Ángela Cuartas desde la raíz de la infancia

Ángela Cuartas. Foto: Egídio Pandolfo.

A la escritora colombiana Ángela Cuartas (Cali, 1982), la “descubrimos” cuando llegó a nuestras manos el libro Tortuga, que creó en coautoría con el ilustrador Dipacho, compatriota suyo, y que publicó en 2022 la editorial española Tres Tigres Tristes; pero antes de ese álbum, ganador del Premio Fundación Cuatrogatos 2023, ya ella había dado a conocer la novela para niños Ceiba, publicada por Ediciones SM, en Bogotá, en el 2017.

Cuartas es poeta, narradora, editora y traductora. Estudió Filosofía en la Universidad de Los Andes, de Colombia, y posteriormente realizó una maestría en Escritura Creativa en la Pontificia Universidad Católica de Rio Grande do Sul. Actualmente vive en Porto Alegre, Brasil, y concluye un doctorado en Letras con énfasis en escritura y traducción de poemas. En ese país han visto la luz este año, en idioma portugués, una nueva edición de Tortuga (Companhia das Letras) y su colección de relatos poéticos Madreselva (Diadorim).

Para conocer más sobre la trayectoria de esta autora en el campo de la literatura infantil y juvenil, le enviamos un cuestionario que ella tuvo la amabilidad de responder:

¿Cómo llegas a la creación literaria para niños?

Llegué por la vía de la edición, que también es un oficio creativo. En 2006, recién graduada de Filosofía, tuve la oportunidad de trabajar como editora junior del sector de literatura infantil y juvenil (LIJ) de Editorial Norma, en las colecciones de libros para colorear y de actividades. Con la adquisición de licencias para el uso de personajes infantiles del cine o series animadas, como Shrek, Pucca y Toy Story, parte central de mi trabajo era concebir el libro-objeto, entrelazando el contenido (escrito por mí) con el material gráfico. Además de esos libros muy comerciales, tuve la fortuna de editar la colección Buenas Noches, que reúne libros ilustrados de autores consagrados, como Leo Lionni, Christine Nöstingler, Keiko Kasza, entre muchos otros, y la colección Fuera de Serie, que incluye títulos más arriesgados, o inclasificables, en términos gráficos, temáticos y de género. Editando Buenas Noches entré en contacto por primera vez con el concepto de libro álbum, y, poco antes de salir de Norma, publiqué los dos primeros libros autorales de Dipacho: Todos se burlan y El animal más feroz. Mi paso por la edición de libros para niños fue breve (cerca de dos años), pero muy formativo. Me dejó amigos que sigo atesorando, como el propio Dipacho, y salí con la certeza de que lo que me interesaba era el proceso creativo, tanto de escritura como de traducción, y también el de pensar el libro como objeto.

No hemos tenido la oportunidad de leer tu libro Ceiba, ¿nos cuentas un poco sobre él y si se relaciona de algún modo con Tortuga?

Un año después de mi paso por Norma, seguí un deseo muy intenso que tenía: conocer el Amazonas, viajar por Brasil y aprender portugués. Hice el viaje en barco desde Leticia hasta Belém, en la desembocadura del río en el Atlántico. Después fui hasta Río de Janeiro, donde viví un par de años trabajando en una comunidad rural que recibía niños y adolescentes en situación de vulnerabilidad. Allá, experimenté el lugar de mediadora, hacía el puente entre la casa y las escuelas de los niños, y montamos una pequeña biblioteca infantil. En ese viaje, Ceiba fue germinando. En la transición para regresar a Colombia, después de vivir cuatro años en Brasil, redefiniéndome en otro idioma, en otras geografías y otra forma de relacionarme con la naturaleza, empecé a escribir la historia. La reescribí y terminé ya reinstalada en Bogotá, después de haber perdido casi todo el primer borrador en un accidente tecnológico.

La primera página de Ceiba es la descripción panorámica (un zoom out) del ambiente donde se desarrolla la historia de Iara, una niña descendiente de una etnia indígena que fue diezmada por colonos madereros, y que vive en la selva a orillas de un gran río. La selva, como organismo con vida propia, que respira, tiene historia, sistema circulatorio y formas de vida que desafían nuestras nociones de lo que es real, es el personaje central del libro y el árbol sagrado de la ceiba, su columna vertebral. Iara y su primo se internan en el monte, en busca de su perra Lima, y ese viaje, donde se pierden y se reencuentran, los lleva a descubrir restos de la memoria ancestral que había sido borrada de su familia. Al mismo tiempo, la protagonista se ve obligada a encarar y resignificar la muerte, tanto la simbólica, como la física. Cuando se pierde en la selva, uno de los personajes que ayuda a Iara es una tortuga gigante, que, así como la ceiba, parece albergar un saber antiguo que la guía, cuando ella presta atención a señales que había recibido por medio de los sueños. Sin proponérmelo, tanto Ceiba como Tortuga son libros que tratan de la muerte, la pérdida y la memoria a través de una exploración simbólica y sensorial de la naturaleza.

¿Puedes contarnos cómo fue el origen y el proceso de escritura de Tortuga?

A diferencia de Ceiba, Tortuga no nació de un deseo de escribir para niños. El poema “Tortuga” hace parte de un proyecto literario que desarrollé durante la maestría en escritura creativa que cursé en Porto Alegre, entre 2018 y 2020. Durante ese tiempo, escribí textos que integrarían un libro de narrativa breve (inédito en español y publicado este año en Brasil, bajo el título Madreselva). Los textos parten de imágenes, intento transponer las imágenes a un cuerpo de palabras que a veces tiene la forma de un poema en prosa, a veces es un cuento y a veces algo intermediario entre esos dos géneros. Los textos también transitan entre las lenguas, algunos de ellos nacieron en portugués, otros en español.

Tortuga nació en portugués y después lo reescribí en español. Por medio de la escritura y traducción de esas imágenes, algunas de ellas recurrentes en sueños o persistentes en la memoria, busqué revivir nuevos sentidos contenidos en ellas, una nueva perspectiva a la que, en un primer abordaje de la imagen, desde el mismo ángulo fijo, antes no podía acceder. En ese proceso, busqué mi recuerdo más antiguo, y vinieron las tortugas que vivían en el patio del edificio de mi abuelo, que murió cuando yo tenía tres años. Por esa época, a través de un proceso terapéutico, yo había descubierto el luto que viví (pero no procesé) por la muerte de mi abuelo, que había sido una presencia muy viva en mi cotidianidad hasta que, un día, ya no estaba más. A pesar del vínculo estrecho y del dolor o consternación que me causó su falta, yo no tenía recuerdos vivos de él, ni de lo que sentí cuando murió.

Muchas veces vivo la escritura como un proceso de excavación, lo que hago con los restos encontrados en el sitio arqueológico de la memoria es trabajo de la imaginación. Excavé el recuerdo de las tortugas hasta llegar a un nuevo sentido, contenido en la contundencia del caparazón, del color, de la temperatura, del gesto de salir o esconderse del mundo. De todos los textos de Madreselva, solo con Tortuga me pasó que lo terminé e inmediatamente lo vi como un libro álbum, supe que, además de integrar el libro, tenía potencial para convertirse en otro objeto y conversar con lectores de todas las edades. Así que, a la primera oportunidad, se lo mostré a Dipacho.

¿Cómo fue trabajar con Dipacho, qué le aportan sus ilustraciones al texto?

Ya habíamos trabajado juntos, primero yo como editora y él como autor, ambos novatos. Después, dimos juntos algunos talleres de creación de libro álbum en Colombia, y desde esa época teníamos ganas de hacer un libro juntos. Desde que Dipacho —aún estudiante— llegó a Norma con su portafolio y dos propuestas de libros ilustrados, yo admiro su trabajo, su forma de vivir el oficio, la ética que acompaña sus procesos, que tiene que ver con estar siempre en busca de nuevas formas de creación. Eso demuestra un gran respeto por los lectores.

El proceso de creación del libro partió de la base de que era un trabajo de coautoría, de modo que nos sentamos a pensar la estructura y la propuesta gráfica a partir de algunas referencias que él me mostró y de las posibilidades sugeridas por el propio texto. Durante el proceso, gracias a los límites y posibilidades que ese nuevo objeto en formación demarcaba, el texto también se fue alterando y, a su vez, los cambios y relecturas del poema implicaron reformulaciones en la ilustración, en el ritmo propuesto por las páginas, en la distribución de los elementos. La generosidad y acierto del trabajo de Dipacho consiste en que supo entablar un diálogo con las entrelíneas del texto, dando destaque al poema por medio de una propuesta gráfica que se vale de un mínimo de elementos para “decir” de formas insospechadas. Tal vez por eso el libro converse con un espectro amplio de lectores, sin restricciones de edad.

¿Qué te atrae del libro álbum?

Justamente el hecho de que se sitúa en esa región de tránsitos: entre lenguajes, géneros, posibilidades múltiples de transmisión y recepción. Es parecido a lo que me atrae de la poesía, son formas que se sustentan en una especie de vacío, el vacío que se abre cuando se suspende la univocidad de un sentido estancado. Un vacío que puede resultar muy fértil para quien escribe o ilustra si se permite habitarlo resistiendo a la necesidad de dominio del objeto (y del lector), a la obsesión clasificatoria. Y, para ser sincera, tal vez también me atraiga por una especie de inhabilidad, porque me encantaría poder crear por otros medios que se relacionen más directamente con mi forma de elaborar las cosas: medios visuales, gráficos, plásticos, sensoriales. No que la palabra no lo sea, pero existe una escisión muy fuerte en nuestra cultura que relega la palabra a pequeñas prisiones distanciadas del cuerpo. Por eso me atraen la poesía y el libro álbum, porque se sustentan en la materialidad de la palabra y la llevan hasta las últimas consecuencias.

Nos preguntamos si tal vez vivir y estudiar en Brasil ha tenido alguna influencia en tu modo de ver y asumir la literatura infantil y juvenil.

Vivir y estudiar en Brasil (un Brasil de tantos) ha influido en mi forma de ver y asumir absolutamente todo. Ha sido un proceso de expansión por el que me siento muy afortunada y que tiene que ver mucho también con estar sumergida en el estudio y la práctica de la traducción. La apropiación del portugués y el contacto con la música y la poesía brasileñas han desbloqueado vías internas que me conectan más con esa materialidad de la palabra, con las posibilidades lúdicas del lenguaje. Pero también hay un aspecto ético y político, discusiones y problemas entrañados en la sociedad brasileña, como el racismo estructural, la falta de representatividad de las mujeres y otras “minorías” en la producción literaria y en el mercado editorial. En últimas, el hecho de vivir en un país profundamente desigual, con una democracia frágil, me ha cuestionado mucho sobre mi propio lugar de escritora y traductora, sobre la ética del oficio. Esas discusiones y problemas existen en otros países latinoamericanos, por supuesto, pero aquí siento que los avances y retrocesos han sido profundos, críticos, es una tensión constante y necesaria que inevitablemente me atraviesa.

¿Cuáles han sido tus paradigmas, referentes, autores que te han inspirado guiado, o como prefieras decirlo, en tu trabajo de creación dentro de la LIJ?

Es una constelación de influencias que no se limita a autores y autoras de literatura infantil, ni siquiera a la literatura. Pero autores como Anthony Browne, por ejemplo, que están lejos de una actitud condescendiente con los lectores iniciantes, son un referente importante para mí, en ese sentido. También las lecturas que me marcaron en la infancia. Yo tuve un par de libros que me introdujeron a la poesía, uno de ellos fue Abrapalabra, editado por Norma, que traía varios tipos de poemas (algunos narrativos), acertijos, adivinanzas, juegos, y uno de los tomos de El mundo de los niños. Los dos me impactaron mucho, me dejaron en una especie de encantamiento perpetuo con las palabras. También recuerdo siempre lo importante que fue leer la serie de Franz de Christine Nöstingler, creo que me hacía sentir autorizada a vivir mis propias emociones, me sentía menos sola, porque Franz era un niño real, con inseguridades, debilidades. Al mismo tiempo, la prosa era directa, simple, eficiente, y no faltaba el humor. Algo parecido sentí cuando leí, ya adulta, algunos cuentos de Roald Dahl, donde hay una oscuridad muy inquietante, que tiene que ver con la violencia implícita en el lugar marginal que la infancia tiene en nuestro mundo. Cuando escribo, sea para quien sea, siempre acudo a esa raíz de la infancia que, si uno se descuida, corre el riesgo de secarse. Me identifico con la frase famosa de Louise Glück: “Miramos el mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria”.

¿Qué le pides a un buen libro para niños y jóvenes? ¿Qué esperas hallar en sus páginas cuando abres uno?

Espero que el libro me haga un llamado, me desacomode, que haya una apuesta literaria surgida de la búsqueda genuina de determinado escritor o escritora. Eso significa que espero diversidad. Además, un cuidado especial con el lenguaje. Eso puede verse reflejado de muchas formas, dependiendo de la exigencia del libro: si es prosa, la limpieza y efectividad que mencioné arriba, por ejemplo. A mí me encantaba aprender palabras nuevas cuando era niña, entonces esa efectividad no significa empobrecimiento del lenguaje, todo lo contrario. También espero empatía con el lector, una especie de complicidad, porque no es fácil ser niño, mucho menos en Latinoamérica. Ante todo, espero que el libro no sea condescendiente, que trate a los lectores con respeto.

 

Entrevista puesta en línea el 18 de agosto de 2023.

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