Entrevista con la escritora argentina Sandra Siemens

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Por Sergio Andricaín y Antonio Orlando Rodríguez

Libros como El último Heliogábalo, La doncella roja, El hombre de los pies-murciélago, La tortilla de papas y Lucía, no tardes, entre otros, además de los importantes reconocimientos nacionales e internacionales que ha recibido a lo largo de su carrera, han convertido a la autora Sandra Siemens en un referente insoslayable cuando se habla de lo más significativo de la literatura para niños y jóvenes de Argentina. En esta entrevista, Sandra nos habla acerca de sus inicios como escritora y de los cómos y los porqués de algunas de sus obras.

¿Qué leías de niña y de adolescente?

Crecí en el mismo pueblo pequeño en el que vivo ahora, con mucha libertad. Tuve una infancia de mucho aire libre, mucha plaza, mucha calle, mucha bicicleta. Creo que no fui una lectora intensa como han sido otros escritores. Leía los títulos de una colección muy popular cuando era chica, la Biblioteca Billiken, con versiones acortadas y adaptadas de Robinson Crusoe, Sandokan, La isla del tesoro, Tom Sawyer, etc. También me cautivó Horacio Quiroga. La impresión que me causó “El almohadón de plumas”, me dura hasta ahora. En mi novela Querido Blog, aparece ese cuento de Quiroga. A Anita, la protagonista le ocurre algo muy parecido a lo que me ocurrió a mí. No pude apoyar la cabeza en la amohada durante meses. Después, de adolescente me atrapó el boom latinoamericano. Vargas Llosa, García Márquez, Rulfo, Cortázar. Principalmente Cortázar. Y otros escritores que no pertenecían al boom, Ciro Alegría, Borges, Onetti. Creo mi mi adolescencia fue escencialmente latinoamericana ahora que lo pienso.

¿Cuándo pensaste por primera vez en la posibilidad de ser escritora?

Te diría que aún lo estoy pensando.

Debe de haber habido un tiempo en el que no escribía. Seguro que fue así, pero no lo recuerdo. Siento que la escritura me acompañó siempre, aun cuando no sabía demasiado de las palabras. Porque todos los que escribimos sabemos que también hay una escritura de lo no escrito durante algún tiempo.

Imaginaba cosas que desbordaban a mis amigas, a mis padres, a mis hermanos. Ellos me veían siempre volando, con la cabeza en otra parte. Y yo no sabía que estaba haciendo literatura. Era un placer y así siguió durante muchos años (y lo sigue siendo).
Cuando me fui a estudiar a Buenos Aires, asistí por primera vez a un taller literario. Después dejé la carrera y Buenos Aires, pero busqué otro taller, esta vez en Rosario, el de Alma Maritano. Ese encuentro fue decisivo en mi vida.

Cada vez que me hacen una pregunta parecida a esta, respondo que, más o menos por esta misma época de la que estoy hablando, escribí una novela que se titula Un tren a Cartagena y la mandé al Concurso de novela juvenil de Editorial Colihue. El premio era la publicación. A partir de ver mi primer libro publicado, empecé a pensar en que esto que tanto me gustaba hacer, que era escribir, podría tranformarse en un oficio. Fue a partir de entonces me enfoqué más ello.

Ahora, pienso que todo eso –que es totalmente cierto– no es más que una circunstancia. Creo fue Alma la que descubrió que yo tenía algo para decir y me animó para que me lanzara a buscarlo. Me enseñó, me mostró, compartió lecturas y miradas. Fue mi maestra. Pienso que hoy tengo este oficio porque tuve la inmensa fortuna de cruzarme con Alma. Ella veía en mí cosas que yo misma todavía no alcanzaba a ver. Las alegrías son de disgestión fácil para quien escribe, pero lleva tiempo digerir que el vacío y la angustia también son parte de la escritura. Cada vez que me sentía así, le decía a Alma que esto no era para mí, que yo no podía. Cada texto me parecía que iba a ser el último y que ya nunca más se me ocurriría algo para escribir. Una vez, cansada de escucharme, me dijo: “Sandra, esto que te voy a decir no se lo puedo decir a mucha gente. Olvidate de todo y escribí. Escribí”. Le hice caso.

¿Qué te atrajo de la LIJ?

Uh, esa fue toda una decisión. Yo escribía tanto para adultos como LIJ. Mis compañeros del taller (menos Alma, claro) me decían que era un desperdicio que me dedicara a la LIJ. Muchos de los que escriben para adultos ven a la LIJ como una literatura menor. Así que estuve años debatiéndome inúltimente en esa discusión sin sentido.

Me acuerdo de que un día vi un documental sobre una chica que fabricaba zapatos. Y le preguntaron por qué lo hacía. Ella respondió que le daba mucho placer todo ese universo, el olor de los cueros, los colores, las texturas. De golpe fue muy sencillo. Me di cuenta de que a mí me pasaba lo mismo. Los libros para niños, las texturas de los papeles, los diseños, las historias, la poética, las ilustraciones, todo ese mundo me daba placer. Y decidí que por el momento me quedaría ahí.

Todavía sigo en el mismo lugar fabricando mis zapatos. Para mí, la LIJ es un territorio donde me siento cómoda. Donde respiro bien.

¿Cómo nació Un tren a Cartagena, tu primer libro?

Bueno, ya hablé un poco acerca de esto. Fue mi primera novela. Recuerdo que hice una exhaustiva planificación de toda la estructura antes de ponerme a escribir. Capítulo por capítulo, personaje por personaje. Nunca más volví a escribir de esa manera. Salió en 1990. Hace 26 años. A pesar de que la escribí hace tanto tiempo (la releí hace poco), me sigo reconociendo en esa escritura. Yo ya estaba ahí.

Quisiéramos hacer un recorrido por algunos de tus libros. Comencemos por El último Heliogábalo, una colección de cuentos en la que tienen protagonismo el humor y la ironía.

Una gran parte de mi escritura infantil –no así la juvenil– está atravesada por el humor. En La silla de la izquierda también abordo historias de humor absurdo. Lo mismo ocurre con el libro El bandido de los mares. En todos los cuentos hay un juego con el humor y con la ironía. En Maracumbia, una novela que amo, todo es absolutamente un delirio. En La Banda del siglo, que salió este año en Loqueleo y que podríamos ubicarla en el estante del policial absurdo, si existiera ese estante. En Querido Blog. Me encanta ese tipo de humor. Lo disfruto. Es una zona absolutamente espontánea en mi escritura. Y se anuda con un estado de ánimo, con “unas ganas de”, más que con la búsqueda de una forma o estilo. Todavía me acuerdo del verano en el que escribí La silla de la izquierda, cómo me reía sola. Una escritura suelta y feliz.

En cambio los cuentos de El último Heliogábalo fueron escritos en distintos momentos a lo largo de varios años. Hasta que llegó un día en el que me di cuenta de que ahí había un libro.

¿Qué aportó a tu carrera literaria obtener el Premio Norma con ese libro?

Fue un premio muy importante para mí. La importancia fue asentándose a medida que pasaba el tiempo.

En primer lugar fue un premio inesperado. Me acuerdo de que yo le había mandado un mail a Antonio Santana, que en ese momento era el editor de Norma, para mostrarle mis cuentos. No sé por qué Antonio se demoró en responderme y a último momento decidí mandar los cuentos al concurso. Cuando Antonio me respondió, le dije: «Uy, qué lástima, los mandé al concurso de Norma». Me reproché por mi ansiedad, por no haber tenido el cachito de paciencia para esperar su respuesta. Bueno, mala suerte, pensé y me olvidé del asunto.

Cuando me llamaron por teléfono desde Colombia para decirme que había ganado el premio, no tenía idea de lo que me estaban hablando. Lo había borrado de mi cabeza. Me acuerdo de que hacía calor y yo estaba sola en mi casa. Aturdida, agradecí y colgué. Salí al patio para ver si estaba mi esposo para contarle. No lo encontraba. Lo busqué en un bañito que tenemos en el fondo de casa, al lado de la pileta, y se me cerró la puerta que tenía el picaporte roto del lado de adentro. Me quedé encerrada sin poder contarle a nadie que había ganado el premio Norma-Fundalectura.

Después de eso empecé a disfrutar. El lujo de jurado entre los que estaban Francisco Hinojosa y Ema Wolf. El llamado de Ema (a quien tanto admiro) para felicitarme. La invitación a Colombia para recibir el premio y para visitar escuelas en distintas ciudades.

Me abrió un panorama para mí desconocido hasta ese momento. Yo seguía viviendo en el pequeño pueblo en el que vivo desde los cuatro años. Tenía cero contacto con colegas de la LIJ o con especialistas. Cero vida social asociada a la LIJ.

Nunca había tenido la oportunidad de encontrarme con los lectores de mis libros. Y en ese viaje la tuve. Fueron encuentros con una enorme cantidad de chicos en Cali, Medellín, Pereira, Barranquilla, Bogotá. Doscientos o trescientos chicos me esparaban ansiosos y desplegaban unas cálidas y creativas bienvenidas como si yo fuera una estrella de rock.

Fue un impacto descubrir todo un costado del oficio de escribir que me resultaba desconocido. Para mí, escribir era palabra para adentro, palabra íntima, palabra en soledad. Y este premio me mostró que las palabras viajaban, que a veces llegaban lejos y que se volvían públicas.

Aunque parezca una tontería fue todo un aprendizaje descubrir que la palabra íntima se vuelve pública, como dice Michele Petit con respecto a la lectura. Y fue muy movilizador ser testigo del impacto que esa palabra llega a tener en otro.

El temor al otro y la construcción de muros (visibles o invisibles) son temas de gran actualidad que recreaste en tu libro La muralla, ganador del premio El barco de vapor Argentina en el 2008. ¿Qué te decidió a abordar esta problemática y por qué recurriste al ámbito de los cuentos maravillosos para desarrollarla?

Este libro empezó siendo un apunte que tuve durante muchos años. El apunte de algo que me generaba incomodidad y que tenía que ver con esa “torpeza” que tenemos los seres humanos para relacionarnos con el otro.

Digo torpeza porque busco una palabra elástica en la que puedan entrar y leerse una cantidad enorme de significados: brutalidad, ignorancia, maldad. Todos estos sentimientos nos han llevado a lo largo de la historia y por diferentes motivos, religiosos, culturales, raciales, políticos, económicos, etc., a pensar torpemente que el otro puede ser borrado detrás de un muro.

Desde la Muralla China, la muralla romana de Adriano en Gran Bretaña, que intentaba detener a los bárbaros, los muros de los guetos, como el de Varsovia, el muro de Berlín, el muro en la frontera entre Estados Unidos y México (ahora dolorosamente actualizado), los bloqueos económicos, como el que ha soportado Cuba, el muro de la Cisjordania, los muros de los barrios cerrados. Hay miles de ejemplos de esa intención humana de crear esa ilusión: no lo veo, no existe.

Algunos de estos ejemplos son milenarios y otros muy recientes. Eso también estaba en mi apunte. Ni siquiera podemos pensar que hemos aprendido algo a lo largo de la historia.

Hay una película que se llama Lemon Tree, que habla acerca del muro de la Cisjordania, un muro de siete metros de altura que separa a una mujer palestina de su plantación de limones. Una plantación que perteneció a su famila por generaciones. Ella ya no puede acceder a sus árboles y solo le queda ver cómo se van muriendo de a poco.

En mi apunte también había situaciones luminosas como la Orquesta del Diván de Oriente y Occidente, que crearon Daniel Barenboim y Edward Said, con niños palestinos y judíos. Ver y escuchar el concierto en Ramallah, por ejemplo, me mostraba que la música conseguía derribar los muros. Que había sombras, pero también había luces.

Bueno, había más cosas en mi apunte. Como verás, todas de una gran carga ideológica, por eso tardé muchos años en encontrar la manera de decir lo que quería. Sabemos que cuando el tema tiene demasiado peso idelogógico, se puede caer fácilmente en el texto panfletario. Así que el apunte siguió ahí, incomodándome, hasta que un día descubrí que tenía que poner distancia. La mayor distancia posible. Y elegí contar esta historia empezando por “Once upon the time…

En La doncella roja incursionaste en la narrativa de aventuras con trasfondo social e histórico. ¿Qué retos implicó este proyecto? ¿Qué es lo que más te complació y te exigió esa narrativa?

Me llevó más de cuatro años escribir esta novela. Escribí varias versiones. Con distintos personajes, distintos enfoques, distintos manejos del discurso.
Primero, como siempre, está esa especie de paso en falso, que te hace perder el equilibrio y te obliga a mirar todo de otra manera. Ahí aparece algo (casi nunca con claridad), que es lo que querés contar.

La primer carrera que empecé (y abandoné) fue Antropología. Siempre me ha interesado saber del otro. Saber cómo viven, en qué creen, cómo bailan, qué comen, cómo y por qué se tatúan el cuerpo. Otros, en otras culturas, en otros momentos de la historia.

En una ocasión leí un artículo en la National Geographic que contaba cómo había sido el descubrimiento de las momias de los niños del Llullaillaco, un volcán que está en la cordillera de los Andes entre Chile y Argentina. Son las momias mejor conservadas en todo el mundo. Tres niños incas que parecen dormidos. Me fascinó la historia. Fue mi paso en falso.

Una vez que empecé a escribir me di cuenta de la magnitud del proyecto en el que me había metido. La doncella roja es una novela polifónica. Y tuve que investigar sobre todas y cada una de esas voces. Era mucho lo que no sabía.

Leí una interminable cantidad de blogs de escaladores. Porque este tipo de descubrimientos arqueológicos, que se encuentran a más de 5.000 metros de altura, son llevados a cabo por arqueólogos que al mismo tiempo tienen que ser andinistas.

Aprendí cómo se sube, qué se come, cuánto y dónde hay que descansar. Estudié rutas de ascenso de distintas montañas del mundo. Leí sobre lo que puede pasar, experiencias trágicas en la montaña, etc. Pero eso no fue lo único. También tuve que elegir un período histórico del imperio inca para ubicar la novela. Y hacer la pertinente investigación.

Sabía que en el mundo se robaban piezas arqueológicas, bienes culturales, pero no sabía cómo lo hacían. Tuve que investigar acerca de ese tema.

Aprendí sobre la cosmovisión andina. La medicina chamánica. Las plantas y sus secretos, los jugos y polvos que curan o enferman. Y los colores de las flores y raíces que tiñen las lanas de las llamas y vicuñas.

Fue un arduo trabajo de investigación. Y más arduo todavía fue decidir lo que iba a quedar afuera de la novela, que era casi todo. Uno necesita esos saberes (o yo por lo menos) para poder contar, pero eso no quiere significar que caiga en la tentación de poner todo lo investigado en la novela.

Lo que más me costó fue escuchar la voz de Sarac, la protagonista, la niña que va a ser sacrificada. Y que es el hilo que va anundando las demás voces de la novela.
Los incas eran conquistadores. Bajo el imperio convivían muchos pueblos sometidos. Pueblos con culturas, lenguas y religiones muy diferentes entre sí. Entonces me di cuenta de que Sarac tenía que provenir de los pueblos del norte, pescadores, adoradores de la Luna, habladores de una lengua que no era el quechua. La lengua quignam.

Busqué palabras en quignam, una lengua ya extinguida. Muchas sobreviven en la toponimia. Rescaté pequeñas expresiones, palabras sueltas. Y con eso, inventando una gramática, armé un poema/canción. Si la llega a leer un lingüista, seguro se corta la cabeza, pero a mí me sirvió para darle una infancia con olor a sal de mar a esa niña que nació adorando a la Luna y que va a morir sacrificada al dios Sol, un dios de otros.
Una vez que pude escuchar la voz de Sarac, todo ese elefante de información que había estado juntado durante cuatro años, fue encontrando su forma definitiva.

¿Cómo surgió El hombre de los pies-murciélago y qué retos trajo la escritura de este libro?

El hombre de los pies-murciélago surgió de manera casual. Yo estaba mirando un informativo en el que pasaban una imagen de unos estudiantes en París que estaban matando a patadas a otro estudiante magrebí que estaba tirado en el suelo. Esa imagen provenía de lo que alguno de los presentes había grabado en su celular. Hablaban de bullying. Era una palabra nueva para mí. Así que busqué en la web. Y me encontré con que el bulllying era lo que yo conocía como “acoso escolar”. Nada nuevo. Lo que sí era nuevo era la inusitada violencia con la que aparecía en cientos de casos en todo el mundo.

Hubo un caso en particular que fue el que me motivó a escribir esta novela. El de un muchacho que vivía en Hondarribia, en el País Vasco, y que terminó suicidándose a los 14 años. Antes de hacerlo, dejó escrito en su blog: “Mis ojos seguirán, aunque mis pies paren”. Ese fue mi paso en falso. Esa frase me partió la cabeza.

Una vez que empecé a escribir, la novela fluyó de manera increíble, casi sin tropiezos. Me han señalado el trabajo de lenguaje. Algunos (de manera desproporcionadamente absurda) lo compararon con El guardián entre el centeno. Nunca me detuve a pensar en el lenguaje. El lenguaje también fluyó.

El final apareció a su debido tiempo, tal y como debía aparecer.

Fue un proceso de escritura único e irrepetible. El libro está dedicado a Tati, mi esposo, y a las cuatro demiurgas de los sábados. Durante un largo año y medio nos reuníamos cada sábado en casa de Alma en Rosario, en su cocina, tres amigas escritoras y yo. Cada una tenía su proyecto de escritura. Llegábamos a eso de las nueve de la mañana y nos íbamos alrededor de las seis de la tarde. Cada una iba leyendo lo que esta había escrito y luego mirábamos películas de Kiarostami, y leíamos a Brunner (Alma en ese tiempo estaba enamorada de Brunner y de Kiarostami y tenía una habilidad increíble para contagiarte el enamoramiento), compartíamos lecturas, almuezo, merienda. Hablábamos horas y horas de libros y autores y personajes.

Aunque la novela es dura, muy dura, el proceso de escritura fue uno de los más felices de mi vida.

¿Quién es Groppopol y cómo entró a tu vida? ¿Qué aporta este personaje, qué registro introduce en tu trabajo?

Groppopol entró como un juego. Estaba escribiendo o tomando apuntes para una historia que tenía que ver con el miedo. Aparecieron los monstruos. Y me pregunté: a qué le tendrían miedo los que nos dan miedo cuando somos niños. Creo que se inscribe en la misma línea que mucho de lo que he escrito de literatura infantil. El juego, el humor, la ironía, los finales abiertos para que el lector siga constuyendo su propio juego.

En Animales en verso incursionaste en la poesía. ¿Qué te aportó visitar ese territorio?

Siempre escribí poesía. Bueno, ¡qué pretencioso suena, ja! Siempre escribí versos, creo que podría reformularlo de esta manera. Casi siempre para adultos. La poesía te da la oportunidad de reflexionar sobre el lenguaje. Pasarte una semana dándole vueltas a una palabra, como si fuera un insecto (un bello insecto), hasta estar segura de que sus patas son lo suficientemente fuertes para sostener el verso, o que sus alas le van a alcanzar para el vuelo largo que uno quiere.

Para mí, la poesía es un tiempo de pausa. Un tiempo suspendido. Una cámara lenta. Un zoom que te permite alcanzar lo micro. Es un tiempo diferente porque te impone, te exige, un estado diferente. Es un tiempo que me da trabajo. Que no encuentro porque busco. Llega. Casi siempre llega de manera arbitraria, vaya a saber uno de dónde, cuando menos la espero. O tal vez, quién sabe, responda a un llamado que hago sin darme cuenta. Una llamado al que no puedo ponerle nombre. Hay muchas de cosas a las que las palabras no pueden ponerle nombre.

La tortilla de papas, uno de los libros ganadores del Premio Fundación Cuatrogatos 2016, recrea el espíritu de los antiguos cuentos tradicionales. ¿Qué te atrajo de ese tipo de estructura?

Ese cuento es muy antiguo. Lo escribí en algún momento hace miles de años y desde entonces estuvo dando vueltas por los cajones de mi escritorio. Creo que cuando lo escribí, no pensé puntualmente en hacerlo con esa estructura. Quiero decir que no fue una decisión a priori, sino uno de esos tantos momentos misteriosos de los procesos de escritura, donde algo aparece y no sabemos de dónde viene. Después, cuando pensé en lo escrito (en mi caso la reflexión casi siempre viene después), me pareció un recurso ágil y simpático para contar esa historia.

De todas maneras, como dije antes, ese cuento deambuló durante miles de años antes de encontrar un editor. Y cuando lo hizo, tuve la oportunidad de retrabajar una dimensión del cuento que había dejado relegada injustamente: la poética.
Esa estructura de la repetición y de lo circular me invitaba a un juego de lenguaje donde yo no había puesto la necesaria atención. Por suerte, había aprovechado los miles de años para crecer un poquito como escritora. Y, además, en esta instancia tuve la enorme fortura de contar con la mirada de dos maestras: Iris Rivera y Alma Maritano.

¿Te inspiraste en alguien para crear a la protagonista del relato?

No particularmente. Aunque el libro está dedicado a mi abuela Elena. Tuve una relación bastante lejana con mis abuelos. Dos de ellos murieron cuando yo era muy chica. Y los otros vivían en Buenos Aires y los veía poco.

Mi abuela Elena fue la última en morir, y por eso mismo con ella tuve más tiempo de compartir. Venía a visitarnos a Santa Fe, pero creo que sentía que ella le pertenecía más a mis primos de Buenos Aires. Nos regalaba a mis hermanos y a mí su presencia por unos días (pocos) y se regresaba.

Ahora que tengo hijos y mis hijos conviven a diario y tienen una estrechísima relación con sus abuelos, lo entiendo. Antes, la visitas de mi abuela eran las de alguien amado, pero ajeno y misterioso al mismo tiempo (las historias de abuela pertenecían a la cotidianidad de mis primos de Buenos Aires. Yo sabía que ella les cantaba canciones en francés y les contaba historias de su abuela francesa. A ellos, a nosotros nunca).
Tal vez por ese clima de ajenidad de sus visitas, su ya errática memoria se fragilizaba aún más, y se olvidaba de las cosas o las confundía o se perdía.

Supongo que algo de esta presencia/ausencia de mi abuela Elena desempeñó un papel en la construcción de este cuento. La falta. Muchas escrituras nacen a partir de la falta.

Y la otra inspiración que se me ocurre soy yo misma, que tantas veces salgo con el auto y luego de manejar dos o tres cuadras tengo que estacionar porque no me acuerdo adónde voy. O subo con decisión la escalera y cuando llego arriba, no sé qué hacer con tanta decisión y no me queda más remedio que volver a bajar hasta recordar qué era lo me llevaba arriba. Lo mismo me ocurre muchas veces con la heladera. Paso mucho tiempo frente a la puerta abierta, contemplando el interior iluminado, hasta que recuerdo qué es lo que estoy buscando.

Me dicen que eso me ocurre porque tengo muchas cosas en la cabeza (sin establecer ninguna jerarquía de importancias, aclaro). Es probable. Después de publicar este libro me encontré con infinidad de personas que juran que les pasa lo mismo.

¿Cómo fue el trabajo con Claudia Deglioumini? ¿Escribiste el cuento y después ella lo ilustró, o el libro es resultado de un intercambio creativo?

Fue una experiencia extraña. A mí me encantaba su trabajo y cuando la editorial me preguntó si quería sugerir a algún ilustrador, la recomendé a ella. No nos conocíamos personalmente, ni tampoco habíamos intercambiado mails o mensajes. Nada. La editorial la contactó y no supe más. Fue una época en la que yo tenía varios libros en proceso de edición al mismo tiempo. Probablemente me distraje (como me ocurre cada vez que abro la heladera) y cuando finalmente nos pusimos en contacto, surgió el desencuentro.

¿Qué aportaron las imágenes de Claudia a tu relato?

Ajenidad. Qué curioso que aparezca esta palabra que se anuda con lo que acabo de contar sobre mi abuela Elena. Recién ahora me doy cuenta.

Cuando Claudia me mandó un par de imágenes de su trabajo, yo sentí dos cosas: que eran tremendamente bellas y que no tenían nada que ver con mi texto. Las dos habíamos trabajado en solitario y por caminos que, desde mi punto de vista, no se conectaban. Supongo que Claudia leyó mi texto y le imprimió su lectura: un universo poético de alto vuelo, pero para mí, desconcertante.

El personaje de mi cuento, así como estaba, requería imágenes urbanas. Se llamaba doña Pepa y su periplo consistía en ir de la verdulería a la panadería, de la florería al almacén. En lugar de ese contexto urbano, Claudia decidió ubicar al personaje en un paisaje de puna. Un paisaje típico del norte de nuestro país. Puro desierto.

Verdaderamente fue un desencuentro profundo. No sé qué habrá hablado Claudia con la editorial, pero en el breve intercambio que tuvo conmigo, me dijo que ya había entregado su trabajo completo, y que no estaba dispuesta a modificarlo. Desde cierto lugar entendía su posición, pero eso para nada me aliviaba la angustia que sentía. ¡Qué íbamos a hacer con ese libro!

Estuve días pensando y pensando sin encontrar una salida, hasta que alguien me dijo: Si Mahoma no va a montaña… Y ahí se me abrió el mar Rojo en la cabeza. Decidí que si las imágenes no se acercaban a la palabra, yo podía acercar la palabra a las imágenes.

Fue un trabajo intenso y estresante, pero a la vez de una enorme riqueza. Cambié todos los nombres de los personajes. Trabajé con la sonoridad, con la ambigüedad. Doña Pepa era sin lugar a dudas una abuelita españolísima que nada tenía que ver con la puna. Hice largas listas de nombres hasta que supe que esa mujer con pájaros azules en la cabeza no podía ser otra más que Sebastiana.

Durante dos semanas trabajé muchas horas con ese discurso mínimo que tiene el libro. En algún caso, después de repetir en voz alta cien veces una misma línea, cambié el orden de las palabras para descubrir otra cadencia, otra música. En otros casos, cambié las metáforas y las comparaciones y la adjetivación tratando de incorporar ese paisaje.

Por su parte, Claudia accedió a incorporar algunas casas en medio de la soledad de la puna. Y creo que finalmente sus imágenes y mis palabras se encontraron en el mismo viento, en el mismo río.

Si llegara a coincidir con Claudia en otro libro, estoy segura de que la llamaría por teléfono antes de comezar a trabajar. No me gustaria volver a pasar por la misma experiencia, pero estoy satisfecha con la decisión que tomé.

Nunca volvimos a hablar del asunto. De cualquier manera, me parece que el libro habla por las dos. Recibió la distinción de ALIJA como mejor cuento infantil, el Premio Fundación Cuatrogatos e integró el catálogo White Ravens en 2015.

¿Has tenido la oportunidad de escuchar opiniones de lectores sobre La tortilla de papas? ¿Qué dicen los chicos? ¿Y los grandes?

Por suerte, sí he tenido esas oportunidades. Y han sido increíbles. He ido a jardines de infantes, donde los niños de tres años, que ya habían leído el cuento, hacían casi imposible la lectura porque, muertos de risa y con una complicidad comestible, me interrumpían todo el tiempo para avisarme “¡Se olvidó los huevos! ¡Se olvidó los huevos!”

Por otra parte, me escribieron unas mujeres mayores de un grupo de yoga para contarme que inician sus clases con la lectura de mi libro. Y hace poco, un grupo de un Centro de jubilados me mandó un video para mostarme cómo habían teatralizado La tortilla de papas.

Se suele hablar de los libros que admiten una lectura amplia. Siempre tengo presente esa noción a la hora de escribir, pero sinceramente nunca lo había experimentado de forma tan intensa como con este libro.

¿Qué lugar ocupa este libro dentro del conjunto de tu obra?

Un lugar luminoso.

Lucía, no tardes narra una historia de inmigrantes, separaciones y encuentros. ¿Cuál fue la génesis de esta obra? ¿Cómo fue el proceso de su escritura? Esta es, tal vez, tu novela más ambiciosa y compleja; apareció en una colección juvenil, pero ¿pensaste alguna vez en la posibilidad de destinarla explícitamente al público adulto?

La génesis fue una locura. Yo no escribo cosas por encargo. No me gusta. Me genera un estrés y un grado de ansiedad poco recomendable. Sé que no voy a llegar con el tiempo, sé que no se me va a ocurrir nada medianamente intesante, etc. Así que salvo algún que otro cuento para alguna que otra antología, nunca escribí por encargo.

Hace un par de diciembres, Cecilia Repetti, mi editora de SM, me llama por teléfono y me pregunta si no quiero escribir una novela sobre la inmigración para la serie Roja. Mmmm. Para no ser descortés, le dije que lo iba a pensar. Pero estaba segura de que no lo iba a hacer. Por otra parte, era un tema que no me seducía. Hace ya muchos años, mi suegro, que es nieto de inmigrantres croatas, me había pedido que lo ayudara a escribir la historia de su vida. Una vida parecida a la de muchos, que se construyó a partir de la nada. Tomamos apuntes. Grabé charlas con él y sus hermanas, pero ahí quedó. Nunca escribí nada.

Hablando de esto con la madre de una amiga que vino de Italia cuando era muy chica, me contó la única imagen que tenía de su venida a la Argentina. Recordaba que estaban por tomar el barco y que ella tenía sed. Entonces su abuelo juntó agua del mar en su sombrero y le dio de tomar.

Esa imagen me persiguió durante los siguientes días. Me parecía muy hermosa. Tan hermosa que me dieron ganas de escribir algo a partir de ella. Así que llamé a Repetti y le dije que lo iba a intentar. Cecilia me dijo que perfecto y que tenía que entregarla a fines de febrero o principios de marzo. ¡Dos meses! Entré en pánico y empecé a pensar que no me iba a alcanzar el tiempo y que no se me iba a ocurrir nada interesante, etc.

A diferencia de las documentaciones que tuve que hacer para los libros anteriores, que habían sido bibliográficas, salí a hablar con la gente. Vivo en un pueblo de la pampa húmeda donde todos son hijos de inmigrantes.

Fue una experiencia realmente intensa. La gente me entregaba su memoria. La ponía sobre la mesa, y con un poco de temor y desconfianza me preguntaban: qué vas a hacer con esto. Yo trababa de explicar que iba a hacer ficción.

Fue entonces cuando me di cuenta de que esa memoria que me daban era fragmentaria. Que cada uno guardaba una parte. Y que la memoria entera estaba borrada y muchas veces sostenida de secretos o de silencios. Como el recuerdo del sombrero con agua de mar que la mamá de mi amiga jamás pudo haber tomado. Sin embargo el recuerdo está. Seguramente hay muchos silencios en medio que fueron afinando la síntesis de esa memoria.

A partir de eso empecé a escribir esta novela. A partir de los silencios, de los secretos, de lo no dicho. A partir de escenas mínimas como la del sombrero o de la elaboración de los quesos. Tuve la intención de escribir en pausa, con mirada poética, con el foco en lo micro. Y supe que la escritura tenía que ser fragmentaria como la memoria de los que vinieron.

Fueron dos meses superintensos. Dormía, comía, atendía mi casa, a mis hijos, a mi esposo, siempre con esta novela en el cuerpo. Cuando la terminé, justo viajamos a Rosario en auto, con mi esposo. Son unos 170 km desde mi casa. Iba mirando el campo por la ventanilla mientras pensaba en los agradecimientos que tendría que incluir al final de la novela, para toda la gente que me había contado la historia de su vida. Lloré, lloré y lloré durante los 170 km sin poder parar. Recién ahí me di cuenta de lo intenso que había sido ese proceso de escritura. Tenía la sensación de haber estado dos meses aguantando la respiración.

No alcanzo a reconocer lo de mi “novela más ambiciosa”. Nunca tuve eso en mente sino todo lo contrario, contar a partir de lo pequeño, de lo mínimo. Pero esa es la palabra íntima, de la que hablaba al principio de esta entrevista. Uno nunca sabe cómo llegará a leerse como palabra pública.

Y en cuanto a si pensé en publicarla para adultos, no, no lo pensé, pero tampoco pienso mucho en el lector a la hora de escribir. Es la historia la que se me va imponiendo. Tal vez por eso no logré la novela de serie Roja que me pidió Cecilia. Me quedó más bordó que roja.

Además, como decía al hablar de La tortilla de papas, hay textos que habilitan una gran amplitud de lectores. Esos son los que me interesan al escribir.

Además, cuando tengo ganas, escribo para adultos. Les regalo un poema:

Fotoperiodismo

Hosam Katan
ha capturado una imagen:
Un hombre, sus dos hijos y un bebé rescatado de los escombros,
polvorientos,
atónitos,
en una callejuela de Alepo.
Han sobrevivido al bombardeo.
Khalpe, para los griegos.
Halep, para los turcos.
Alepo fue hitita, asiria, persa, romana, bizantina.
Fue asediada por cruzados, fue de Saladino y de los mongoles.
Fue otomana, francesa, turca y ahora siria.
A orillas del río Queiq
rodeada por olivos y pistachos
y por ocho colinas
y por un muro con nueve puertas,
la milenaria Alepo
una vez más ha sido bombardeada.
Quién sabe si son suníes árabes, kurdos, chechenos, albanos, bosnios o búlgaros, el hombre y sus dos hijos y el bebé de los escombros.
O si son ortodoxos griegos, sirios o armenios.
O católicos.
Quién sabe si son músicos, el hombre o algunos de sus hijos,
polvorientos y atónitos,
capturados por la cámara de Hosam Katan porque acaban de sobrevivir al bombardeo.
Quién sabe si el hombre o alguno de sus hijos
le canten
al bebé de los escombros para que deje de llorar.
Es probable.
Es probable porque Alepo ha sido siempre
una ciudad de música.

No hemos leído Un nudo en la garganta, ¿nos comentas algo sobre esta obra?

Es uno de los primeros cuentos que escribí. Se transformó mucho a lo largo de los años. Porque tardó añares en publicarse. Lo editó Antonio Ventura en España. Y ahora saldrá en Argentina por SM, lo que me llena de felicidad.

Esta historia parte de un recurso que me gusta mucho utilizar. Ya lo he hechos en otras ocasiones, en La polilla, por ejemplo. Consiste en desarmar las metáforas que encierran los dichos populares. En este caso la tan mencionada frase “se me hace un nudo en la garganta”. A la niña de esta historia se le anuda de verdad la garganta cuando es protagonista de una experiencia injusta en la escuela a partir de un dibujo que hace: un cerdo violeta.

Les comparto la dedicatoria: «Para todos los que saben que nadie puede imponernos el color de nuestras vidas. Para todos los que aún no lo saben».

¿Qué distingue tu propuesta dentro del conjunto de la LIJ argentina?

Uh, esa es una pregunta que no puedo responder. Implica, me parece, más una mirada de afuera para adentro que de adentro para afuera. La dejo para los especialistas como los de la Fundación Cuatrogatos.

¿Qué has logrado como escritora a lo largo de tu carrera y qué te falta por lograr?

Es algo en lo que no me he detenido a pensar. Supongo que podría decir que cierta visibilidad, algunos premios, reconocimiento, la posibilidad de que lo que escribo llegue a los lectores. Pero aunque parezca que esto es lo que “persigue” todo escritor, no siento que sea del todo cierto. Claro que nadie quiere escribir un libro que nadie lea. Pero también creo que el foco, por lo menos para mí, no está en el afuera, sino en el adentro.

Adentro se libran enormes batallas. Cada vez que termino un libro, como dije antes, pienso que no voy a poder escribir uno como ese, y menos que menos, uno mejor. Hay una lucha por forzar las formas, el discurso, la palabra. Una lucha que se renueva y que, sin embargo, parece la misma que la del primer libro que escribí.

Está la angustia del paso en falso, de eso que nos desestabiliza, que nos deja a la intemperie, del vacío, sin lo cual no sería posible la escritura.

Eso es lo que más me gusta de lo que he aprendido. Saber que ese abismo al que nos lleva la palabra es parte del proceso de escritura. Que la desolación y el desamparo en los que nos deja la palabra terminada, la palabra cerrada, recién publicada, forma parte del proceso de escritura. Que la no-escritura (que algunos ejercemos durante largas temporadas a veces) también forma parte de la escritura.

He logrado eso y espero tener la suficiente inteligencia y sensibilidad para poder mantenerlo.

¿Quién es Sandra Siemens y por qué escribe libros?

Creo que las respuestas a las dos preguntas sería la misma. Work in progress. Aún no termino de saber quién soy. Tal vez me muera sin saberlo del todo.

He pensado algunas respuestas, pero todas me parecen incompletas y provisorias. Ahora soy una mujer que escribe. Pero también soy una mujer que tiene hijos. Y una mujer que ama a un hombre. Y una mujer que viaja. Todas son respuestas ciertas, incompletas y provisorias. Lo que me define hoy, puede no hacerlo mañana.

Muchas veces me pregunté por qué escribo. Nunca pude encontrar una respuesta. Durante mucho tiempo pensé que si escribía, si escribir era mi oficio, tenía que saber por qué lo hacía. Dice Duras que la escritura llega como el viento, está desnuda, es la tinta, es lo escrito, y pasa como nada pasa en la vida, nada, excepto eso, la vida. Después me di cuenta de que no. No es necesario saber por qué escribo para poder escribir. Escribo y eso me alcanza.

4 pensamientos en “Entrevista con la escritora argentina Sandra Siemens

  1. Excelente entrevista. Invita a leer lls libros de esta autora, cosa que de seguro haré en el 2017. Gracias a la Fundación Cuatrogatos por destacar lo más sobresaliente de la LIJ, en especial de la que se escribe en nuestra lengua.

  2. Sandra que lindo leerte, leerte en tus cuentos, leerte en tus respuestas, leerte como bella personita que ha encontrado un modo mágico de comunicarse con el mundo, regalar palabras para quienes lo necesitan y se llenan el alma con tus palabras y así descubren que es posible volar y volar, y alejarse de la realidad para caminar por tus mundos, gracias por ello, tu admiradora incondicional desde tus primeros cuentos, un abrazote de
    Gloria Garcia

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