«Imaginario y LIJ. A propósito del Ratón Pérez», por Francisco Leal Quevedo

Introducción

En agosto de 1978, viajé por primera vez a Madrid. Estudiaría Alergia e Inmunología infantil, en la clínica de la Paz. Me instalé provisionalmente en Arenal 2. Pronto, paseando por los alrededores, me encontré que a pocos pasos, en Arenal 8, había existido la pastelería Pratz, que era el sitio en el que según la leyenda literaria, vivía el Ratón Pérez, en una caja de galletas.

Mi amistad con el personaje comenzó entonces, por vecindad.

En mi infancia había leído con emoción Pequeñeces, del padre Coloma. Luego leería El Ratón Pérez en forma monográfica. Hablaba allí de “un ratón muy pequeño, con sombrero de paja, lentes de oro, zapatos de lienzo crudo y una cartera roja, terciada a la espalda” [1]. “Vivía Ratón Pérez en la calle del Arenal número 8, en los sótanos de Carlos Pratz, frente por frente de una gran pila de quesos de Gruyére que ofrecían a la familia de Pérez próxima y abastada despensa” [2].

Luego, en viajes posteriores, regresé al sitio a tener una conversación sin palabras con mi personaje. El lugar fue cambiando hasta convertirse en una especie de parque temático, con teatro, museo, librería y la infaltable venta de souvenirs, para las nuevas generaciones de fans del personaje. Luego en  2003, se instaló una pequeña escultura en la zona peatonal, en frente del local, que anuncia al transeúnte su presencia.

Actualmente, el Ayuntamiento de Madrid ha ubicado allí un recordatorio del suceso.


Desde entonces me he interesado en el personaje y he continuado investigando sobre él. De esos repetidos encuentros nace esta reseña.

Mi asombro e interés radicaban en la inmensa popularidad de Ratón Pérez. ¿Por qué semejante personaje se ha metido en la vida de millones de hispanoparlantes? Ciertos personajes de la literatura infantil y juvenil han calado hondo en nuestra sensibilidad, los hemos incorporado a nuestras vidas, los hemos hecho parte de nuestro imaginario. Baste recordar a Pinocho, Pulgarcito, Caperucita, Cenicienta, el Ratón Pérez, Pippi Calzaslargas, solo para mencionar unos cuantos. Algunos son más populares que otros. El Ratón Pérez está en el grupo de los más populares; recuerde, lector, si usted ha tenido tratos con él ya sea como abuelo, padre o hijo. Estoy seguro de su respuesta afirmativa.

Antecedentes

La tradición de hacer tratos con un personaje imaginario acerca de los dientes tiene largos antecedentes. Desde tiempos inmemoriales los niños, de muy diversas culturas, le entregan a un personaje imaginario sus dientes de leche. El rito tiene estrechas coincidencias en distintas culturas: los animales que se invocan suelen tener una buena y poderosa dentadura. La ceremonia ritual implica esconder el diente. Es una ofrenda para alguien especial. Y siempre se pide algo a cambio.

En muchas regiones del mundo hay fórmulas establecidas para hacer la ofrenda del diente: “¡Lobo, lobo! Aquí tienes un diente. Dame a cambio uno que no tiemble” (Suabia, Alemania), “¡Cuervo, cuervo! Toma mi diente negro y dame un diente nuevo y blanco” (Balcanes y Turquía), “¡Golondrina, golondrina! Llévate este diente malo y tráeme un diente bueno” (Brasil), “¡Hiena aulladora! Aquí está mi hermoso dientecito, te lo doy, dame tu diente feo” (Etiopía) y “Aquí tienes, tú, zorro, el diente de hueso. Dame a cambio tu diente de hierro” (República Checa y Eslovaquia) [3] .

En otros países se le ha hecho la ofrenda a un ratón; en Francia, a la petite Souris. En Italia, al Topolino. En Alemania, al ratón del fuego del hogar. En Haití, al ratón de los tejados. En países anglosajones, se prefiere invocar a Tooth Fairy, el Hada de los Dientes.

La leyenda se fue adaptando al contexto cultural. Aparecen las ciudades… y el ratón de campo se hace de ciudad. Los tejados se hacen inaccesibles. La almohada puede ser un buen escondite… aparece un regalo… Esta costumbre se extiende a los Estados Unidos hacia 1940. Desde entonces el regalo suele convertirse en dinero en efectivo. Se ubicaba el pequeño diente debajo de la almohada. Posiblemente el correo del viento le hacía llegar al comprador la noticia de la transacción.

Era una leyenda en busca de autor. Luis Coloma era un hombre exitoso. Una grave herida de bala en el pecho en 1872, fruto de un atentado, cambió la vida del abogado, decidió dedicarse a la vida religiosa. En 1874 es ordenado sacerdote dentro de la Compañía de Jesús. No por ello abandonó la escritura, dedicándose a la literatura casi de tiempo completo. Aparece su novela Pequeñeces (1891), que se considera su obra maestra. Allí se encuentra la primera versión del relato. En 1911 aparece Ratón Pérez en forma monográfica.

Este hombre de letras y finas maneras se había convertido en el confesor de la reina María Cristina de Habsburgo-Lorena, quien actuaba en calidad de regente a nombre de su hijo, Alfonso XIII de Borbón, rey desde antes de cumplir su primer año. A finales del siglo XIX le pidieron al padre Coloma, desde la corte, que escribiera un cuento dedicado al rey, que tenía 8 años y había perdido su primer diente. Al jesuita se le ocurrió la historia del Ratoncito Pérez, protagonizada por el Rey Buby, que era como la reina María Cristina llamaba a su hijo llorón.

Desde entonces el Ratoncito Pérez es un personaje muy popular entre los niños españoles e hispanoamericanos, a los que pone un regalo bajo la almohada cuando se les cae un diente. Luis Coloma entró en la Real Academia Española en 1908 y falleció en 1915.

El ratón Pérez y nuestro imaginario

En muchas ocasiones, el mundo de la literatura entra en ese mundo imaginario para transformarlo. Estamos todos de acuerdo en que este personaje forma ahora parte de nuestro imaginario colectivo, de ese conjunto de representaciones con las que un individuo o un grupo colectivo dan significado al mundo en el que se desenvuelven. Es un hecho existencial que influye nuestra vida, de manera extensa y profunda. Los imaginarios corresponden a elaboraciones simbólicas de lo que observamos o de lo que nos atemoriza o desearíamos que existiera.

No podemos conocer la totalidad de lo real. Lo imaginario viene a complementar, a dar un suplemento, a ocupar las fracturas o los huecos de lo que sí podemos conocer. Los imaginarios aparecen como un componente necesario, constantemente presente en toda cultura. Cada sociedad, y en ella cada individuo que ha habitado la Tierra, ha tenido su propio imaginario, su modo de explicarse los fenómenos naturales, sociales y políticos. La veracidad de estas formas de representación puede ser puesta en duda, pues solo constituyen presunciones acerca del estado del mundo, sin ser sometidos a un riguroso escrutinio de la verdad.

Siempre el individuo inventa mitos y leyendas para darle sentido a su vida. El objetivo, colectivo e individual, es lograr un imaginario “habitable”. Si el imaginario logrado está hecho a nuestra medida, es posible ser feliz en él. O ser profundamente infeliz.

Literatura y sentido

La literatura siempre ha sido tejedora de sentido. “Mediante la utilización evocadora de las palabras, mediante el recurso a las historias, a los ejemplos, a los casos concretos, la obra literaria provoca un temblor en el sentido, pone en marcha nuestro dispositivo de interpretación simbólica, despierta nuestras capacidades de asociación y produce un movimiento cuyas ondas de choque se prolongan después del contacto inicial” [4].

El significado de los dientes

Los dientes son sinónimo de vitalidad. Los llamados dientes caducos o de leche suelen iniciar su aparición hacia los cinco meses, aunque hay niños que nacen con un diente y otros que no presentan ninguno al año de edad. Los niños suelen haber completado la primera dentición, con sus veinte dientes de leche, a la edad de tres años. Habitualmente hacia los cinco años, estos dientes empiezan a ser sustituidos por los definitivos, siguiendo una norma elemental: los primeros en salir son también los primeros en caerse, empezando por los dos inferiores centrales y continuando por los dos superiores centrales. La mayoría de los niños habrán cambiado la totalidad de los dientes de leche al cumplir los doce años.

Sin embargo, lo que vale para la mayoría no es necesariamente una norma. De hecho, algunos niños empiezan a cambiar los dientes a los cuatro años y otros no lo hacen hasta los siete.

La presencia de los dientes suele considerarse un símbolo de salud y vida. “A los ciento cincuenta años había tenido una tercera dentición” [5] , dice Gabriel García Márquez de su dictador. Una tercera dentición tiene un claro simbolismo: de vida, fortaleza, renacimiento, longevidad.

En cambio, los agujeros que dejan los dientes al caerse son una eventualidad peligrosa, un accidente temible que pone en cuestión la integridad de la persona, hay que poner un remedio material y a la vez simbólico, se requiere un componente mágico ritual. La caída de los dientes se asocia con la muerte, la enfermedad, la vejez, la castración. El diente nuevo se asocia con la vida y la buena suerte.

Mito… metáfora… “mitáfora”

Los mitos, las leyendas, tienen un objetivo: permitirnos hacer de este Lugar un Hogar. “El mundo todo, el hombre incluido, sin mitos se moriría de frío”, repetía el gran antropólogo y estudioso de los mitos Georges Dumézil.

Los relatos responden, a su manera, nuestras grandes preguntas. Nuestro deseo de historias refleja nuestra profunda necesidad por comprender la pauta de la vida.

Las historias ficticias nos aprovisionan para la vida. Estas historias siempre tienen un gran parecido. El estudioso del Ratón Pérez, José Manuel Pedroza, dice: “Las culturas del mundo han estado y están ligadas a todas y cada una de las otras culturas por lazos innumerables, complejos, multidireccionales… nuestro Ratón resulta ininteligible sin los demás ratones y sin sus otras ‘máscaras’, sin la tradición de los demás es imposible comprender lo que significa la nuestra, ya que jamás ha existido ninguna cultura incontaminada ni pura, detrás de ningún muro ni barrera” [6].

Ese autor considera al Ratón Pérez una “mitáfora” [7], neologismo que resulta de unir mito y metáfora. Se trata de uno de los mitos más viejos del mundo entero. Los conjuros están calcados sobre el mismo modelo. Los destinatarios de los dientes son el sol, la luna, los ángeles y santos y distintos animales, generalmente de poderosa dentadura

La prolongación de la historia

Esta historia se ha llevado al cine. En 2006 fue llevada a la gran pantalla: Pérez, el ratoncito de tus sueños, de Juan Pablo Buscarini. Se ha escrito y reescrito muchas veces sobre el Ratón Pérez. Recordemos, por ejemplo, Juicio al Ratón Pérez, de Marcelo Birmajer, publicado por Alfaguara infantil.
O La asombrosa y verdadera historia de un ratón llamado Pérez, de Ana Cristina Herreros y Violeta Lópiz, aparecida bajo el sello Siruela.
O Cartas a Ratón Pérez, escrito por Antonia Rodenas y editado por Anaya.
O Pablo Diablo y el Ratón Pérez, de Francesca Simon, que saliera por SM.

Y muchísimas más seguirán apareciendo, posiblemente hasta que la “mitáfora” siga aportando sentido a nuestras vidas.

¡Larga vida al Ratón Pérez!

Notas:

[1] Coloma, Luis: Ratón Pérez. Cuento infantil. Madrid: Tip. Sucesores de Rivadeneyra, 1911, pág. 17.
[2] Coloma, Luis: Ratón Pérez. Cuento infantil. Madrid: Tip. Sucesores de Rivadeneyra, 1911, pág. 17, pág. 21.
[3] Pedrosa, José Manuel Pedrosa y Paz Rodero: La vuelta al mundo del Ratón Pérez. Madrid: Páginas de Espuma, 2006.
[4] Todorov, Tzvetan: La literatura en peligro. Barcelona: Galaxia Gutemberg, 2007.
[5] García Márquez, Gabriel: El otoño del patriarca. Barcelona: Plaza y Janés, 1975, pág. 53.
[6] Pedrosa, José Manuel: La historia secreta del ratón Pérez. Madrid: Páginas de Espuma, 2005, pág. 332.
[7] Pedrosa, José Manuel: La historia secreta del Ratón Pérez. Madrid: Páginas de Espuma, 2005.

Francisco Leal Quevedo. Pediatra-filósofo y escritor de LIJ. Contacto: fraleque@gmail.com

2 pensamientos en “«Imaginario y LIJ. A propósito del Ratón Pérez», por Francisco Leal Quevedo

  1. Muchas gracias por este valioso aporte sobre «Ratón Pérez». En Costa Rica conmemoramos el centenario de la primera edición de «Los cuentos de mi tía Panchita» de Carmen Lyra. En el texto «La Cucarachita Mandinga» aparece Ratón Pérez como el pretendiente que se gana el amor de la protagonista y que muere, por glotón, al caer en la olla de arroz con leche.

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