El día que explotó la abuela

El día que explotó la abuela. Flor Aguilera

"¿Encontraría a la Maga?". La primera línea de una historia es la mecha que hace estallar la bomba. O no. Si se extiende, y en el camino no saca ni una chispa, puede que el lector cierre el libro y vaya a buscar algo más inflamable.

Pero Flor Aguilera trabajó con la mejor pólvora. Las primeras líneas de 22 grandes novelas o cuentos fueron un pretexto para escribir 22 nuevas historias. El día que explotó la abuela (Alfaguara, 2013) es un libro de apropiaciones y reinvenciones; de nuevas respuestas para viejas historias.

¿Encontraría a la Maga, Cortázar, en Rayuela? Para Flor, no, nunca aparece, porque la Maga es una perra que escapa de su hogar aconsejada por un insospechado integrante de la familia.

En el siglo XVIII vivió en Francia uno de los hombres más geniales y abominables de una época en que no escaseaban los hombres abominables y geniales, pero no se trataba del asesino de mujeres obsesionado con los olores, Jean-Baptiste Grenouille, de El perfume, sino de un pirata: Karachunken, espadachín extraordinario, buscador de tesoros y creador de unos dulces aciditos que más tarde produciría el señor Willy Wonka.

De Madame Bovary sale una niña que termina recibiendo un Óscar, y de Por el camino de Swann una pequeña china que trabaja en una fábrica de celulares. Y en Ana Karenina la felicidad se encuentra en la mirada de un niño, tan especial como un unicornio.

Las ilustraciones de Manuel Monroy, que abren cada cuento, también son “una primera línea” que atrapa, un guiño que condensa y anticipa un momento climático de la historia o el rasgo más singular de un personaje. Una promesa de un momento, de un orden del mundo que está por quebrarse o que ya no es lo que era al principio del cuento. Sus dibujos invitan, con pocos trazos, a descifrar otros enigmas. Son mechas que también cumplen, y estallan.

Los cuentos de Flor a partir de frases iniciales son un homenaje a un rango amplio de autores que la marcaron en la juventud: Hemingway, Dickens, Flaubert, Tolstoi, C.S. Lewis, Proust, Quiroga, Rulfo, Bioy Casares, Saramago, Auster…

Escribió el libro durante una residencia artística en el Centro Banff, en Canadá, con una beca del gobierno mexicano en colaboración con el canadiense. En ese lugar, rodeado de bosques, estuvo en contacto con muchos artistas de otras disciplinas. La vida y las conversaciones eran animadas y raras, recuerda Flor. Quizá por eso estos cuentos tomen caminos tan singulares.

¿De qué novela clásica podría salir un presidente que lleva a su nana a vivir a Los Pinos; o un pueblo donde está prohibido morir porque ya no hay lugar en el cementerio; o una tía que tiene una máquina del tiempo en la tina del baño? ¿Y una niña que sale volando por su ventana o una batalla sin precedentes para ver quién es el más grande héroe: Harry Potter o David Copperfield?

Para descubrirlo, hay que abrir este libro que combina intertextualidad, humor y asombro, como la mejor bomba.

Pueden leer una entrevista con Flor Aguilera García en el blog Linternas y bosques.

Adolfo Córdova