libros para niños.

Post data: Esperanza, me siento afortunado de que hayas ilustrado mis historias. Eres buena e indispensable, como el pan. Si no existieras, habría que inventarte.

 

Ese peligro llamado Esperanza Vallejo
Yolanda Reyes, autora colombiana

Ella va por la vida recogiendo trocitos de imágenes: las cuentas del collar de una tía rezandera, las lentejuelas de un vestido que ya pasó de moda, los juguetes de las piñatas, una pluma de pájaro, el ala de un ángel, las piernas de Marilyn, el rostro de un mulato precioso o, lo que es peor, las fotos de sus mejores amigos.

Después, no sé lo que hace… Creo que se sienta a jugar con los objetos y con las personas que ha ido coleccionando. Revuelve los colores, trastoca las modas; decide que a tu foto del pasaporte le sienta bien una melena de bucles o que ese cuerpo escultural, que recortó de la Cosmopolitan, combina de maravilla con tu cara seria de Foto Japón.

Y así se la pasa, muerta de la risa, reordenando el mundo, mezclando lo que a nadie, con dos dedos de frente, se le ocurriría mezclar. Es un peligro público, una amenaza para los que se creen aquel cuento de «cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa».

Lo insólito es que, de pronto, detrás de semejante desorden, todo termina encajando milagrosamente, como las piezas de un rompecabezas. Hasta el punto de hacerte creer que lo otro, lo real, era apenas un copia defectuosa de las apariencias. Y que, después de todo, no te sienta nada mal ese cuerpo escultural de chica Cosmopolitan, mezclado con tu cara adusta del pasaporte.

 

Esperanza Vallejo o la irreverencia hecha imagen
Luis Bernardo Yepes, autor y bibliotecólogo colombiano

En Colombia existe un ramillete de ilustradores que han iluminado la literatura infantil de nuestro país. Su obra les ha dado el aprecio del público y el reconocimiento de la crítica nacional e internacional. Esta última, en la década de los ochenta, reconoce la importancia de los aportes que estos artistas hacen al libro para niños y jóvenes y lo manifiesta por medio de menciones y premios que concede a artistas como Ivar Da Coll, Alekos, Olga Cuéllar, Diana Castellanos, Ródez y Esperanza Vallejo.

De este grupo de «mimados con méritos», hay alguien que descolla por la irreverencia psicodélica en las formas de las imágenes y los ritmos de sus trabajos: Esperanza Vallejo.

En la actualidad, es profesora universitaria. Como ilustradora, pintora y grabadora, es creadora de unos fascinantes caos en los cuales muestra mundos inverosímiles que los lectores terminamos creyendo en la medida que pasamos y posamos nuestros ojos en unas imágenes superpuestas en espacios creados para ellas. La clave está en observar las imágenes en su totalidad, para así descubrir que estamos ante un nuevo universo engendrado por un pincel mágico.

Esperanza Vallejo es ante todo una valiente, una artista atrevida en constante experimentación, en permanente búsqueda. Las líneas del reborde, la estética de lo pop, los vericuetos de la fantasía, las imágenes surrealistas, todo eso tiene cabida dentro de su obra, que en esencia es expresionista, dinámica, inundada de la vivacidad inherente al niño y propia del arte, por supuesto.

 

Entre la imaginación y la realidad
Ana Garralón, crítica española

Lo que más me fascina de Esperanza Vallejo son esas viñetas en las que se empeña en encerrar sus mundos, sus ideas, a veces las ideas de otros, que pugnan por encontrar su espacio en ese reducto siempre demasiado limitado. Y ahí está justamente su magia, su belleza: en conseguir el equilibrio entre la ilimitada imaginación y la articulada realidad del lápiz y el papel. Algo que solo se les da bien a los artistas.

 

Esperanza
Alekos, autor e ilustrador colombiano

Esperanza es ilustradora desde hace muchos años y pintora desde que camina.

Tiene litografías con mujeres de ojos grandes como sandías.

Cuando hace collages, parece una abuelita o una niña porque arma sus cuadros –que son cajas– con cuentas, botones, bolígrafos en desuso y estampas viejas como un olivo.

Todos supimos que el blanco era un color cuando Esperanza empezó a pintar malabaristas y saltimbanquis.

Todo eso lo hace estupendamente, pero a mí lo que más me gusta es ir a su casa, que es ella otra vez, destapar un buen vino y oírla conversar.

Ilustración de Esperanza Vallejo para «La Edad de Oro», de José Martí (Bogotá: Panamericana, 1997).

La Edad de Oro según Esperanza Vallejo
Iliana Prieto, autora cubana

Recuerdo bien mis primeras lecturas de La Edad de Oro. Me pareció un libro hermoso, pero triste. Confieso que mi relación con el libro fue, por mucho tiempo, contradictoria; una suerte de aproximación-evitación, aunque no me atreviera a confesarlo.

Por mi experiencia propia y tambien por lo que he observado, me atrevería a decir que La Edad de Oro, para los niños cubanos, siempre ha tenido la aureola de libro sagrado, escrito por el Apóstol, lo que probablemente haya incidido en que se acerquen a esta obra maravillosa con cautela, hasta con cierto prejuicio. A este posible alejamiento también ha contribuido el concepto de diseño del libro, como si fuera un libro antiguo y unas ilustraciones tradicionales, en ocasiones copia del original, muy alejadas de los lectores contemporáneos.

Panamericana Editorial ha hecho una bella edición de los cuentos de La Edad de Oro, con un prólogo que acerca a los lectores jóvenes al conocimiento de Jose Martí, con la sencillez que demanda un hombre de su grandeza. Esta edición, ilustrada por la artista colombiana Esperanza Vallejo, me hizo desear ser niña otra vez para aproximarme a los preciosos textos de Martí, matizados por el mundo de imágenes que esta original ilustradora le aporta.

Sentí gran satisfacción al encontrar los dibujos maravillosos que Nené vio en el libro de su padre y que a los ojos de Esperanza Vallejo, y a los nuestros, gracias a ella, nos llegan cargados de detalles imaginativos y brillantes; a don Pomposo, con la expresión ridícula propia de su pompa y su impertinente monóculo; a Pilar descalza y a la niña enferma con los zapatos rosados en sus pies (deseo de casi todos los lectores y que se cumple también por la intervención de la ilustradora); las caras de Alberto, el militar, y del aya de la francesa con espejuelos y rostro circunspecto, la playa preciosa y el águila que vuela sobre Pilar, como símbolo del tiempo que pasa, y todo en colores brillantes, entre estrellas, corazones y flores.

Sin dudas, las ilustraciones de Esperanza Vallejo, ajenas a la reverencia y por eso cercanas a la sensibilidad de los niños y niñas de ahora, hicieron de esta edición de La Edad de Oro un libro alegre, despojado de solemnidad, tal y como lo hubiera deseado su autor, tal y como lo requiere una obra perdurable por su valor humano y universal.

 

Bibliografía parcial. Libros para niños y jóvenes ilustrados por Esperanza Vallejo:

Las diversiones, de Esperanza Vallejo (Bogotá: Editorial Norma, 1986).

Palabras que me gustan, de Clarisa Ruiz (Bogotá: Editorial Norma, 1987).

Yo, Mónica y el Monstruo, de Antonio Orlando Rodríguez (Medellín: Colina, 1994).

Cuentos de La Edad de Oro, de José Martí (Bogotá: Panamericana Editorial, 1997).

La bolsa amarilla, de Lygia Bojunga Nunes, (Bogotá: Editorial Norma, 1997).

Como todos los días, de Irene Vasco (Bogotá: Educar, 1997).

Struff, de Antonio Orlando Rodríguez (Bogotá: Educar, 1997).

Cuentos de la selva, de Horacio Quiroga (Bogotá: Panamericana Editorial, 1998).

Mambrú se fue a la guerra, de Triunfo Arciniegas (Bogotá: Panamericana Editorial, 1998).

El muchacho que inventaba historias, de Margaret Mahy  (Bogotá: Editorial Norma, 1998).

El dedo de Estefanía y otros cuentos, de Irene Vasco (Bogotá: Alfaguara, 2000).

Cuentos de ayer y siempre, selección de Sergio Andricaín (Bogotá: Magisterio, 2000).

Cuentos de hadas de hoy y mañana, selección de Sergio Andricaín (Bogotá: Magisterio, 2000).

Mi bicicleta es un hada y otros secretos por el estilo, de Antonio Orlando Rodríguez (Bogotá: Panamericana Editorial, 2001)

El rescate del chicle y otras historias, de Margaret Mahy (Bogotá: Editorial Norma, 2002)

Cartas a Bam-Bam, de Víctor Carvajal (Bogotá: Editorial Norma, 2002)

La caja de las coplas, de Sergio Andricaín (Bogotá: Panamericana Editorial, 2003).

Don Salomón y la peluquera, de Irene Vasco (Bogotá: Panamericana Editorial 2003).

La gata Clea, de María del Sol Peralta (Bogotá: Panamericana Editorial, 2003).

La verdadera historia del gato con botas, de Triunfo Arciniegas (Bogotá: Editorial Norma, 2003).

La ventana y la bruja, de Triunfo Arciniegas (Bogotá: Panamericana Editorial, 2003). 

Romerillo en la cabeza, de Antonio Orlando Rodríguez (Bogotá: Panamericana, 2005).

Diana, la diosa de la casa, mito romano, adaptación de Mireya Fonseca (Bogotá: Panamericana Editorial, 2005).

Hace muchísimo tiempo… Cuentos, mitos y leyendas de América Latina, de Sergio Andricaín (Bogotá: Panamericana Editorial, 2005).

Del otro mundo, de Ana María Machado (Bogotá: Editorial Norma, 2007).

La maravillosa cámara de Lai Lai, de Antonio Orlando Rodríguez (Bogotá: Panamericana Editorial, 2007).

El color de la yagruma, de Ariel James (Bogotá: Panamericana Editorial, 2008).

Hospital de piratas, de Antonio Orlando Rodríguez (Bogotá: Panamericana Editorial, 2008).

¡Piratas a la vista! y otras historias, de Sergio Andricaín y Antonio Orlando Rodríguez (Bogotá: Panamericana Editorial, 2008).

El príncipe y el mar, de Eddy Díaz Souza (Bogotá: Panamericana Editorial, 2013).

 

11 pensamientos en “Miradas a la ilustradora colombiana Esperanza Vallejo. Adiós a una destacada artista

  1. Esperanza Vallejo
    Cuando me refiero a Esperanza Vallejo y le cuento a los demás que era una gran amiga mía me siento un poco creída, muy orgullosa, muy afortunada. Desde que la conocí en la universidad, mis compañeros y yo nos dimos cuenta de que no teníamos en frente a cualquier profesora, que no era una docente que se olvida fácilmente, ella era diferente.

    En sus clases aprendí no solo a usar los típicos utensilios que necesitan los ilustradores, porque los conocí todos (parecía una enciclopedia de pigmentos y papeles), además me enseñó a ver que hasta la tapa de un marcador se podía convertir en la corona de un rey, si se le veía y se le utilizaba con buena imaginación. Porque tenía la gracia de invertir en cada material la magia que solo pueden dar manos guiadas por ojos que ven el mundo como ella.

    Es un lujo poder decir que ha sido mi maestra por muchos años porque sé que ha sido, como se ha ratificado aquí citando toda su bibliografía y su obra, una de las ilustradoras más importantes y pioneras de Colombia y además ha entrenado cientos de manos que también queremos colorear el mundo.

    Si uno fue alumno de ella, puede ponerse vanidoso, pero más que eso, alegre y soñador, porque era esa una de sus mayores virtudes. Repartir alegría, a montones, sin límites. Cuando se ve una de sus creaciones es inevitable sonreír.

    Me acompañó en un tramo largo de mi vida, en lo alegre y lo difícil. Fue mi maestra en la universidad, luego me dio clases personales donde nos hicimos grandes amigas y todos sus consejos, sus palabras, sus chistes, sus colores y sus innumerables regalos están en mi alma, en mi trabajo, en mi cabeza y allí permanecerán siempre, como una esperanza que siempre me ayuda a salir adelante.

  2. Espero que no me borren el comentario….
    En el 2011 realicé un multimedia llamado «Retazos para armar imágenes» dedicado a la Obra de Esperanza Vallejo Jaramillo, trabajamos juntas este hermoso proyecto y se publicó como proyecto de Creación Multimedia en los Andes.
    Es muy sorprendente encontrar un texto de Fanuel Hanán Díaz llamado igual en este homenaje!!

    BR

    • Estimada Beatriz:
      Gracias por dejar un comentario en nuestro blog. Nos alegra mucho saber que usted realizó un multimedia en el año 2011 sobre nuestra admirada Esperanza Vallejo.
      Sobre la coincidencia del título usado por Fanuel Hanán Díaz para su nota, usted debe tener en cuenta que, como se aclara en la introducción que precede a los testimonios publicados en nuestro blog, tanto el comentario del Sr. Díaz como los demás fueron difundidos originalmente en el año 2001. Lo que hemos hecho es rescatarlos con motivo del fallecimiento de Esperanza Vallejo. Ya que su audiovisual fue producido diez años después de que el Sr. Díaz utilizara ese título, solo cabe pensar que se trata de una coincidencia.
      Cordial saludo,
      Fundación Cuatrogatos

  3. Ella fue mi maestra en la U! amé sus clases (y la amé como persona, que ser humano tan bello!), fue una de las maestras que me hizo amar dibujar -aunque yo ejerciendo mi profesión nunca me volví ilustradora, pero lo hago de cuando en vez, porque la vida me llevó por otros derroteros-.
    Mi corazoncito ahora está arrugado por su partida, tenía tantos años sin saber de ella! Fue una de las mamás de la ilustración para niños en Colombia, enseñó a varias generaciones de diseñadoras (y diseñadores) que nos sorprenden con su trabajo en múltiples libros que se han publicado en estas 3 últimas décadas. Yo decía que cuando llegara al cuarto piso quería hacer lo que ella hacía -ilustrar para niños-. Cuando nos pidió un falso batik para la tarea de clase… yo me hice una blusa completa, llegué con mi trabajo unido con alfileres porque la bella y sesentera máquina de coser de mi abuela se le rompió la correa y no pude terminarla, pero luego llegué con ella puesta la siguiente semana.
    Confieso que lloré, pero le doy las gracias por haberme sentido identificada con los amarillos, magentas y verdes locos y disonantes que hacían la mejor canción en el papel.
    Es un hasta luego querida maestra, que sigas llenando de colores el paraíso.

  4. Cada palabra, cada frase dicha en esta página en honor a Esperanza Vallejo, no es solo cierta sino que habría que narrar sobre ella muchas más aristas de su valiosa vida como artista. Se nos adelanta Esperanza, sin embargo nos quedan de ella sus obras plenas de símbolos que jamás alcanzaremos a interpretar.
    Buen viaje, mujer, artista y persona.
    Esperanza, respira todo el aire y vuela, vuela, maravillosa mujer.
    Nhora Stella

  5. Que bello recordar a Esperanza Vallejo con todo el amor que le hemos tenido, la pícara alegría con que nos inundo en su presencia yen sus imágenes. Para mi, ella vuela angelada de colores y risas.

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