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  • Manuel Peña Muñoz.

Entrevista con Manuel Peña Muñoz, escritor, estudioso de la literatura infantil y viajero

Sergio Andricaín

El 28 de abril de 2016, el narrador, profesor e investigador literario chileno Manuel Peña Muñoz (Valaparaíso, 1951) recibió una medalla por sus cuatro décadas de trabajo en la literatura infantil y juvenil, otorgada por IBBY Chile. Merecido reconocimiento a quien no solo ha escrito importantes obras de narrativa (entre las que se encuentran El niño del pasaje, Mágico Sur, María Carlota y Millaqueo, Un ángel me sopló al oído y El collar de perlas negras), sino que también ha publicado una amplia bibliografía dedicada a la recopilación del folclor y a la investigación de la historia de la LIJ en Chile y en América Latina. 

Autor de Historia de la literatura infantil chilena y de Historia de la literatura infantil en América Latina, profesor en importantes universidades chilenas y conferencista en numerosos eventos internacionales, Peña Muñoz cursó el doctorado en Filología Hispánica en la Universidad Complutense de Madrid y un Diplomado en Literatura Infantil y Juvenil Iberoamericana y Extranjera en el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid.

La Fundación Cuatrogatos quiso entrevistar a este destacado escritor e investigador para pasar revista a su larga trayectoria. A continuación, nuestras preguntas y sus respuestas:

¿Cómo y cuándo comenzó tu interés por la literatura infantil?

Empezó de manera casual cuando estaba en España cursando el doctorado en filología hispánica en la Universidad Complutense de Madrid, el año 1976. Estando en la cafetería del Instituto de Cultura Hispánica donde tomaba cursos de lingüística en la Oficina Internacional del Español, una amiga me pidió que la acompañara a un curso de literatura infantil que se impartía en esa institución, aunque en ese momento el tema no me interesaba en absoluto. La acompañé y me senté en la última fila pues ni siquiera estaba matriculado en ese curso. Al cabo de un rato, llegó la profesora que era la escritora española Carmen Bravo-Villasante. Apenas entró con un sombrero rojo y un vestido estampado de colores encendidos me llamó la atención pues era muy distinta a las profesoras que yo había tenido en la Universidad Católica de Valparaíso, siempre muy sobrias, discretas y de pelo canoso. Carmen Bravo-Villasante hizo una entrada espectacular como una actriz de cine. Su sonrisa, su modo de ser y su elegancia, me cautivaron.

Esa clase versaba casualmente sobre literatura infantil chilena pues el curso era sobre literatura infantil y juvenil iberoamericana y extranjera. Me sorprendió que analizara Papelucho, de Marcela Paz, un libro clásico de la literatura infantil chilena que yo había leído de niño pero nunca pensé que podría analizarse en una clase y mucho menos en España para un público de especialistas. La escritora analizó el libro desde el punto de vista literario, lo recortó ante el fondo social de la época en Chile, lo situó en el panorama de la literatura infantil latinoamericana y comentó el estilo de la autora. Luego siguió con La hormiguita cantora y el duende Melodía, de Alicia Morel, cuyos capítulos yo había oído por radio siendo niño en Valparaíso.

Esos libros leídos en la infancia volvieron a vivir con intensa nostalgia en esa clase de Madrid. Descubrí en ese instante que estaba hecho para estudiar esa clase de libros y no los de lingüística que había estado estudiando desde hacía ya siete años. Sentí que lo que esa profesora estaba exponiendo se amoldaba como un guante a mi personalidad.

Al cabo de la clase fui a saludarla vivamente impresionado. Me sugirió que empezara el curso desde el comienzo en el segundo semestre. Asistí a las últimas clases que quedaban y conté los días para empezar el siguiente curso desde el comienzo. No me perdí ninguna clase.
A la primera semana, Carmen Bravo-Villasante nos pidió que escribiéramos los recuerdos de infancia de nuestras primeras lecturas. Yo escribí esa misma tarde acerca de mis libros predilectos que había leído en mi casa de Valparaíso subido a un damasco donde me había construido una atalaya en madera para leer a solas mirando el mar. A los pocos días, dijo que había leído los trabajos de los cuales seleccionó el mío para leerlo en voz alta. Me saltaba el corazón al escuchar mi texto con su acento madrileño leído ante especialistas de distintos países. Daba la sensación que lo había escrito otra persona.

Carmen Bravo-Villasante me tomó afecto a partir de ese texto y me empezó a estimular para que siguiera tirando el hilo de la memoria, recordando mis funciones de teatro, mis libros, mis personajes favoritos. Me regalaba invitaciones para asistir a presentaciones de libros y obras de teatro. Me invitó a su casa en la calle Arrieta en el barrio del Palacio Real donde me regalaba libros infantiles, estudios y ensayos para que me fuera preparando. Me sentía escogido por la maestra. Me presentó a los directores de la revista La Estafeta Literaria donde empecé a colaborar con reseñas de libros y cuentos.

Aquel curso fue a una revelación a tal punto que decidí dedicarme de lleno a la literatura infantil como creador e investigador. Sentí que esta escritora me había abierto un camino insospechado. Yo ni siquiera sabía que la literatura infantil pudiera ser considerada una rama de estudio, pero Carmen Bravo-Villasante me mostró sus libros, sus historias de la literatura infantil española, sus traducciones, sus antologías de folclore infantil... Desde luego, fue una precursora y una gran inspiradora para muchos alumnos que tomamos su curso y nos sentimos motivados a escribir libros y a trabajar en el fomento de la literatura infantil. No me cansaré de agradecerle.

¿Qué importancia tuvo Carmen Bravo Villasante en tus inicios como escritor e investigador?

Una importancia enorme pues a partir de su curso, decidí dedicarme por entero a la literatura infantil como creador e investigador. Ella me recomendó para que me perfeccionara en distintos cursos que se ofrecían en España. Intercedió con una carta de recomendación para que obtuviera una beca en el Palacio de la Magdalena en Santander. Fue mi tutora en un curso de historia del teatro español y guió mi tesis que fue la mejor de esa promoción de alumnos en el Instituto de Cultura Hispánica. Gracias a esta tesis, fui becado para hacer los cursos de literatura española en la Universidad de Málaga ese verano donde conocí a escritores y artistas, muy significativos en mi vida profesional.

Esa experiencia de estudios en España la recuerdo como muy estimulante a tal punto que quise quedarme a vivir en España pero ella me sugirió que regresara a Chile. “Vuelva”, me dijo. “Allá está su camino. No hay nadie que haya escrito una historia de la literatura infantil chilena. Vaya e imparta cursos y seminarios. Nadie lo ha hecho. Sea el primero. Recoja el folclore infantil chileno, las rondas, los arrullos, las adivinanzas. Recorra el país, busque los libros infantiles chilenos del pasado, nadie los ha buscado. Ahí está la historia de la educación y de las costumbres. Busque en su propio pasado los temas para escribir sus cuentos y novelas. Viaje por Latinoamérica, conozca a los escritores de literatura infantil, asista a congresos…”.

Cuando regresé a Chile en el año 1979 me sentí muy desanimado con el país en plena dictadura y una gran recesión económica. La vida cultural era nula. No obstante ella me estimulaba con largas cartas, diciéndome que no me desanimara, que aprovechara ese tiempo para escribir e investigar libros infantiles antiguos, que los comprara y coleccionara. Así nació la primera versión de la Historia de la literatura infantil chilena (1982), que ella revisó desde Madrid, diciéndome por cartas que ampliara tal capítulo o que agregara este otro tema.

Fue invitada a Chile a dar conferencias. En Santiago nos volvimos a ver. La fui a buscar al aeropuerto. En esta ocasión me presentó a la directora del Instituto Chileno de Cultura Hispánica donde empecé a dar los primeros seminarios de literatura infantil. Al poco tiempo me incentivó para que viajara a Alemania a perfeccionarme en la Biblioteca Internacional de la Juventud de Munich. Ella misma redactó a mano una carta de recomendación y al poco tiempo me invitaron a realizar una pasantía de tres meses. Residí en el castillo de Blutenburg en Munich donde conocí a especialistas de muchos países. Pasaron por mis manos cientos de libros infantiles antiguos y modernos de todo el mundo, también bellas ilustraciones.

Con los bibliotecarios del castillo viajamos a la Feria del Libro Infantil de Bolonia donde me reencontré con mi maestra. Sentía que ella había sido una verdadera hada madrina que me había guiado por un mundo desconocido en el cual había hallado amigos. “Los chiflados de la literatura infantil están dispersos por el mundo pero acaban siempre encontrándose y siendo grandes amigos intrernacionales” me dijo, citando a Bettina Hürliman. Así había sido. Luego nos volvimos a encontrar en un Congreso de IBBY en Oslo y en muchas otras ciudades. Estos seres benéficos no solo existen en los cuentos sino también en la vida real. Tres de mis libros se los he dedicado a ella pues fue un hada mágica que me mostró el camino.

Después de tu acercamiento inicial a través de la investigación literaria, ¿cómo transitaste a la creación de obras de ficción?

En realidad fue al revés, pues antes de irme a España, ya había incursionado en la creación literaria de cuentos que empecé a publicar cuando estaba estudiando Pedagogía en Castellano. Gané el primer premio del concurso de cuentos de la Universidad Católica de Valparaíso con el cuento Berta o los dorados estambres de la locura. En la revista Paula de Santiago publiqué varios cuentos que después reuní en el libro Dorada Locura. También incursioné en la novela.

La literatura infantil aún no era materia de mi interés pues no había viajado a España todavía. Ese viaje supuso en mí un cambio significativo pues empecé a interesarme en la investigación de la literatura infantil y en la escritura de crónicas de viaje y artículos culturales que publiqué en el diario El Mercurio de Santiago a lo largo de 15 años. Estos artículos también fueron inspirados por Carmen Bravo-Villasante ya que me pidió que le escribiera una Bibliografía que se publicó en Madrid en 1979. En esta publicación recogí las fichas de sus libros, antologías, traducciones, ensayos, crónicas, reseñas y memorias. Leyendo esos artículos para el fichaje, me sentí estimulado para escribir también acerca de mis propios viajes y lecturas. Tomé de modelo su forma de mirar el mundo.

¿Cuál fue el origen de tu libro El niño del pasaje

Estando en el castillo de Blutenburg durante esos tres maravillosos meses en Baviera, en la primavera del año 1985, tuve el privilegio de conocer muchas casas de amistades en las inmediaciones del castillo, en el barrio de Obermenzing de Munich. Esas casas me transportaban a unas similares que había conocido de niño en el cerro Alegre de Valparaíso donde vivían las familias alemanas que conservaban las costumbres de sus ancestros. De inmediato, empecé a escribir esos relatos en un escritorio lleno de cajoncitos que había pertenecido a Jella Lepman, la fundadora de IBBY, la Organización Internacional del Libro Infantil y Juvenil. Los recuerdos de infancia fluían solos, de manera fácil, en un cuaderno de tapas negras que compré especialmente en una librería de Munich. Los escribía en mi cuarto con mi lapicera de tinta azul. En la biblioteca no podía hacerlo pues a las bibliotecarias alemanas les molestaba el sonido de la máquina de escribir.

Encerrado en aquel cuarto del castillo, con mi ventana abierta a una laguna donde nadaban cisnes, escribía con pasión unos recuerdos modificados por la fantasía. Así nació El niño del pasaje, una novela episódica que recrea la vida de las familias alemanas, inglesas y españolas del cerro Alegre de Valparaíso a mediados del siglo XX desde el punto de vista de Leonardo Wilson, “el niño del pasaje”.
El niño es testigo de muchas historias entrecruzadas. Tuve de modelo el libro Miguel Street, de V.S. Naipaul que narra su infancia como hijo de inmigrantes de la India en la isla caribeña de Trinidad, crisol de razas y culturas. Su novela me sirvió de inspiración para escribir acerca de mi pequeña calle de infancia donde convivían hijos de inmigrantes europeos. El niño del pasaje se publicó a mi regreso a Chile el año 1989.

Con Mágico Sur te convertiste en el primer autor latinoamericano en ganar el premio Gran Angular en España. ¿Qué te impulsó a escribir esa novela? ¿Cómo fue su proceso de gestación?

Me siento feliz de haber obtenido este premio que recibí en el Círculo de Bellas Artes de Madrid en 1998. Fue una bella ceremonia amenizada por una orquesta que interpretaba música española y romanzas de zarzuela. Cuando terminé de escribir El niño del pasaje, me puse como meta salir de ese escenario natural que era Valparaíso, pues mi ciudad natal era un ambiente recurrente en mis cuentos y novelas. Entonces me exigí a mi mismo contar una historia en otro lugar. Elegí el sur de Chile pues al regresar de España después de vivir allá dos años, empecé a recorrer mi país. Viajando al sur, descubrí el estuario de Reloncaví que me maravilló por sus paisajes, costumbres y personajes. Era un mundo desconocido para mí y muy distinto al que había conocido en Valparaíso o en España. Allí tenía que ambientar la próxima historia pero no sabía cuál.

En ese momento llegó a Chile un amigo desde el País Vasco que me pidió acompañarlo a entregar una caja envuelta en fino papel azul a un español radicado en Valparaíso hacía muchos años. Este amigo aceptó traer la caja sin saber lo que contenía en su interior ni tampoco a quien le entregaría la caja, solo sabía que la enviaban unos vecinos de su madre en Bilbao. En ese momento supe que había nacido la novela pues había en esa caja un gran misterio. No sabíamos quién enviaba la caja, ni a quien iba dirigida ni tampoco qué contenía. Solo tenía que desarrollar ese enigma y trasladar la historia al sur de Chile. Esa fue la génesis de Mágico Sur. Todo lo que está en la novela es más o menos tal como ocurrió con toques de mi propia imaginación, pues alteré la realidad para hacerla más artística.

En el libro integré varias historias y personajes de distinta procedencia con el fin de enfatizar la idea de la emigración pues todos sus personajes son seres que viven fuera de su tierra. Esta idea siempre me ronda en mi cabeza pues la viví en carne propia ya que mi padre emigró de un pueblo castellano a Chile. Siempre vivía con la nostalgia por España, era un tema de conversación en casa, un estado de ánimo. Luego yo mismo emigré con los años a Madrid donde sentía nostalgia por Chile. Siempre me han interesado las historias de las personas que viven lejos de su tierra de origen. Creo que el desarraigo es un tema central del libro aunque no lo tenía consciente en el momento de escribirlo. Nació de manera espontánea sin que lo premeditara.

La novela la escribí a mano con mi lapicera Parker 51 en una agenda, en el café Viejo Farol del Parque Forestal de Santiago, donde me iba por las tardes a escribirla a toda prisa, antes de que se me olvidara. Luego la envié al concurso Gran Angular a España sin imaginar que iba a ganar el primer premio. Fue una gran sorpresa.

Esta novela me supuso una gran alegría y un viaje a España a promover el libro a varios colegios de Madrid, Castilla y Andalucía donde sostuve encuentros literarios con estudiantes. También me significó realizar una pasantía de investigación en la Fundación Sánchez Ruipérez de Salamanca, España, y ser invitado a integrar el jurado del Premio UNESCO de Paris a favor de la Paz y la Tolerancia en tres oportunidades.

¿Por qué la historia, la memoria y las costumbres locales son tan importantes en buena parte de tus ficciones para niños y jóvenes?

Vivimos en una época en la que predomina el presente y el futuro, especialmente en Chile donde se privilegia la tecnología, el consumismo y la edificación moderna. Se demuelen casas muy bellas para levantar edificios. Pareciera que no interesara el pasado ni las costumbres de otro tiempo. En las casas se descartan fotografías familiares y cartas que hablan de otras épocas. Al vivir en España y recorrer Europa me di cuenta que en el viejo continente se preservaba la historia. Estaba en la vida diaria. Se conservaban edificios antiguos, cafés históricos y palacios. Los jóvenes hablaban con orgullo de sus tradiciones, me mostraban construcciones medievales, veíamos obras de teatro que reflejaban las costumbres de otra época.

Cuando regresé a Chile advertí que había que rescatar un mundo precioso antes que desapareciera por completo. Y entonces empecé a escribir cuentos, novelas y artículos que hablaban de ese mundo pretérito que estaba allí a simple vista, pero que nadie advertía. Me convertí en un náufrago del pasado. Empecé a coleccionar libros infantiles antiguos, revistas, juguetes de lata que ejercían en mí una fuerte fascinación. Hoy empiezan a ser descubiertos pero cuando regresé a nadie le interesaban. Así comencé a coleccionar libros y juguetes que me incentivaron a descubrir los temas relacionados con la memoria. Me parecía que tenía que escribir acerca del pasado y las costumbres para invitar a los niños y jóvenes a descubrir la historia de sus propias familias y conocer sus raíces culturales.

¿Qué libros o autores de LIJ han ejercido una influencia importante en tu obra o en tu trabajo creador?

Un autor que me marcó fue Hans Christian Andersen, que descubrí en Madrid. Empecé a leer sus cuentos, "Los novios", "El ruiseñor", "El soldadito de plomo", su autobiografía El cuento de mi vida, su Viaje por España… Me sentí muy identificado con su mirada hacia el mundo que lo rodea, sus personajes con rica vida interior, su interés por los pequeños detalles. Tengo una colección de sus libros en distintas ediciones. Me fascinaron las diferentes ilustraciones de su obra a través del tiempo. He dado cursos y conferencias para divulgar su obra.

Como investigador de literatura infantil y juvenil, la influencia de Carmen Bravo-Villasante en Madrid fue decisiva. Sus libros Historia de la literatura infantil universal e Historia y antología de la literatura infantil iberoamericana, así como sus antologías de folclore infantil constituyen el impulso de mis libros de investigación. Ella también me estimuló en la creación pues promovió en sus cursos la recreación de la infancia en la escritura. Esos ejercicios fueron mis primeros pasos en el rescate de la memoria afectiva de la infancia. También me incitó en los viajes pues ella era una incansable viajera. Me auguró viajes por el mundo dando conferencias y así ha sido pues he viajado por muchos países latinoamericanos dando talleres y cursos. Me llaman Manuel de las Maletas Viajeras.

Una autora que me fascinó fue la escritora chilena María Luisa Bombal que curiosamente era también gran admiradora de Andersen. Cuando la conocí me habló de este autor y de la influencia que había ejercido en su obra. ¡Qué coincidencia! Leí La última niebla, La amortajada, Las islas nuevas, El árbol y Lo secreto. Estas obras me maravillaron. Las leía una y otra vez para apreciar sus detalles y su forma de escribir. Recientemente se publicó en Chile su novela Casa de niebla, que escribió originalmente en inglés en 1947 y fue publicada en Estados Unidos por la editorial Farrar Strauss, pero que nunca se tradujo al español hasta el 2012. Al leerla ahora me quedé maravillado pues se reflejan en forma evidente los cuentos infantiles clásicos que ella recreó en su relato. Allí están "Barba Azul", de Charles Perraul; "La Sirenita", de Andersen, y muchos otros en forma metafórica, recreados en una historia moderna. Con razón me atraía tanto esta escritora. Tuve el privilegio de que me escribiera el prólogo de mi primer libro de cuentos Dorada Locura. En Madrid escribí la tesis doctoral en la Universidad Complutense sobre su obra que hasta el día de hoy me sorprende. Mi novela Mágico sur tiene mucho de su mundo literario. 

Otro autor que me marcó fue el argentino Manuel Mujica Laínez que me recomendó leer Carmen Bravo-Villasante. Aunque este autor no escribió libros de literatura infantil, muchos de sus cuentos, como "El hombrecito del azulejo", se encuentran dentro de lo mejor del género. Este autor se acercó con sensibilidad al mundo de la infancia a través de los pequeños detalles y de los objetos de la vida cotidiana en apariencia sin importancia como un azulejo pegado a un muro. Tuve la suerte de conocer su casa en la sierra de Córdoba, Argentina, y de ver el azulejo. Me traje una réplica que tengo en la entrada de mi casa entre unas plantas, tal como está en la casa cordobesa. Pienso que este autor también leyó a Andersen pues hay mucho de su obra en muchas de sus novelas y cuentos. Creo que todos estamos interconectados. Los vasos comunicantes suelen darse entre las almas afines.

¿Cómo se inserta tu literatura para niños y jóvenes en el panorama de lo que se publica en Chile? ¿Qué la distingue?

La veo como un poco diferente, más intimista y de poca acción, se apega más al tono descriptivo e intimista de los libros de Herman Hesse que leí en mi adolescencia. Se escapa a los libros infantiles chilenos que están de moda, más vertiginosos y de diálogos rápidos. A mí me gusta más la narración minuciosa y calmada, en este sentido parecen extemporáneos. Hoy día en Chile la tendencia está más bien puesta en la imagen. Se publican novelas gráficas, libros álbum, libros informativos con ilustraciones muy cuidadas. En los temas abundan los libros que rescatan los mitos de los pueblos originarios, libros de humor, de fantasía épica. Las corrientes son el realismo psicológico y el realismo social. También se editan libros que recrean episodios vividos durante la dictadura como La composición, de Antonio Skármeta, y La bicicleta mágica de Sergio Krumm, de Marcelo Guajardo.

Asimismo han aparecido libros que rescatan autores y libros olvidados como Perejil Piedra, de María Silva Ossa, que se publicó en 1974 en plena dictadura y que pasó inadvertido por la crítica. Hoy, el investigador Claudio Aguilera, director de la Galería Plop, que valoriza a los ilustradores de la LIJ, lo rescató en la Editorial Quilombo conservando las ilustraciones originales de Coré, Mario Silva Ossa, un referente de la ilustración de la LIJ en Chile, y agrega un prólogo reivindicativo. 

En esta línea de rescate se encuentra gran parte de mi literatura de investigación como una Historia de la literatura infantil chilena (2009), que estudia los libros infantiles en Chile desde la colonia hasta nuestros días, y una Historia de la literatura infantil en América Latina (2009) que publicó la Fundación SM. En este libro estudié los libros de la LIJ en 21 países latinoamericanos. También he publicado diversos libros que recogen lo mejor de la poesía infantil de tradición oral.

Siempre en la línea de la recuperación del folclore poético, hace cuatro años recopilé cuatro cuentos populares europeos en versión poética de Gabriela Mistral que se encontraban dispersos en antologías, revistas y libros de lectura en varios países latinoamericanos pero que en Chile eran desconocidos. La editorial Amanuta se interesó en ellos y los publicó en unas ediciones muy cuidadas con ilustraciones de los principales ilustradores chilenos, cada uno con un comentario crítico de mi autoría. Los cuentos son Caperucita Roja, La Cenicienta, Blanca Nieve en la casa de los enanos y La Bella Durmiente. Estos libros merecieron diversos galardones. En Chile, obtuvieron el premio a la edición del Premio Municipal de Literatura 2013 y en el extranjero, el premio The Best Designed Book of the year concedido en el año 2014 por la Comisión Alemana para la UNESCO y una Mención de Honor en el premio New Horizons en la Feria del Libro Infantil de Bolonia 2014, entre otros.

Recientemente colaboré con un estudio crítico acerca de la ilustradora chilena Elena Poirier en el libro Había una vez… Elena Poirier (1921-1998), que publicó el Museo de Historia Nacional en el 2014 en una bella edición ilustrada con una selección de su obra. En este sentido, mi trabajo se inserta dentro de los investigadores que nos dedicamos al estudio y rescate de la LIJ.

Desde que publicaste la primera edición de tu Historia de la literatura infantil chilena ha surgido en Chile un movimiento de nuevos autores e ilustradores. ¿Cuáles te atraen más por sus propuestas?

La primera edición de la Historia de la literatura infantil chilena (1982) en Editorial Andrés Bello concluía con una opinión muy desalentadora, pues en esos años de la dictadura no había autores nuevos destacados. Entre los clásicos estaban Marcela Paz con Papelucho (1947) y Alicia Morel con Cuentos araucanos (1982), que supuso un interés en divulgar los cuentos de los pueblos originarios. Se vislumbraban algunos nombres incipientes como Saúl Schkolnik y Ana María Güiraldes, que empezaban a publicar cuentos en revistas infantiles.

Los años 1980 marcaron un cambio significativo pues empezaron a aparecer nuevos autores, entre ellos Víctor Carvajal que obtuvo el Premio Barco de Vapor en 1984 en España por Cuentatrapos. Luego vinieron otros autores que integraban IBBY Chile, entre ellos Jacqueline Balcells, Cecilia Beuchat, Héctor Hidalgo…Todos narradores, pero no poetas. Entre los ilustradores se destacaban Andrés Jullian que provenía de la ilustración botánica y Carlos Rojas Maffioletti que provenía de la arquitectura.

Casi 30 años después publiqué una nueva versión de la Historia de la literatura infantil chilena (1999) en Editorial Andrés Bello con una conclusión totalmente distinta. Los últimos años marcaban un renacer de la LIJ en Chile principalmente por el auge de ilustradores de alta calidad entre ellos Paloma Valdivia, Raquel Echeñique, Alberto Montt, Francisco Javier Olea, Soledad Sebastián, Maya Hanish, Carmen Cardemil y muchos otros que hoy día colaboran en editoriales internacionales. Me ha gustado mucho trabajar con Loly&Bernardilla en mis libros Personajes populares de Chile y La mujer de los labios rojos, en el que utilizaron la técnica del collage en base a fotografías familiares, cartas y fichas de la época del salitre. Hubo una total sintonía.

Entre los autores de la LIJ en Chile destaco a María José Ferrada, sin duda, un referente de la LIJ contemporánea. Su obra poética ha merecido diversos premios internacionales. Su libro Niños (2013), ilustrado por Jorge Quien, obtuvo en Chile el Premio de la Academia de la Lengua. En este conjunto de poemas, la autora les dio voz a los niños ejecutados durante la dictadura militar en Chile. Es un libro que se caracteriza por su poder de síntesis, su intenso contenido y su belleza lírica. Sus libros Escondido, El baile diminuto, Un mundo raro y El idioma secreto, entre otros, reflejan a una autora singular y a una auténtica poeta. Están dentro de lo mejor del género de la LIJ en Chile con propuestas diferentes. También destaco a Lola Larra con su libro Al sur de la Alameda (2014). La autora retrata las protestas estudiantiles de Santiago a través de un texto que interactúa con el lenguaje gráfico y las potentes ilustraciones de Vicente Renamontes.

Eres un gran coleccionista de libros, juguetes y objetos antiguos relacionados con la niñez. ¿Cómo han llegado a tu casa y qué secretos te han contado?

Cuando salía del colegio de los Sagrados Corazones de Valparaíso, teniendo doce años, cruzaba la calle y entraba al Bazar El Abuelo que era una tienda de antigüedades llena de caballos de carrusel, muñecas de loza, carteles de películas, tazas de porcelana, cajas de música y discos que el dueño escuchaba en su victrola. Don Pablo Eltesch sentía curiosidad por ese niño que iba todas las tardes y con paciencia me contaba la historia de sus reliquias de otro tiempo. Era un contador de cuentos.

Desde entonces me aficioné al coleccionismo de tarjetas postales, libros infantiles, frascos antiguos, juguetes de lata y cajas de acuarela. Me gusta rodearme de estos objetos que constituyen mi mundo encantado y me inspiran. Cada uno tiene una historia que contar como esta campanita de bronce tallada por un soldado francés de la Primera Guerra Mundial en la vaina de una bala. El soldado talló los nombres de los cuatro evangelistas y unos curiosos arabescos. Se la regaló a un joven chileno que radicaba en París la noche de Navidad del año 1914 cuando la familia invitó al soldado a pasar con ellos la Nochebuena para que no estuviera solo. Al despedirse para volver a la guerra, le regaló al joven la campanita de bronce diciéndole que volvería al término de la guerra pero nunca volvió. Al cabo de los años, este joven regresó a Chile. Lo conocí cuando tenía casi 90 años. Poco antes de morir, me llamó a su lado y me regaló la campanilla de bronce que ahora tengo en mi escritorio. A veces la hago sonar y me parece que veo el rostro del soldado.