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Cecilia Velasco: "La literatura supone una meta escurridiza que se nos escapa constantemente a todos"

Sergio Andricaín

Nacida en Quito, en 1965, la escritora Cecilia Velasco estudió en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Desde hace quince años como profesora de lenguaje y literatura de niños y adolescentes, y ha incursionado también en la docencia universitaria. En 2010 entró en la literatura infantil y juvenil por la puerta grande al ganar el Premio Latinoamericano Norma-Fundalectura con Tony. El jurado del certamen destacó la voluntad de la autora de alejarse con esta novela polifónica "de cualquier estereotipo" y la construcción de personajes "ambiguos y contradictorios, es decir, humanos".

Tony ha recibido elogios de importantes estudiosos de la literatura infantil iberoamericana. "Tony, de Cecilia Velasco, es la historia de unos chicos que a veces, solo a veces, se sienten diferentes a los demás. Una historia de comprensión y aceptación de amor al ser humano por encima de sus diferencias", expresa la investigadora y profesora Gemma Lluch, de la Universitat de València. Por su parte, el autor e historiador de la literatura infantil latinoamericana Antonio Orlando Rodríguez afirma que "Por su calidad literaria y su hondura, Tony constituye, sin duda alguna, uno de los mayores hitos de la LIJ de Ecuador".

Con esta entrevista, hemos querido indagar en la trayectoria literaria de Velasco y en sus premisas creativas.

¿Cómo y cuando nació en ti la escritora?

En la adolescencia nació mi deseo de escribir. Recuerdo que empecé con la poesía y había unos versos, supongo que ahora me parecerían un poco cursis, que decían: "la pluma de un gorrión poeta", entre un listado de objetos o símbolos que la voz lírica entregaba a un amado. Después, con el pasar de los años y estando en cinta de mi primer hijo, hablaba yo de mi vientre como un lugar en el que estaba guardado un barco de velas… Para mí escribir siempre ha estado relacionado con la idea de que entrego dones a los que más quiero, dones a los lectores también, por extensión.

¿Qué te llevó incursionar en la ficción para niños y jóvenes?

Empecé por escribir unas pequeñas historias para mis sobrinos y para mis hijos. Les regalaba esos textos, a propósito de fiestas como cumpleaños y Navidad, pero luego, hace unos pocos años, una persona muy querida, un hombre muy cercano a mi corazón, me propuso que hiciéramos él y yo una especie de concurso de textos pensados para niños, porque entre nosotros hubo la idea de la competencia ya la emulación, y así fueron naciendo los más recientes.

¿De qué manera tu trabajo como profesora y la relación con los niños ha influido en tu narrativa?

Ser profesora de Castellano y literatura me ha puesto en contacto con niños y jóvenes, y no siempre es un contacto necesariamente feliz o armónico, porque encarno una figura de autoridad y cierto poder, y porque creo que la función de un profesor es enseñar desde destrezas hasta ideas o ideales, y eso no pasa por la amistad en el sentido de camaradería o complicidad. De todos modos, procuro ser respetuosa con la individualidad de cada niño y joven con los que me topo, y como me gusta aún enseñar, creo que tengo la sensibilidad suficiente para no dejar de inquietarme por las preguntas, los retos, los desafíos y provocaciones que estos niños y jóvenes me lanzan cada día.

¿Cuál fue el detonante para la escritura de Tony?

Creo que fueron dos: sufrí una especie de deslumbramiento con un Tony de la vida real, y sé que yo también toqué el corazón y las ideas de él, y tuve que trabajar unas experiencias y recuerdos de mi propia adolescencia y juventud, que había guardado durante muchos años. Me parece que esto se impuso como una salida terapéutica. La remembranza ardiente y la ternura y autenticidad de momentos más próximos fueron los detonantes.

Explícanos por qué optaste por esa estructura.

Quería hablar de lo femenino y de lo masculino. Quería contar unas historias que ocurren simultáneamente en un espacio simbólico como un colegio. Me gustaba la idea de estructurar historias que parecen no guardar relación entre sí, al punto que algún desprevenido había pensado que se trataba de cuentos, cuyo punto de confluencia es una institución. Me entusiasma cómo termina la historia: una fiesta juvenil en la que se llega a un cierto umbral. No se sabe qué hay del otro lado.

En la narrativa latinoamericana para jóvenes la diversidad sexual de los adolescentes es un tema poco abordado y, de alguna manera, lo incluiste en Tony. ¿Fue un propósito deliberado? ¿Cómo ha sido la recepción entre los lectores adultos de ese elemento de la novela?

Es difícil determinar qué es deliberado y qué no lo es en la creación literaria. En todo caso, como me gustan asuntos que tengan que ver con lo sagrado, lo trascendente, el dolor, el amor, quería contar una historia en la que dos muchachas descubren que el objeto de amor no es una decisión consciente, sino un misterio. Lastimosamente, el desenlace es trágico.

Los lectores adultos se han pronunciado en diversas direcciones. Algún experto me decía que Tony no debería ser catalogada como “novela juvenil”, sino como novela a secas, pensando en que el tratamiento literario no es moralizante. Una estudiante que hacía su tesis de maestría en LIJ, por otro lado, penosamente, había hecho una lectura muy reductora, en la que los personajes se reducían a estereotipos. Espero que esa no será la tendencia dominante.

¿Cómo creaste a Tony, los demás personajes del libro y los conflictos en que están inmersos? 

Algo de mi propia vida, infancia y adolescencia están en Tony. En ese sentido, he sido protagonista. Por otro lado, he sido testigo de algunos conflictos que se viven en nuestras ciudades latinoamericanas,que muchas veces suponen la represión y humillación de inclinaciones y expresiones juveniles.

La relación de uno de los profesores con Tony resulta inquietante, pues detrás de una pretendida simpatía y camaradería se revelan actitudes discriminatorias y excluyentes que reproducen las del colectivo juvenil. ¿Es un tema que te preocupa particularmente?

Sí, me inquieta el trato que en muchos países latinoamericanos se da a niños y jóvenes, cuya individualidad no se respeta. Me parece que en nuestros países, los espacios de creación artística y auténtica educación de que disponen los niños y jóvenes, sobre todo provenientes de estratos populares, son escasos. Creo que modas juveniles o la expresión de la sexualidad juvenil son reprimidos ferozmente por una sociedad a menudo hipócrita que, al mismo tiempo, no tiene reparos en difundir a través de la telebasura formas de discriminación, racismo, sexismo.

Aunque yo soy profesora y creo que existen millones de buenos profesores, humanistas y respetuosos, existen también aquellos que ven en su ejercicio una forma de autoritarismo y dominio de los más débiles, los más jóvenes.

¿Qué te propusiste con Tony?

Me propuse rendir un pequeño homenaje a las ilusiones, los dolores, los enamoramientos que se viven durante los doce y los diecisiete años. Me propuse contar unas historias, albergadas en el mundo de esta novela breve, en las que se ve que los adultos también, padres y profesores, pueden ser injustos, crueles, cínicos.

Tony no solo ganó uno de los más prestigiosos premios de narrativa infantil y juvenil que se convocan en el ámbito iberoamericano, sino que también –y esto es algo que no logran todas las obras premiadas– ha merecido elogios de destacados estudiosos de esta literatura. ¿Qué satisfacciones y –si las hay– qué molestias trajo esta obra a tu vida?

El Premio me ha dado solo satisfacciones. Es para mí una enorme alegría saber que la obra es leída en Perú, Colombia, Argentina, México… en toda América Latina. Con el premio del año 2010, sentí como que la sociedad en su conjunto me diera unas palmadas cariñosas y alentadoras en la espalda, me aplaudiera, me felicitara y, con ello, estimulara una vocación de imaginación y belleza que había ido desarrollando dentro de mí desde hacía años.

Tu libro para niños Selva de pájaros apareció después que Tony, pero tengo entendido que lo escribiste antes. ¿Cómo fue su génesis de esta narración?

Selva de pájaros fue escrita antes de Tony. De hecho, cuando la llevé a la editorial, no la aceptaron de entrada diciendo que era "demasiado lírica". Y fue allí donde y cuando me enteré del concurso de LIJ al que envié el manuscrito de Tony.

Recuerdo claramente la situación en la que este libro que tanto quiero surgió: tenía una agenda moleskine, regalo de aquel con el que me había propuesto la escritura como un camino de diálogo y sana competencia, y veía desde mi pequeño comedor cómo la lluvia hermoseaba los árboles y arbustos de afuera. Se trató de una imagen poderosa y muy plástica. Pensé, entonces, en la historia de una niña que ve el mundo externo, y me propuse hablar de ella, su madre y su abuela –un mundo bastante femenino– y de cómo a esa familia en la que el padre está ausente, llegan los milagros de la poesía, Oscar Wilde, la ópera, como paliativos.

A diferencia de una buena parte de los libros para niños, que tienen como premisa una trama llena de acontecimientos y acción externa, Selva de pájaros hace énfasis en el mundo interior y la subjetividad de una protagonista infantil inmóvil. ¿Por qué esa elección?

El tema de la enfermedad me interesa mucho. Los niños también enferman, se caen, lastiman, fracturan. A veces, tristemente, sufren quemaduras, accidentes, padecen una enfermedad crónica, son objeto de intervenciones quirúrgicas y tratamientos. Los niños viven duelos y miedo y, claro, son conscientes de su propia fragilidad. A Selva, la protagonista de mi historia, la ha atropellado un auto y, luego, le ha sido diagnosticado un problema en el corazón. Deberá pasar algunas pruebas, experimentar la magia, aprender a creer y saber cómo interpretar sus sueños, para, al fin, sanar.

La enfermedad, por otra parte, es un símbolo de los padecimientos metafísicos que todos los seres humanos sufrimos. Quería decir con esta historia, que todos, niños y adultos, en períodos críticos de nuestras vidas, necesitamos de un pequeño nido de algodón para poder recuperar las fuerzas que nos permitan seguir con la empresa de la vida.

¿Qué vincula y qué diferencia, desde tu mirada, a esos dos lbros?

El vínculo entre los dos libros son las relaciones entre el mundo infantil y el adulto. En mi opinión, debe haber una relación entre el padre y el hijo, la madre y sus vástagos, los hermanos mayores y los menores, los abuelos y los nietos, los viejos y los que recién nacen. En el pasado, las fiestas familiares juntaban a los viejos con los más tiernos… Tanto en Tony como en Selva de pájaros, los niños y jóvenes entablan relaciones con los mayores, a través del padre, los profesores, el abuelo, la abuela –no siempre armónicas relaciones–, pero importantes y necesarias para la construcción de la identidad personal. Otro vínculo puede ser la intensidad de las emociones y los afectos que caracteriza el modo de sentir de los personajes.

La diferencia es que Tony entrelaza varias historias, es más desenfadada, también en el lenguaje; se mete más o menos de frente con las estructuras de poder que se reproducen en escuelas y colegios como espacios simbólicos. Selva de pájaros transcurre en el hogar, que es la metáfora de la infancia; su lenguaje, en efecto, es más poético –incluso consta un poema que reinterpreta un cuento de Oscar Wilde. Hay dolor, pero sobre todo ocurre un milagro, que es uno de los regalos más bonitos del cristianismo.

¿Cómo se inserta tu obra dentro de la literatura infantil y juvenil de Ecuador? ¿Qué registros y temas te propones aportar a ese concierto?

Me interesa propender a que la calidad literaria de la LIJ en mi país se eleve. La literatura en general, sin los adjetivos que determinen subgéneros, supone una meta escurridiza que se nos escapa constantemente a todos. Quiero correr detrás de esa meta. Me interesa ser menos anecdótica para aportar con mayor profundidad y con ideas.

Quisiera poder ser divertida sin ser banal. Me gustaría poder crear obras que despierten el poder de la imaginación en los niños a través de un lenguaje más rico y poético. Me interesa, siempre me interesó, la posibilidad de crear discursos ambivalentes, polisémicos, que no cierren el ámbito de lectura e interpretación sino que lo expandan. Quiero decir que la simpleza debe ser un camino para llegar a la complejidad humana, que la humildad no supone tontería.

¿Qué echas de menos en los libros para niños que se publican en la actualidad? ¿Qué valoras más en ellos?

Echo de menos la poesía y la ternura, que no son cursis.

Echo de menos la búsqueda de belleza, porque creo que en un mundo donde la pornografía, la crueldad y la vulgaridad se han entronizado como objetos que se pueden comprar y vender todo el tiempo, se necesita de la belleza y lo sublime como componentes de la LIJ.

Echo de menos, empero, también, el carácter transgresor y desafiante que tiene toda gran literatura, especialmente, la infantil. En Pinocho, los cuentos de hadas, Pippa MediaslargasEl secreto de Lena, hay unos componentes que desestabilizan al lector, también al lector infantil, lo hacen dudar, trastocan el orden de jerarquías, el principio de autoridad. Aunque haya valores humanos grandes que implíciamente se proponen, el mundo creado transgrede ciertas fronteras, nos hace dudar.

¿Cómo definirías la literatura para niños y jóvenes?

Como un conjunto de obras de diverso género y subgénero que, con calidad literaria y honestidad intelectual y artística, se han escrito y escriben en diversas latitudes y cuyos destinatarios, iniciales o secundarios, son niños y jóvenes. Un conjunto de obras literarias que se promocionan y difunden dentro de circuitos literarios y artísticos y no bajo mecanismos publicitarios expresa ni exclusivamente comerciales.