La flor más grande del mundo

La flor más grande del mundo. José Saramago

"Las historias para niños deben escribirse con palabras sencillas, porque los niños, al ser pequeños, saben pocas palabras y no las quieren muy complicadas. Me gustaría saber escribir esas historias, pero nunca he sido capaz de aprender (...) porque, además de saber elegir las palabras, es necesario tener habilidad para contar de una manera muy clara y muy explicada, y una paciencia muy grande".

Estas palabras parecen una "declaración de principios" sobre lo que considera Saramago que deben ser las historias para niños. Pero además al reconocer, entre líneas, que hay cierta especificidad en el oficio de escribir para ellos, el autor retoma la eterna discusión que ha sido materia de tantos foros y de tantas preguntas retóricas: ¿Existe la literatura infantil? ¿Es literatura o, más bien, "subliteratura"? ¿Qué tan distinta es de la de los adultos?

Así como muchos escritores pueden caer en la tentación de "cometer versos", es cada vez más frecuente que los autores prestigiosos quieran escribir cuentos para niños. Quizás este no sea el caso del Nobel portugués, quien advierte a sus lectores que no hizo "más que un resumen" de una historia preciosa que inventó y que quizás ellos sepan contar mejor algún día. Como dirían los niños, con su poder de síntesis, "se trata de un niño que salvó una flor". Los que leyeron el libro conmigo, hicieron comentarios como éstos: "El tema es para niños pequeños pero está escrito para gente grande". "Uno no sabe dónde comienza el cuento ni dónde termina". "¿Qué le pasó al niño?, ¿cuánto duró?"; "¿Moraleja?... ¿cuál moraleja?".

Quise tejer esta reseña con impresiones de "niños de verdad" por dos motivos. El primero es obvio: a pesar de que ellos sean los destinatarios de los libros, casi nunca son tenidos en cuenta como lectores agudos y sensibles. El segundo motivo tuvo que ver con mi perplejidad: había algo en el libro que me seducía, pero había algo que me hacía dudar. Después de conversar con esos niños y con algunos de sus maestros, fuimos descubriendo, entre todos, que nuestras dudas coincidían con las del autor. Porque el primero en descreer de esos principios es el mismo Saramago. Su historia no tiene palabras sencillas ni es una historia, en el sentido convencional, sino una reflexión provocadora y llena de sutilezas. Él apela a los niños como interlocutores inteligentes, para compartir sus preguntas sobre la escritura y los
ideales. Y, así no lo diga, apela también a los adultos porque éste no es un libro fácil. Requiere contexto y acompañamiento para descubrir, más allá de la anécdota, esos acentos poéticos y cargados de ironía que caracterizan la voz inconfundible del autor.

Sería absurdo buscar facilidad en Saramago. De lecturas fáciles está llena la literatura de moda. Por eso, quizás sean los niños los primeros en apreciar una voz auténtica que les habla sin artificios y que los invita a tomar posiciones. Alguien de diez años podría decirlo mejor: "Es un libro poético, aunque honestamente yo no estoy en edad de poemas". De eso se trata: de dar distintas opciones y de ir más allá de lo que indican los cánones sobre cómo deben ser, en genérico, las historias para niños.

Yolanda Reyes