Edith Vera.
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Edith Vera, entre el mar de libros que se edita

María Teresa Andruetto

Nació en Villa María, una ciudad del interior de Córdoba, Argentina, y ha permanecido ahí, insistente, fiel a ella misma, escribiendo una obra vasta a la que sólo nos deja asomar en parte, muy de tanto en tanto. Mucho se ha hablado de su escondite, acaso mucho más de lo que ella cree, en esa ciudad donde ha permanecido ovillada, escribiendo, oculta, pero también, justo es decirlo, preservada del mundo. Pero acaso sea ese esconderse, ese cuidarse de nosotros en el que ha puesto tanto empeño, lo que ha preservado su mirada primera, su posibilidad de ver en las cosas, otra cosa.

Cuando empecé a ocuparme, y a preocuparme, por la literatura que les ofrecemos a los chicos, esto es en l984, la poesía de Edith Vera, brillaba como una extraña gema en el vapuleado mar de los libros para chicos. Y no han cambiado, en ese sentido, demasiado las cosas, porque si la poesía, la verdadera poesía, es difícil de encontrar en este mundo, la poesía para los chicos es infinitamente más inhallable. En un campo tan resbaladizo, tan trajinado por el deseo de agradar, por las obligaciones pedagógicas, por el empeño en lo que debe ser, por lo políticamente correcto, por los manuales de buenas costumbres, por las necesidades curriculares, encontrar expresiones de auténtica poesía ha sido siempre un milagro. Un verdadero milagro. En ese territorio mal llamado (porque el adjetivo, que indicaba en principio a los destinatarios, se adhirió al sustantivo) literatura infantil cayó, en el año 1969, como el color que cayó del cielo, Las dos naranjas, de Edith Vera.

Hace de esto treinta años. La literatura para los chicos estaba, en Argentina al menos, como concepto, apenas iniciándose. Han pasado tres décadas, y hoy los libros para chicos han ganado un lugar sólido en la producción de bienes culturales. Se editan, en nuestro país, cientos y cientos de libros. Muchos ocuparán sólo una posición transitoria en el mercado, podrán ser reeemplazados fácilmente por otros... Las posibilidades que un libro tiene de ser visto, de permanecer, de asomar por sobre la avalancha de producciones, son tan remotas... Pasan y pasan en este mundo que hemos creado, los objetos, los programas de televisión, las noticias horrorosas, terribles, una cosa tapa a otra rápidamente. También a veces los libros pasan como un vértigo que no permite que quede en nosotros ni el vestigio menor de su existencia.

Sin embargo, los libros de Edith han permanecido, se sostienen intocables desde hace años, porque un gran libro es un libro capaz de quedarse en nosotros, en nuestros corazones, para siempre, como se quedan las personas que amamos. Un objeto capaz de permanecer vivo entre los libros, entre el mar de libros que se edita. Y somos nosotros, los lectores, con nuestra intensidad, con nuestro poderoso ejercicio de libertad, los que decidimos qué libros quedarán vivos en nuestros corazones, somos nosotros los que ofrecemos como territorio de siembra nuestro cuerpo, nuestra memoria, para que los libros se instalen, crezcan, permanezcan.