Entrevista al ilustrador José Sanabria Acevedo, por Galia Ospina Villalba

Sanabria

José Sanabria Acevedo. Foto de Viki Ospina

Por Galia Ospina Villalba

El ilustrador José Sanabria Acevedo (1) nació en Bogotá en 1969. Realizó estudios de Diseño Gráfico en la Universidad Nacional de Colombia con maestros tan influyentes como Marta Granados, Dicken Castro, David Consuegra y Juan Sánchez, entre otros.
Decidió viajar a Buenos Aires en 1992 con el firme propósito de formarse como ilustrador. De la mano de Juan Bobillo y Marcelo Sosa, dos formidables profesionales de la historieta, se adentró en el conocimiento del oficio. Junto a ellos, le dio vida al proyecto docente Sótano Blanco. Continuó ampliando el espectro de su formación con el ilustrador Óscar Rojas y asistió a los talleres de Marta Vicente y Svetlan Junakovic.

En la actualidad desarrolla sus proyectos de manera independiente e imparte clases para formar a otros ilustradores en su escuela de libro álbum Color Café. Ilustra libros para niños desde 2003. Se ha destacado por su participación en muestras de diferentes países. Sus libros han sido publicados en Colombia, Argentina, España, Suiza, Italia, Francia y Alemania.

The Llittle Match Girl (Hans Christian Andersen) fue finalista del CJ Picture Book Festival, Corea. Sus ilustraciones para Huellas en la arena (María Teresa Andruetto) recibieron el Destacado de Alija Categoría Ilustración. Su agudo trabajo de ilustración en Los cuervos de Pearlblossom (Aldous Huxley) obtuvo el premio Destacados de Alija 2006 en Argentina.

Conocí a José Sanabria en una honesta y necesaria charla sobre ilustración que nos regaló en Fundalectura en 2015. Sus palabras certeras me revelaron, además del rigor del oficio, principios de vida para no perder el foco de los objetivos y persistir en auténticos procesos de formación sostenidos por el profesionalismo, la lenta paciencia y el espíritu de la generosidad.

El escritor peruano Julio Ramón Ribeyro escribe lo siguiente respecto al amor a los libros: “Los verdaderos amantes de los libros inscriben su vida en ellos. Se podría adivinar el carácter de una persona, se podría incluso trazar su biografía, examinando no solo qué libros ha leído, sino cómo los ha leído” (2). En este sentido, ¿cuáles fueron los libros más emblemáticos que acompañaron tu infancia?

Desde pequeño amé la aventura. Me encanta que las personas y los libros me cuenten historias, y quienes primero lo hicieron fueron Robert Louis Stevenson, Julio Verne, Arthur Conan Doyle, Edgar Allan Poe… Todos me contaron historias de piratas sin rumbo afectivo y de exploradores que querían conocer lugares lejanos, sin siquiera haberse conocido ellos. El mundo sórdido de Poe, lejos de asustarme, terminó de construir en mí un imaginario de la ficción, que es el que hoy recreo en mis libros.

En tu adolescencia experimentas una marcada fascinación por el mundo de la historieta. Te llaman la atención los personajes que son arquetipos de justicia, fuerza, solidaridad y lealtad. Solías decir: “¿Lo que es con Batman es conmigo?” (3). Cuéntanos qué te aportó esta experiencia en tu camino de formación como ilustrador.

Nunca tuve una especial afinidad con este tipo de justicieros, si bien disfrutaba de sus historias. Fue la historieta toda la que ejerció en mí una gran fascinación, a tal punto que, cuando llegaba a la casa de mis amigos, lo primero que asaltaba eran sus revistas y libros ilustrados. En mi casa no había una cultura visual desarrollada.

Me gustaba tanto la historieta, que incluso leía fotonovelas. Fue en la adolescencia que conocí la historieta franco-belga, y esta sí ejerció en mí una influencia marcada en lo que iba a ser como autor más adelante. Los estereotipos nunca me interesaron, y la historieta europea está muy lejos de ellos. Siempre he preferido el realismo o la ciencia ficción, y ahora las historias con contenido poético. Aun así, me considero ecléctico, y cuando se estrenan las películas de Batman, también las disfruto.

Ilustración de José Sanabria para

Ilustración de José Sanabria para «Con el paso del tiempo».

Me gusta que tienes en alta estima los valores de la disciplina y la responsabilidad por el trabajo. ¿Qué conexiones encuentras entre el ceremonial acto de ilustrar y tu experiencia como estudiante en las escuelas de artes marciales?

Veo que has indagado muy bien sobre mis pasos. Mis padres, siendo gente de campo, muy trabajadora, me inculcaron la idea del esfuerzo sin queja. Eso y ciertos rasgos de mi personalidad hicieron que me atrajeran las artes marciales. Al llegar a la universidad me inscribí en karate do, y lo practiqué casi diez años. Ahí conocí la filosofía zen, que no solo se basa en el esfuerzo, sino también en la constancia y el respeto por los demás y por la naturaleza. Era algo contradictorio estudiar un arte basado en la violencia, que tenía como objetivo la no violencia. Lo aprendido allí lo practiqué en mi carrera como ilustrador, en donde no se tiene jefe, ni horario, ni sueldo fijo. Si no hubiese sido por esas enseñanzas, pienso que hubiese tenido que dejar el sueño de ser ilustrador. Ahora formo ilustradores, y antes que técnicas y conceptos de dibujo, les enseño a tomarse las cosas en serio, a pesar de las dificultades. Pienso que con el esfuerzo y un buen guía, no es tan difícil dedicarse a lo que a uno le gusta, en una sociedad en donde muy pocos están dispuestos a tomarse los retos en serio.

En 1992 te radicaste en Argentina. Tu amigo Ricardo Barreiro dijo al volver del exilio que “era un país muy duro”. Recordó también estas palabras de Julio Cortázar: “Detrás de cada esquina te puede esperar un amigo, un amor o una traición”. ¿Qué te motivó a partir de Bogotá? Imagino que debió ser muy difícil despedirte de tu familia e iniciar una nueva vida en un país extranjero.

Argentina no es un país duro como decía Ricardo, Cortázar exagera y no fue muy difícil separarme de mi familia. Los argentinos son generosos con las personas comprometidas y serias. Siempre me trataron bien. Llegué a este país cuando entendí que en Colombia no podía ni formarme como ilustrador, ni gozar de un ambiente de profesionales con quienes crecer. Intenté ir a muchos países, sobre todo del primer mundo, pero mis padres no podían pagarme más que con el afecto y apoyo, que ahora entiendo como lo más valioso que te pueden dar. Un poco escaso de posibilidades, apareció Argentina como alternativa, y creo que fue el mejor lugar adonde pude haber llegado pues aquí hay una tradición gráfica y grandes profesionales de la ilustración. Mi familia sabía que irme iba a ser bueno para todos, y no me crearon ataduras. Creo que mis padres también fueron un poco zen, pues sufrieron en silencio. Mis primeros años estaba muy concentrado en mi meta, y pronto me adapté a la Argentina, por eso no extrañaba mucho. Ahora los extraño, pero los voy a visitar todos los años.

Ilustración de José Sanabria para "Huellas en la arena".

Ilustración de José Sanabria para «Huellas en la arena».

En Buenos Aires conociste el Foro de ilustradores integrado por figuras tan destacadas como Óscar Rojas, Sergio Kern, Isol, Istvansch, Mónica Weiss, entre otros. ¿De qué maneras te enriquecieron estos encuentros en tu camino de formación?

Había trabajado durante cinco años en el diario La Nación como diseñador, y para mi fortuna me despidieron con una buena indemnización. Era la oportunidad de lograr ser freelance, pero debía elegir entre comprar una casa y seguir trabajando como diseñador en otro diario, o quedarme trabajando en mi taller hasta entrar en la industria editorial. Opté por lo más arriesgado y por fortuna todo salió bien. En ese ínterin, conocí a Nora Hilb en una editorial y me invitó a las reuniones que se hacían en su casa. Se trataba del Foro de ilustradores, un grupo de unos diez iustradores, los más reconocidos hoy día. Fue importante porque cuando nos juntábamos, cada integrante debía enseñarle algo a los demás. Yo venía de la historieta y la ilustración de libros para niños era un mundo totalmente nuevo para mí. Todos en el foro teníamos dificultades económicas y de trabajo, había una crisis muy acentuada, así que esos días fueron para aprender y apoyarnos mutuamente. Un día conté que sabía hacer páginas web, y ese fue mi aporte al grupo. Armamos un catálogo virtual de nuestros trabajos y se convirtió en el lugar donde los editores buscaban ilustradores. En el foro todo el mundo era bienvenido, así que al poco tiempo éramos más de cien, y luego quinientas personas. Como yo era el encargado de subir los trabajos de los ilustradores, a todos los hacía ir a mi casa para llevarme el material, y aprovechaba para aprender de cada persona algo distinto. Fue impresionante la manera como me empapé de conocimientos y vivencias en esa etapa de mi vida.

Ilustración de José Sanabria paera "Huellas en la arena".

Ilustración de José Sanabria para «Huellas en la arena».

¿Cómo nació el proyecto docente Sótano Blanco junto a los talentosos profesionales de la historieta Juan Bobillo y Marcelo Sosa?

A los diez años de vivir en la Argentina y con pocas cosas logradas como ilustrador, un día me hice una pregunta que cambió mi vida: ¿Los editores me odiarán o será que yo no estoy lo suficientemente formado? Había estudiado Diseño gráfico y dibujaba todos los días, y en todas partes, pero ahí me di cuenta de que no conocía las reglas del oficio. Tenía treinta y dos años. Entonces empecé a buscar a un maestro y di con Juan Bobillo, un muchacho de veintiséis años que era considerado la gran promesa de la Argentina. Él y su socio, Marcelo Sosa, otro tremendo dibujante, conformaban un excelente equipo. Dibujaban juntos y daban clases, así que me anoté. Durante dos años aprendí cómo hacer sencillo lo difícil. Cuando ellos vieron mi nivel de compromiso y entusiasmo, muy generosamente me ofrecieron un espacio en su taller para dar clases. Empecé enseñando lo mismo que ellos: ilustración realista. Luego probé con ilustración infantil y ahí me quedé. Crecí mucho con las clases y, en agradecimiento, les serví de soporte para lograr su sueño de formar una escuela. Ya éramos socios, y los tres creamos el Sótano Blanco. Ellos ponían el conocimiento y su prestigio, y yo, una idea de organización para generar proyectos. Durante ocho años, los tres manejamos Sótano Blanco y formamos a muchos ilustradores; yo volcado a la ilustración infantil, y ellos, a la historieta. Mi trabajo personal evolucionó gracias a las clases, que me obligaban a experimentar e investigar cosas nuevas. También desarrollé metodologías persuasivas basadas en las dificultades que yo mismo había tenido en mi formación. Una de esas metodologías es permitir que el estudiante se equivoque, y que aprenda a convivir con el fracaso, sin dramatizarlo. Luego de muchos fracasos llega el acierto. Hay que esperarlo con calma y dibujando, como nos enseñó Picasso.

Posteriormente, decidiste desarrollar tus proyectos de forma independiente y generar procesos de formación en ilustración en tu escuela Color Café (4). ¿Qué aprendizajes te ha aportado esta experiencia de trabajo docente en equipo?

Luego de esa maravillosa experiencia con Juan y Marcelo, un día les dije adiós y gracias por tanto, y enfoqué mis proyectos docentes en el libro álbum. Pensé en crear la primera escuela de libro álbum de Argentina, y eso es Color Café. Con el acompañamiento de Jimena Tello y Gabriela Burin, dos de mis alumnas más brillantes, hoy excelentes ilustradoras, he desarrollado un programa con muchos condimentos, desde los técnicos, conceptuales, creativos, hasta empresariales a la hora de administrar los recursos, en un mundo editorial algo esquivo para los nuevos valores.

Ilustración de José Sanabria para "La Fosforerita".

Ilustración de José Sanabria para «La Fosforerita».

¿Cómo se dio el proceso de creación de tu libro La Fosforerita (Hans Christian Andersen) (5) y la versión libre que hiciste del texto original?

Los cuentos de Hans Christian Andersen aluden casi siempre al dolor de las transformaciones y a la muerte. La Fosforerita se calienta en el invierno con el perecedero fuego de las diminutas cerillas. Cada vez que una se alumbra, el mundo de sus ensoñaciones cobra vida y color en la noche de Navidad.

En 2003 había hecho una versión de La Cerillera para un sello español en difíciles condiciones de tiempo. Fue uno de cuatro libros que ilustré en dos meses, y una de las semanas enfermé, así que el último, La Cerillera, lo tuve que resolver ¡en una semana!. Quizá por la rapidez, o por vaya a saber qué cosa, hice hallazgos estéticos en ese libro, pero me quedé con ganas de darles desarrollo. Por esos días el Foro de ilustradores debía elegir a veinticinco ilustradores para exponer en Bolonia en representación de la Argentina, y se me ocurrió hacer una nueva versión del cuento. Fui uno de los elegidos, con tres imágenes del libro. En una de ellas había dibujado a la niña desconsolada en la calle por no poder vender sus fósforos. Detrás de ella había unos hombres enormes y bien alimentados para quienes la niña era indiferente. Ahí se me ocurrió la idea de incluir a esas personas en la historia. Seguí yendo más a fondo y descubrí que uno de ellos era el padre de otra niña que tenía todo tipo de comodidades. Armé entonces dos historias paralelas para enriquecer la idea de Andersen. En mi versión, cuando la Cerillera imagina cosas confortables y cálidas, las ilustraciones muestran las comodidades de la otra niña. En el cuento de Andersen, la Cerillera imagina una cena navideña, un árbol de navidad, regalos y más cosas. En mi versión las podemos ver. No las de ella, claro. Eso me obligó a escribir una versión libre de la historia. El desafío consistía en que la otra niña no se iba a nombrar en el texto, para que el lector la construyera con las imágenes. Funcionó, y en un viaje a la Feria de Bolonia, la editorial Minedition se animó a publicarla. Digo se animó porque si bien las ilustraciones gustaban, las editoriales se rehusaban a publicar una historia tan triste, en un mundo en donde al niño se lo sobreprotege hasta de las imágenes tristes. Luego fue publicado por Comunicarte (6), de Argentina, en una lujosa edición.

Ilustración de José Sanabria para "La Fosforerita".

Ilustración de José Sanabria para «La Fosforerita».

En tu libro Con el paso del tiempo editado por Comunicarte (Argentina) (6), Nord-Süd (Suiza), Kite (Italia) y La Fragatina (España), tú eres como un director de cine que toma todas las decisiones. La estructura está dividida en tres partes, y como lectores, sentimos la influencia del lenguaje cinematográfico en la ilustración. El libro recoge dos de tus pasiones: los objetos que cuentan historias gracias a la porosidad de las diferentes capas acumuladas por el tiempo y las imágenes de los barcos abandonados. Cuéntanos más al respecto.

Ser autor integral es lo más parecido a ser director de cine. Es uno quien maneja la escenografía, el guión, las luces, los actores, el ritmo, hasta la música, porque los buenos libros tienen música.

Aprendo mucho del cine en mis relatos, de sus recursos, de su dinámica con la imagen, de su imponencia. Cada uno de mis libros tiene algo de cinematográfico. En Con el paso del tiempo, se me ocurrió contar tres historias que en un punto se juntan, como ya se ha hecho en el cine.

La fascinación con los barcos la tengo desde que llegué a Buenos Aires. En mi vida había visto un barco, siendo un bogotano con poca cultura de viaje. En el barrio de La Boca había varios de ellos, abandonados por el tiempo y por la gente, y solía ir a ese lugar a dibujar esas moles habitadas por el óxido. El día en que conocí a Hugo Pratt, maestro de maestros, me dijo al oído algo que compartía con el Corto Maltés, su personaje. Hugo Pratt murió hace tiempo, así que ahora lo puedo contar: “Muchacho, haga una historia de barcos, nadie las hace más”.

Ilustración de José Sanabria para "Con el paso del tiempo"

Ilustración de José Sanabria para «Con el paso del tiempo»

Ilustraste Huellas en la arena (7), de María Teresa Andruetto (Ganadora del Premio Hans Christian Andersen en 2012). ¿Cuáles fueron las etapas del ritual que seguiste para traducir en imágenes las breves y sugestivas historias de Andruetto?

Huellas en la arena lo viví en carne propia; casi no lo puedo terminar ante la posibilidad de morir.

La editorial Sudamericana me había dado tres meses para ilustrarlo, que finalmente fueron dos, ya que tenía programado un viaje a Colombia. El primer mes boceté e hice pruebas de estilo, el segundo mes fue el viaje a Colombia y el tercero pinté el libro en medio de una mudanza obligada por un vecino que se quejó de mis clases, por parecerle peligrosa la gente que asistía.

Había ido a Colombia, a dictar un seminario en Popayán, y tuve que volver en bus a Bogotá: el entusiasmo y cariño de los organizadores del seminario hicieron que perdiera el vuelo. Ya en el medio de la carretera, en un páramo hermoso, apareció un comando de la guerrilla. Pensé que era el ejército, y como me habían dicho que las cosas estaban calmadas en la zona, me puse a hacer fotos del paisaje. Uno de los guerrilleros me vio y me llevó ante su líder. Fui acusado de espionaje y cuando estaban a punto de decidir por mi vida, mostré mis libros e ilustraciones. Eso me salvó; fui liberado al tiempo que me felicitaban. A mi regreso a Buenos Aires, estaba lleno de vida y los colores e imágenes del libro fluían. Solo tuve que empujar un poquito para que dejaran su huella en el Archés de algodón, el papel que usé.

Ilustración de José Sanabria pafra "Huellas en la arena"

Ilustración de José Sanabria para «Huellas en la arena»

La cultura oriental ejerce una magnética influencia en ti. Sientes una poderosa admiración por el trabajo de Yoko Kitami, Ayano Imai y Arai Riouji, entre otros. Entre octubre y diciembre de 2013 viajas a Tokio para dirigir el proyecto cultural Pombo en Japón (8) cuyo propósito era festejar el centenario del autor de las fábulas infantiles. ¿Cómo describirías la experiencia de coordinar a catorce dibujantes nipones?

Antes de venir a Argentina, quería ir a Japón, y estudié japonés durante dos años para aplicar a la beca de Monbusho. Tenía veinte años. No la logré, pero quedó en mí la mística por esa cultura. Tuvieron que pasar veinte y cinco años para que un día la Cancillería de Colombia me propusiera dirigir ese proyecto. El problema era el escaso tiempo. Todo el libro había que resolverlo en un mes y medio, así que desde el primer momento, en Buenos Aires, contacté a los ilustradores y les mandé los cuentos con el diseño. Cuando llegué a Tokio ya tenían los bocetos. Durante una semana trabajé con catorce ilustradores, que eran amateurs. Me asignaron a una intérprete y asistente, Yukako Kubota, pues mi japonés estaba un poco herrumbrado, y junto a ella logré coordinar una edición casi imposible. Por fortuna quedó bien. Mientras los ilustradores pintaban sus ilustraciones, recorrí la isla durante tres semanas. Dirigía el proyecto desde mi computadora al tiempo que contemplaba los paisajes y visitaba los templos shintoístas, el mundo invisible de Japón, el antiguo Gion de Kioto (barrio de las geishas), las montañas de Niko, el teatro Kabuki de Osaka, y los bosques de Arashiyama. Cuando me reuní con los ilustradores en Tokio, teníamos todo terminado. El nivel de compromiso y capacidad de trabajo de los japoneses no me sorprendió, pero logró conmoverme.

Ilustración de José Sanabria paqra "Rinrin Renacuajo".

Ilustración de José Sanabria para «Rinrin Renacuajo».

Cuando visitas una librería, ¿qué criterios consideras esenciales para elegir libros álbum de alta calidad?

Como muchos hacen, yo solía comprar los libros por las ilustraciones. Fundamentalmente soy visual. Pero un día me cansé de leer malas historias con bellas ilustraciones y empecé a leer los libros antes de comprarlos. Así mejoró mi colección.

El criterio que aplico en este sentido es el de permitir que la historia me atrape o me aburra, tratando de olvidar mis conocimientos sobre el tema. Luego de eso voy al análisis del libro. Así, puedo establecer si la obra tiene una buena estructura dramática y si es una propuesta ingeniosa. Fundamentalmente busco que me muestre capas de lectura. Evito los libros en donde hay un lucimiento técnico o algún signo de virtuosismo. Más allá de eso suele no encontrarse nada relevante. De una historia espero el factor sorpresa, una sólida estructura y una gran cuota de originalidad.

Y ya para terminar esta grata conversación, ¿qué le dirías a un joven aprendiz para que mantenga siempre el asombro y la inquietud de la mirada de su niño interior?

Le diría que no piense demasiado en lo que le pueda gustar a los demás, que su obra primero debe gustarle a sí mismo. También que este es un camino a largo plazo, que se ponga metas posibles y que no pierda el foco de lo que desea. Que antes de mostrarse, piense en formarse. Y que si desea ser ilustrador, tan solo debe decidirlo, pero en serio. Eso.

Diciembre de 2015, Buenos Aires y Bogotá.

Notas:

1. Ver: José Sanabria Ilustrador. En: http://josesanabriailustracion.blogspot.com.co/
2. Ribeyro, Julio Ramón. “El amor a los libros”. En: La caza sutil (ensayos y artículos de crítica literaria). Lima: Milla Batres, 1976, p. 47.
3. Sanabria, José (videograbación: Talentos. Directores: Daniel Coronell
y Heriberto Fiorillo). Bogotá: Audiovisuales, Ministerio de Comunicaciones, 1994.
4. Ver: color-café.com En:http://color-cafe.com/
5. Sanabria José. La Fosforerita (Hans Christian Andersen). Col. Los Imprescindibles: Alicia Salvi. Córdoba: Comunicarte, 2014.
6. Sanabria, José. Con el paso del tiempo. Col. Vaquita de San Antonio / Alicia Salvi. Córdoba: Comunicarte, 2015.
7. Andruetto, María Teresa. Huellas en la arena. Il. José Sanabria. Buenos Aires: Sudameriacana, 2012.
8. Pombo, Rafael. Pombo en Japón. Dir. editorial de José Sanabria. Bogotá: Embajada de Colombia en Japón: Ministerio de Relaciones Exteriores, 2013.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *