Concha Pasamar y «Tiempo de otoño»: el valor de lo sencillo

Que una obra de la escritora e ilustradora española Concha Pasamar haya vuelto a ser distinguida con el Premio Fundación Cuatrogatos en este año 2021 es un excelente motivo para entrevistar nuevamente a esta destacada creadora. Si Cuando mamá llevaba trenzas fue en el 2019 una gratísima sorpresa, Tiempo de otoño ha sido una gozosa ratificación del talento y la sensibilidad de Pasamar. Ambos títulos forman parte del catálogo de la editorial madrileña bookolia y son de lectura recomendada para los amantes de los libros álbum que se salen de lo común y para todos los interesados en poner en manos de los niños obras de calidad y significativas. 

A continuación, nuestras preguntas y las respuestas que les dio la autora:

¿Qué te animó a hacer Tiempo de otoño?

Tiempo de otoño fue, en realidad, mi primer proyecto de álbum ilustrado. Antes de abordarlo en un curso de Marián Lario, mi único acercamiento a la ilustración había consistido en un brevísimo curso anterior sobre composición. Lo disfruté tanto –en el trabajo y en la relación con las personas– que me animé al siguiente, aunque se iba a extender a lo largo de varios meses y no tenía, en realidad, ningún proyecto concreto rondándome en la cabeza. Tras los primeros ejercicios, nos correspondía pensar un tema sobre el que desarrollar el álbum: era otoño, lo estaba viviendo, como siempre, con ese sentimiento de renovación del ciclo vital, de disfrute del entorno y del hogar, también del recuerdo de otros otoños, y quise trasladar esas sensaciones y atrapar así mis otoños, nuestros otoños.

La reflexión sobre el tiempo y las huellas de su devenir pareciera ser un hilo que vincula temáticamente tus libros Tiempo de otoño y Cuando mamá llevaba trenzas. ¿Por qué tiene el paso del tiempo tanta relevancia, abordado desde distintas perspectivas, en esas creaciones?

Sí, es cierto. Y las circunstancias de su publicación han hecho que, aunque concebidos y creados en el orden inverso, los álbumes con bookolia han visto la luz en un orden, digamos, cronológico: Cuando mamá llevaba trenzas relata fundamentalmente mi infancia, la de mi generación, en un tiempo anterior; Tiempo de otoño recoge también algunas de mis sensaciones infantiles; es inevitable, porque se concibe desde la propia experiencia, pero se sitúa en la infancia de mis hijos, que la estaban dejando atrás justo entonces (tenían 15 y 12 años). En ninguno de los dos casos había una intención de publicar los libros, así que fueron dos ejercicios totalmente libres de retención de aquello que me era querido, un intento de conservar momentos y sensaciones para compartirlos tal vez con las personas más cercanas. Imagino que la pérdida inesperada de mis padres, ya años antes –inesperada porque mis abuelos habían sido longevos– fue una llamada de atención en muchos sentidos, también sobre nuestra finitud, sobre el valor del instante y de lo cotidiano.

‘Tiempo de otoño’, de Concha Pasamar. Madrid: bookolia, 2020.

¿Cómo surgió el universo que presentas en Tiempo de otoño? ¿De dónde salieron esa familia, ese pueblo, ese bosque? ¿Se los pediste prestados a la realidad o son pura fabulación?

Como lo que hay detrás del libro es esa voluntad de evocar el recuerdo y lo que entonces –allá por 2014– era presente, la mayor parte de lo que aparece en sus páginas está basado en la realidad. Pamplona es una ciudad que conserva gran parte de lo que había sido como modesta capital de provincias: la plaza del Castillo –nuestra versión de la plaza mayor–, las callejuelas del centro histórico… La página de inicio, con los castaños, es la calle donde vivo; las grandes ventanas son muy similares a las de nuestra fachada. Pero hay mucho más: las manos que preparan el bizcocho, las de de mi hermana en una tarde compartida; la madre, una compañera del taller de pintura; la butaquita también aparece en Cuando mamá llevaba trenzas, como el violín de mi hijo menor –es más sencillo de dibujar que el clarinete del mayor–, que en el libro toma el papel de hermano de la protagonista. El castañero es el de siempre del barrio, ahora ya jubilado –a su hijo le encantó verlo en el libro– y la niña, que es una manera de poder estar doblemente en el libro, es mi sobrina Martina, hermana de la modelo para Cuando mamá…

Ese otoño tuvimos muchas visitas familiares en el otro escenario del libro, muchos paseos para recolectar setas y disfrutar del campo. Tenemos casa en Iracheta, un pueblecito de unos 50 habitantes en la Valdorba, un valle retirado y muy tranquilo de la zona media de Navarra, donde se hace sencillo compartir muchos momentos y el otoño se muestra también hermoso y feraz. Esos son los paisajes que he recogido en la segunda parte el libro, intentando reflejar esa sensación de los paseos otoñales, del bosque: sus sonidos, sus frutos, su misterio. El entorno es también rico en fauna, y el zorro es uno de los animales que lo habitan: esquivo, como todos ellos, pero también curioso, de manera que no es raro avistarlo.

¿Cómo fue el proceso creativo de este libro? ¿Las prosas poéticas y los dibujos fueron apareciendo de la mano, o un lenguaje antecedió al otro?

Mis dos álbumes son, de alguna manera, recopilaciones de instantes que he secuenciado. También en Tiempo de otoño fueron las sensaciones vinculadas a la estación las que se presentaron primero como imágenes mentales, y luego se trataba de enlazarlas en un guion gráfico o storyboard. De ahí hubo algunos pequeños cambios, también en el orden de las dobles páginas. Marián me animó a revisar el trabajo de varios autores con el que podría sintonizar, más bien en relación con las composiciones o las atmósferas que en el estilo de dibujo.

En el texto, hubo una primera versión más conceptual: breves frases nominales, también poéticas, pero de un mayor hermetismo. A este respecto, la profesora me recordó muy sabiamente que el curso era de álbum ilustrado preferentemente infantil y me sugirió que fuera más narrativa y explícita (yo seguía en la idea de que aquello era algo que hacía para mí, y tengo que agradecerle que supiera ver las posibilidades de mis álbumes mucho antes que yo misma). De este modo surgió esta versión que, salvo por una palabra que modifiqué a última hora en la última página, ha visto la luz cinco años después.

La vida es muy curiosa, y ha sido la ilustración la que me ha reconducido a la escritura y no a la inversa. Me refiero a la creativa, porque escribo constantemente, pero sí que he notado cómo ejercitar la creatividad de manera regular y más a fondo a través de la ilustración y el álbum ilustrado me ha llevado de nuevo a disfrutar escribiendo, y habrá más trabajos completos que verán la luz.

Aunque el texto es muy conciso, las imágenes del libro sugieren distintas preguntas y posibles historias a partir de los personajes y las situaciones. ¿En qué piensa la madre de pie junto a la ventana, mientras ve caer las hojas de los árboles?; ese precioso zorro (¿o zorra?) que observa a la familia regresando a casa después de recoger setas y de caminar por el bosque, y que duerme a pierna suelta en la contracubierta, ¿qué piensa sobre la niña protagonista? ¿Qué preguntas te hacías mientras dibujabas esas escenas? ¿Tenías las respuestas? ¿O como creadora también tienes un conocimiento parcial de lo que relatas y describes?

Aquí hay muchas preguntas, pero creo que todas convergen en la cuestión de cuánto sabemos de nuestros personajes, de la supuesta omnisciencia del autor en el proceso creativo. Como aquí hay nuevamente autoficción, creo que sé bastante de lo que puede pasar por la cabeza de la protagonista –su voz es la mía– y la de la madre, que también soy yo (suena todo tremendamente egocéntrico, ay, pero insisto en que estos libros solo eran un intento de contarme a los próximos). Ahora bien, creo que tampoco lo sabemos todo de nosotros y que, además, la simulación de unos personajes que no son exactamente una misma, de una familia que no es exactamente la mía, los dota de cierta independencia. Esa doble página sin texto condensa muy bien ese desdoble en dos figuras: me representa simultáneamente en la infancia y en el momento en que hacía el libro. Como niña, absorta en una de las cosas a las que dedicaba mucho tiempo: la lectura, como el dibujo, que aparece en otra escena; como adulta, en la introspección a la que a veces nos conduce justamente el exterior: un olor, un color o una luz, un detalle que nos traslada tal vez a otro momento, tal vez a una simple suspensión del tiempo, a la consciencia de su discurrir, del nuestro.

Ese pensar que los personajes cuentan con una vida propia fuera de las instantáneas que recojo, o fuera de las acciones de los libros, creo que entronca con mi mirada infantil. Cuando contemplaba una pintura, un San Jorge y el dragón de Uccello, por ejemplo, solo veía una imagen, pero cabía imaginar cualquier antes o cualquier después. Creo que también es una actitud frecuente como lectores o como espectadores: esta película o esta novela me muestran una historia, este poema me ofrece esta imagen y esta emoción, pero ¿qué hay antes, qué hay después, qué está sucediendo simultáneamente? Pienso que a menudo nos cuestionamos así sobre la ficción, pero también sobre la realidad que nos rodea. Nos interrogamos a veces sobre la vida de las personas, conocidas o no, y somos capaces de imaginarles una historia, unos motivos, un carácter. También cuando salgo al campo: a ambos lados del camino se extiende el bosque, lleno de una vida que se distancia a nuestro paso, que a veces percibimos fugazmente, que tal vez nos observa. Mientras yo me adentro en su territorio, ¿qué hace el corzo?, ¿qué hace el zorro?, ¿cómo nos sienten?, ¿con curiosidad, con temor, con un poco de ambos?

Sí, creo que nuestro conocimiento sobre la ficción es parcial, no es idéntico al de otro lector, tampoco es idéntico al que poseemos en los diferentes acercamientos a un mismo libro, ni siquiera a uno que hayamos ideado y creado.

Por otra parte, el dibujo tiene una parte de meditación: a veces la propia acción nos vacía y uno puede estar mentalmente muy lejos de la escena que tiene entre manos, pero a menudo nos concentra en lo que representa o en lo que se extiende más allá de lo representado, como cuando de niños nos narramos una historia a partir de los trazos que van surgiendo en el papel. La ilustración me permite recuperar parte de esas sensaciones: es posible crear un mundo a través de una imagen, y esa misma imagen, tan accesible, permite a su vez ir mucho más allá de ella misma.

¿Cómo te definirías en tanto ilustradora?

Creo que no soy capaz de definirme ni como ilustradora, ni como profesora, ni como persona. A veces puedo intentar explicarme, desde las actitudes de que parto, pero creo que las caracterizaciones se hacen mejor desde fuera. Como ilustradora, quisiera ser honesta. Tengo mis limitaciones y mis querencias, mis maneras de hacer. Intento seguir aprendiendo y abordar cada trabajo como creo que lo pide, pero siempre en función de lo que me considero capaz de hacer o de aquello en lo que siento que puedo encajar. Ilustro para disfrutar, y lo hago en todas las fases del proceso. Bueno, de hecho, aquí han aparecido dos actitudes básicas en las que me gustaría mantenerme: sinceridad y gozo en lo que haga, pero no sabría caracterizar el resultado. En el caso de Tiempo de otoño, primerísimo trabajo, era inevitable que fuera natural.

¿Has tenido la oportunidad de conocer reacciones de niños que han leído el libro? ¿Difieren de las de los lectores adultos?

Sí, he contado el cuento en varias clases de primero de primaria (con estudiantes de seis años) y ha sido precioso, mucho más de lo que imaginaba en niñas y niños de esa edad, que escucharon absortos. Al terminar, uno de los niños soltó un “¡Es precioso!” que le salió sincera y espontáneamente; eso emociona: ya he dicho que en el proceso de creación de este libro no pensaba en lectores concretos, ni en grupos de edad. También lo he leído con sobrinos muy pequeños, de cuatro años, capaces de entrar en aquello que escuchan y tienen ante sus ojos. Creo que los adultos lo leen desde una perspectiva muy diferente; la percepción sobre el tiempo es distinta y también el recorrido vital. Son también más capaces de identificar y nombrar las sensaciones que produce, y ahí es común escuchar que el álbum despierta nostalgia o que es poético. Quiero pensar que cuando ese niño dijo “precioso”, con una mirada aún prendida en el otoño, se refería a esto último.

¿Qué te gustaría que quedara en los lectores después de leer Tiempo de otoño?

Quisiera que este álbum despertara la consciencia sobre el valor de lo sencillo y, desde ahí, que fuera uno de esos muchos libros capaces de conducir al asombro por lo que nos rodea, en la naturaleza o en los instantes cotidianos que compartimos con quienes queremos y nos quieren.

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