Jacqueline Goldberg y su viaje poético a Pitchipoï

Jacqueline Goldberg. Foto de Umar Timol.

Iniciamos hoy la publicación de una serie de entrevistas con los escritores e ilustradores de algunos de los libros distinguidos con el Premio Fundación Cuatrogatos. Para empezar, la autora, periodista y editora venezolana Jacqueline Goldberg (Maracaibo, 1966) nos habla sobre su libro Pitchipoï, publicado en Colombia por el sello Tragaluz editores.

Autora de más de una treintena de premiados libros de poesía, narrativa, ensayo, testimonio y literatura infantil, Goldberg es una de las voces más significativas de la actual literatura venezolana. Es Licenciada por Letras de la Universidad del Zulia y Doctora en Ciencias Sociales por la Universidad Central de Venezuela. En 2018 participó como escritora residente en el International Writing Program de la Universidad de Iowa. Su poesía está reseñada y traducida en más de quince países.

En el terreno de los libros para niños y jóvenes, la bibliografía de Jacqueline Goldberg incluye los títulos Una señora con sombrero (Caracas: Monte Ávila Editores, 1993), selección Los mejores del Banco del Libro 1994; Mi bella novia voladora (Caracas: Fundación Cultural Barinas, 1994), Premio Nacional de Literatura Infantil Miguel Vicente Patacaliente; Plegarias en voz baja (Ciudad de México: Editorial Alfaomega, 2000); La casa sin sombrero (Caracas: Alfaguara, 2001); Benjamín caballito de mar (Bogotá: Panamericana Editorial, 2004); El filósofo saltamontes (Caracas: Alfaguara, 2006); Qué ves cuando te ven (Maracay: Playco Editores, 2015); El niño que desayunaba de noche (Bogotá: Panamericana Editorial, 2016) y Pitchipoï (Medellín: Tragaluz, 2019), Premio Fundación Cuatrogatos 2020.

‘Pitchipoï’, texto de Jacqueline Goldberg, ilustraciones de Juan David Quintero Arenas. Medellín: Tragaluz editores, 2019. Premio Fundación Cuatrogatos 2020.

Jacqueline, detrás de la palabra Pitchipoï hay una dolorosa historia, ¿qué te hizo retomarla y crear un texto literario a partir de ella?

Pasé toda mi vida dudando que Pichipoï fuese una invención de mi padre, simplemente una palabra mágica para aquietar mis preguntas infantiles. Cuando apareció Internet en Caracas —en mayo de 1996— comencé a teclearla en los buscadores que fueron naciendo. No sabía ni siquiera cómo escribirlo. Hace muy pocos años vi nacer el vocablo en la pantalla. Primero en referencia a un viejo libro, luego como una entrada de Wikipedia en francés y más tarde en español. Mi papá murió sin creer mucho lo que yo había descubierto. Para él era una palabra vacía, incluso una onomatopeya. Entonces ya conociendo lo que para mi papá no significaba quise rendir homenaje a su memoria y su desmemoria, al vocablo, a lo que hay de mi en su espera y su silencio. Mi papá falleció en 2017 sin saber que el libro se publicaría, pero lo leyó en el borrador terminado ya en 2012.

¿Cuánto hay de autiobiográfico en esta obra?

Todo, absolutamente todo.

Pitchipoï es un libro capaz de dialogar con lectores de edades muy diversas. Al escribir este texto, ¿tenías la voluntad de que fuera leído por un público infantil y juvenil?

Jamás he escrito un libro, de los que han sido publicado como literatura infantil o juvenil, pensando en su lector. Sólo después de que un tema tiene atmósfera y voz medito cómo corregirlo, a qué editorial enviarlo, un futuro lector. Por otra parte, cuando he creído que un libro puede ser para adultos termina siendo para niños y visceversa. Pitchipoï es un tema tan mío que terminó teniendo una voz que yo misma no logro vislumbrar si es de un niño o no. Y la edición entendió tanto esto que está dirigida indistintamente a niños y adultos.

Tu poema es hermoso y conmovedor y el libro en que lo convirtió Tragaluz editores es un objeto de singular belleza. ¿Qué opinión tienes del trabajo del ilustrador Juan David Quintero Arenas y de la editorial?

Siempre soñé con ver un libro mío en Tragaluz. Ya casi una década antes había enviado un libro en un correo que jamás llegó a los ojos de Pilar Gutiérrez. Así que cuando me dieron el sí con Pitchipoï yo solo tuve alegría, agradecimiento y alma abierta a lo que ellos tuvieran a bien disponer. Así que nada me sorprendió y menos aún preocupó. Mi respeto hacia editores e ilustradores de libros infantiles es inmenso, jamás he discutido detalles porque entiendo que es un libro colectivo. Tanto es así que mi nombre no está en la portada y eso lo comprendí desde el primer momento. Las ilustraciones de Juan David me parecieron desde el primer momento sutiles, memoriosas, perfectas para el libro y para mis nunca existentes expectativas. La forma del libro la vine a comprender cuando la tuve en mis manos y me encantó. También confié ciegamente en el criterio de la editora y el diseñador gráfico. De hecho solo con el libro publicado y cuando se presentó en Medellín en septiembre de 2019 supe el sentido de lo triangular: Pilar había concebido esa colección para libros punzantes, interpeladores, que como la punta de una daga dieran en el corazón del lector.

La muerte es tema y personaje en Una señora con sombrero (1993), tu primera incursión en la literatura infantil y juvenil, y reaparece, como evocación de la Shoá, en este nuevo título. ¿Coincidencia o intencionalidad?

Muchos de mis libros tiene la muerte por detrás. Y por el frente y los costados. Es un tema universal, me preocupa como a todos. Por otra parte, llevo casi dos décadas escribiendo libros testimoniales sobre el Holocausto y mis cuatro abuelos y mi papá fueron supervivientes de esa tragedia. Tuve incluso la fortuna de hacer un curso muy intensivo sobre el tema en Yad Vashem, en Jerusalén. Era natural que en algún momento comenzara a escribir mis propios libros con lo que me toca más cerca. Ya antes de Pitchipoï publiqué Nosotros, los salvados, libro de poesía con voces de supervivientes de la Shoá y que puede descargarse librement aquí.

¿Cómo se inserta Pitchipoï con el conjunto de tu obra para niños y jóvenes?

No lo sé aún, no puedo decirlo yo. Supongo que se inserta, es parte de lo que he venido investigando y escribiendo por años. Es otro libro, otra mirada. Eso podrán explicarlo los lectores más adelante.

Vivimos en escenarios sociales de gran complejidad y en los que los acontecimientos se producen a gran velocidad y parecen ser olvidados con la misma rapidez. Los conflictos y dramas de ayer reaparecen, en otras circunstancias, como si la humanidad no hubiera aprendido nada a lo largo de la historia. A la luz de la publicación de Pitchipoï: ¿qué papel puede desempeñar la escritura literaria, y en especial la de los poetas, en la conservación de la memoria histórica, algo que, con frecuencia, ha resultado ser muy volátil?

Pitchipoï fue el nombre que alguien inventó porque la realidad era innombrable, porque estaba prohibido y penado saber y decir que existían los campos de concentración y exterminio. Justamente en esos hoyos de confusión y olvido es donde respira la literatura. Está en sus manos —el tiempo de la Historia es otro— volver a nombrar, decir y repetir para que jamás se olvide. Creo necesario, además, que la poesía deje colar en los temas más terribles algo de su capacidad de esclarecer y resignificar. «La poesía debe apoderarse de toda la realidad que le sea posible», dijo Czeslaw Milosz. «Si se deja de lado la poesía triunfará el mal», dijo Amos Oz.

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