In memoriam Teresita Fernández

Teresita Fernandez Foto de Enrique Perez Diaz

Teresita Fernández con un pequeño amigo. Foto tomada en los años 1980. Cortesía de Enrique Pérez Díaz.

El pasado 11 de noviembre de 2013 falleció en La Habana, a los 82 años de edad, la trovadora cubana Teresita Fernández, una de las principales figuras de la canción para niños en América Latina. Su extraordinaria producción musical la coloca junto a figuras emblemáticas en esta región, como el mexicano Gabilondo Soler (Cri-Cri) o la argentina María Elena Walsh.

Teresita nació en Santa Clara, Cuba, el 20 de diciembre de 1930. En 1948 se graduó de maestra en la Escuela Normal de Santa Clara y en 1959 obtuvo el título de Doctora en Pedagogía. Abandonó las aulas para dedicarse profesionalmente a interpretar sus composiciones musicales. Su carrera despegó a principios de los años 1960, en la capital cubana, donde contó don el apoyo, entre otros artistas, del legendario chansonier Bola de Nieve, quien la invitó a cantar en el restaurante Monsigneur. Posteriormente, Teresita tuvo su propio espacio nocturno en el club El Coctel, donde, a su vez, ayudó a darse a conocer a jóvenes músicos, entre ellos Silvio Rodríguez.

Aunque creó un gran número de canciones para adultos, los mayores éxitos de Teresita Fernández fueron sus composiciones para niños, como “Mi gatico Vinagrito”, “Tin Tin la lluvia” y “Amiguitos, vamos todos a cantar”, por citar apenas tres de las más populares y enraizadas en la cultura popular cubana. Muchas de sus canciones están recogidas en discos, interpretadas por ella y también por artistas como Silvio Rodríguez, Miriam Ramos, Noel Nicola, Liuba María Hevia, Anabel López y Gema y Pavel. Otras melodías han sido convertidas en dibujos animados. Teresita fue una gran admiradora de José Martí y de Gabriela Mistral, de quienes musicalizó, respectivamente sus Rondas y el poemario Ismaelillo.

A manera de homenaje, en Cuatrogatos compartimos las opiniones sobre esta destacada figura del arte para niños que once escritores y artistas cubanos nos han hecho llegar desde Cuba, Estados Unidos, Ecuador y Francia:

Las canciones de Teresita Fernández forman parte indisoluble de la niñez de varias generaciones de cubanos. Ninguno de nosotros podrá olvidar su gatico Vinagrito, ni el tin-tin de la lluvia de sus más conocidas melodías. Descanse en paz, Teresita, y gracias por hacernos más hermosos y felices los sueños de nuestra infancia.

–Daina Chaviano

 

Las creaciones de Teresita Fernández constituyen un territorio mágico, una celebración poética del reino animal y de las pequeñas cosas de cada día (incluso de cosas “feas”, como palanganas viejas y basureros, cuya sencilla belleza ella nos ayudó a descubrir).

Gracias, Teresita, por tu cariño, tu sentido del humor, tu fidelidad a tus principios y tu humanismo. Por tantas y tantas canciones maravillosas, profundamente ligadas a los mejores recuerdos de nuestra infancia. No se me ocurre una mejor manera de decirte adiós que repetir, una vez más, el alegre “Miau, miau, miau, miau, con cascabel” que miles de cubanos coreamos alguna vez, con desafinado entusiasmo, acompañados por los acordes de tu guitarra.

–Antonio Orlando Rodríguez

 

Teresita es y será siempre una parte de mi corazón de niño. Mi hijo más pequeño, que tiene dos años y ocho meses, es fanático de (estos son los títulos de las canciones que él me pide) “El Mau” (“Vinagrito”) y “Achú” (“La Gordita Azul”). Cada vez que salimos en el auto, pide las canciones una y otra vez, y si por casualidad dejé el CD en casa, se forma. Una voz y una manera de hacer de ese calibre solo pueden ser medidas por cosas como la anterior. Es obvio que Teresita vive y seguirá viviendo, pues al niño ni se le ha ocurrido preguntarme quién escribió ni quién canta la canción.

–Andres Pi Andreu

 

Fue difícil aprenderme la canción de una “rana poeta que escribía sus versos en hojas de violeta”. Pero cuando comencé a cantarla, hice caer rendidos a varios chicos de mi edad… ¡seis años! Las canciones de Teresita fueron señoronas omnipresentes que se pasearon a sus anchas por todos los rincones de mi infancia: alegraban la hora del recreo de mi escuela, alebrestaban el silencio de las actividades que organizaba la biblioteca, se filtraban en las salas de espera de la clínica donde me atendía, se adueñaban de las fiestas del barrio, cascabeleaban tanto en los actos entusiastas como en las exageradas solemnidades, y en las colas para comprar lo que hubiera, y en casi todas las estaciones radiales, y en los dos únicos canales de televisión, y en el “basurero, basurero que nadie quería mirar”… y en el aquí, y en el allá, ¡y hasta en el acullá! Dulces como Vinagrito, las canciones de Teresita, junto a las de Maria Elena Walsh, conformaron el universo musical de aquellos días inocentes. Al escucharlas, soy lo que fui, y súbitamente mi “tristeza va cambiando de color”.

–Yanitzia Canetti

 

Teresita permanece en nuestra infancia (en eso que no se borra, que es una amalgama de emociones y recuerdos), lo que es, sin dudas, un privilegio que tuvimos varias generaciones de cubanos.

–Iliana Prieto

 

Acaban de morir, en un mismo corazón, Martí, San Francisco de Asis y Gabriela Mistral; pero como ellos, Teresita Fernández vivirá por siempre.

–Luis Cabrera Delgado

 

Lo maravilloso de Teresita era que parecía una mujer de todo el mundo y de cualquier tiempo. Y lo parecía por sus canciones, claro, por los ritmos y por su voz, que tenía la afortunada combinación de fuerza y ternura en un balance impecable, como si hubiese sido creada -toda ella- para ‘en-cantar’ a los niños. Por eso en la Amazonia, a kilómetros de las grandes ciudades y más lejos aún de mi isla, su voz regresó tantas veces en la voz de mi hija, que antes de aprender a hablar iba por de un lado a otro tarareando “Lo feo”. Nuestro himno. Nuestra minúscula patria estaba en sus canciones, y sigue, con todas las patrias que conseguimos y que traemos a ellas, inmensas.

–Liset Lantigua

 

Allá por el ’67 yo andaba con aquel grupo de la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana al que hizo referencias Mirta Yáñez en su novela Sangra por la herida. Me invitaron a ver a Teresita en El Coctel. Nos sentamos en el piso casi devotamente, esperando que aquella señora comenzara. Tomó la guitarra y cantó. “Me has dicho que me quieres y estoy llorando (…) no puede haber soledad para ti mientras yo exista, (…) no digas que estás triste si tu alegría la tengo yo…”. Eran canciones de amor que traían una sensibilidad diferente, hasta poética, allegada a la de los trovadores de langue d’oc o a los de la vieja trova.

Siguieron las canciones, vino otra y otra, hasta que escuchamos “en una palangana vieja sembré violetas para ti”. En el clímax de la noche y en los últimos cuatro versos, Teresita supo mostrar en una metáfora el deseo para el final de su vida: “alita de cucaracha / llevada hasta el hormiguero, / así quiero que en mi muerte / me lleven al cementerio”.
Cuando ya bajaba la guitarra como anunciando que terminaba, le pedimos “Vinagrito” para cerrar con un grato contagio. Cantamos juntos dando palmadas para seguir el ritmo, pues a pesar de estar ya enredados con la lingüística de Saussure y las novedades de Noam Chomski, vibrábamos con alegría de niños. Aquella noche no podíamos saber que la cancioncilla pegajosa por dulce a pesar de su nombre, sobre un gato que por exceso de cuidados llega a parecer “un gatico de papel”, con el tiempo se convertiría en santo y seña de la niñez cubana.

–Daisy Valls

 

No sé exactamente cuándo fue, pero sí recuerdo cómo fue. En el viejo televisor Motorola de mi casa paterna, en Santa Clara, apareció un día, con sus ojos enormes y tristes, al son de una música pegajosa, aunque no fácil, “Mi gatico Vinagrito”; la primera canción de Teresita Fernández…

La primera, en todo caso, que vi y oí al mismo tiempo, y de cuya autora supe el nombre. Porque seguramente alguna que otra canción de Teresita yo había escuchado ya en la radio, sin que llegase a saber quién era la persona que estaba detrás de aquella simple-compleja melodía de guitarra, de aquellos versos sencillos y profundos, y de aquella voz aguda, pero con algo de terciopelo, que dejaba sentir melancolía y malicia. Así de originalmente paradójicas eran las composiciones de una trovadora que se especializó en el mundo infantil y, por esto también, resultó innovadora.

Por la misma época apareció en la tele otra de sus canciones en forma de dibujo animado: “Tin tin, la lluvia cayó”, que presentaba las mismas características: una gran capacidad para comprender y expresar el mundo de la infancia, o la visión que los infantes tienen del mundo, sin por ello caer en el infantilismo (en los contenidos y enfoques) y el simplismo (en las formas) que, por entonces, marcaba buena parte de la producción musical, televisiva y literaria para chicos en Cuba.

La televisión cubana era por entonces en blanco y negro, y el viejo Motorola familiar ni siquiera poseía una nitidez que volviese particularmente estética la gama de grises o un sonido que se acercase de lejos a la calidad HI-FI que sí tenía nuestro tocadiscos (pero nunca, ¡ay!, ni mis padres ni mis hermanos ni yo compramos un disco de la trovadora).

Para mí las canciones de Teresita tendrán siempre esa pátina de mi infancia en la provinciana Santa Clara (donde precisamente naciera ella, en 1930). Incluso si posteriormente la escuché y vi por la televisión en colores, y hasta asisití , en vivo, a alguna de sus presentaciones en la famosa Peña de los Juglares del Parque Lenin.

Teresita Fernández siempre estuvo ahí, en la cultura viva de Cuba, y muy particularmente en la cultura infantil a la cual pertenezco. Pero por una razón o por otra, la introduje temprano en mi museo en blanco y negro, junto a varios tesoros de la infancia y tantos grandes clásicos de la cultura audiovisual.

–Joel Franz Rosell

 

Yo soy una maestra que canta, me dijo una vez en una entrevista que siempre quedó inédita, Teresita Fernández, la trovadora, artista genuina, la madre del gatico vinagrito, ese que durante décadas ha deleitado a la niñez cubana. Teresita nunca se consideró una artista, su humildad martiana no se lo permitía. Siempre deseó que la creyeran una educadora, una mujer con mucho para decirles a los demás, sobre todo que “a las cosas que son feas ponles un poco de amor y verás que la tristeza va cambiando de color”. Ese era su credo y su religión: dotar de nuevos colores a la vida dondequiera se encontraran el sufrimiento y el dolor.

Su adhesión a la fe católica y a las ideas ecuménicas de José Martí la hicieron una mujer de su tiempo, sensible a cualquier problema, tan admirada como incomprendida, tan disonante para unos como coherente para los más benévolos. Su figura erguida, sin oropeles, austera en el vestir y el conducirse, ajena a toda espectacularidad y su voz fuerte, a veces desgarrada, era capaz de llegar al corazón de cualquier ser humano, sin importar la edad que tuviera o las ideas que profesara. Aunque fue una trovadora de todo verso cantable, su obra más reconocida son sus canciones para niños que marcaron a la generación de los sesenta y a más de un creador heredero de su mística y su música. Incansable y batalladora, siempre se la veía donde había niños, como una Quijote tratando de enmendar los entuertos de la existencia y hacer más felices a sus semejantes.

Todos éramos sus semejantes. Pues Teresita nunca se sintió especial, mejor que nadie o distinta. Tan importantes eran para ella sus protegidos –aquel montón de perros y gatos callejeros–, que sus grandes amigos, o la persona que en alguna actuación acababa de conocer. La vi siempre, guitarra en mano y tabaco a flor de labios, destrenzar las notas de alguna canción allí donde el dolor campeara y la gente pidiera un poco de consuelo, sobre todo en hospitales infantiles, casas de niños sin amparo filial o palacios de pioneros atestados de pequeños que coreaban sus canciones, esas que todavía muchos escuchamos como si la tuviéramos ahí con su sonrisa franca, diciéndonos simplemente: Dame la mano y me amarás…

–Enrique Pérez Díaz

 

Ha muerto Teresita Fernández y la música cubana está de luto, los niños y
los adultos de la isla también. Seguro que para Vinagrito la luna ya no
será un queso metido en un mar de añil, sino una inmensa foto de su amiga
villareña, una imagen final donde se ve a la eterna trovadora rodeada de
cocuyos, grillos, lagartijas, lombrices de tierra, peces, ballenas,
manatíes, jicoteas, zunzunes, lechuzas, jutías, perros y un osito azul.
Pocos conocen a este último animalito que dormía en la cajita oscura de su
guitarra.

Una tarde de 1998 fuimos a su antigua casa de la Calle Clavel, mi amiga
Yanisbel Martínez y yo. Íbamos a convencerla para que nos acompañara en un
espectáculo que haríamos con sus canciones en el Teatro Sauto, de
Matanzas. Cantar con Teresita Fernández sería el título, un homenaje del
Teatro de Las Estaciones a quien tanto nos había hecho soñar. Lo que
encontramos fue una mujer tristísima, acompañada de sus perros, plantas,
un busto de José Martí, una pintura de Cristo y su instrumento de cuerdas
preferido. Pensamos que era un mal día para visitarla. Un ser humano
afligido es como un rastro de humedad, que se extingue con solo un golpe
de viento. Nos habló de su vida, su soledad, de amigos idos y presentes,
de su vecina cual hermana, de la fe en los hombres y las mujeres, de lo
sanador que puede ser la sonrisa de un niño. Nos brindó leche porque
éramos unos muchachos y a nuestra edad no se debía beber, pero ella se
sirvió un trago fuerte, sin hielo ni adorno alguno. Argumentó que iba a
beber porque no podía más con tanta melancolía. Entonces abrió el estuche
de su guitarra y cayó de adentro un muñequito de peluche, como dice ella
misma en su canción “…un pañuelito de olor, un pañuelito color de cielo,
color de mar, color de ocaso en tus ojitos de querer o de soñar.”

El oso fue directo de sus manos a las de mi amiga Yanisbel, que no quiso
de ninguna manera aceptar aquel presente. Teresita le explicó que había
sido un regalo de una niña tan linda y dulce como ella, que lo tomara sin
reparos, pues era la única forma de que le volvieran a obsequiar otra
mascota como Joaquinito “el osito azul, que quizás no está dormido, solo
escondido, el muy travieso, esperando a que le cante su canción”. Y
comenzó a cantar, exclusivamente para nosotros, la compositora de temas
infantiles más amada en nuestra patria.

Por eso quiero decirte quien es.
Cómo se llama.
Qué hace por mí…

Se fue haciendo de noche entre tonadas y anécdotas que sus canes satos,
al igual que nosotros, escuchaban atentamente. Las violetas de la vieja
palangana del patio comenzaron a perfumar. Teresita nos habló de los
hermosos temas para los infantes compuestos por Ada Elba Pérez y Liuba
María Hevia, de que la vida valía más que el montón de medallas que
acumulaba en una caja. Llegaron más canciones, todas para adultos, letras
que jamás habíamos oído. La trovadora cantaba con la voz transida y el
pecho palpitante. Comenzó a llover con fuerza, el agua entraba por todas
partes, pero la musa traviesa no dejó nunca de cantar. Sobre la única cama
de aquella casa mínima, humilde, terminamos todos, como si de una alfombra
mágica se tratara.

Llegó la despedida. Hacía un poco de frío. Teresita ya no estaba tan
triste, pero nosotros sí, no queríamos abandonarla. Le prestó a Yanisbel
uno de sus ponchos tejidos para que se protegiera del fresco intenso de la
noche; esta vez mi amiga no se negó, entendió que era imposible renunciar
a un obsequio de ella. El poncho estaba lleno de quemaduras de quien fuma
su tabaco con el mismo ardor de quien canta desde lo más hondo de su
corazón. Le dio un último beso a Joaquinito y nos dijo que hacíamos una
pareja muy bonita, con brillo infinito en los ojos. Le pedimos que cantara
otra vez la canción del osito.

Si estoy tan triste y tengo ganas de llorar,
le doy un beso, luego lo siento en mi corazón,
y entonces canta Joaquinito por mí su más linda canción,
su más bonita canción.

Descanse en paz, trovadora de Cuba y el mundo, nómada y libre.

–Rubén Darío Salazar

Enlaces a algunas canciones compuestas e interpretadas por Teresita Fernández:
Lo feo
Joaquinito
Yuyú
Mi gatico Vinagrito
Tin Tin la lluvia

 

2 pensamientos en “In memoriam Teresita Fernández

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