El oso que no lo era

El oso que no lo era. Frank Tashlin

Empecemos por esta verdad de Perogrullo que muchos editores y lectores conocemos. Gran parte de los libros que han sido escritos por sus propios ilustradores no suelen ser buenos. En numerosos casos, las ilustraciones resultan maravillosas, pero los textos son poco menos que desastrosos, sin gracia ni vuelo literario, porque el ilustrador suele querer asumir un oficio que no le pertenece, porque una cosa es dibujar bien y otra muy diferente escribir bien. 

El oso que no lo era, obra publicada en 1946 por el estadounidense Frank Tashlin, es una maravillosa excepción, porque su autor, además de ser un magnífico dibujante, desarrolló una larga carrera como guionista en el cine. De hecho, escribió varias películas de Laurel y Hardy (el famoso dúo conocido en muchos países como “El gordo y el flaco”); trabajó creando chistes para los hermanos Marx y Lucille Ball; Bob Hope le pedía ayuda para sus diálogos y hasta Jerry Lewis, para quien hizo los guiones de cuatro películas, afirmó una vez que él “no hubiera sido nadie sin Frank Tashlin”. También fue parte del equipo de escritores de Walt Disney.

Por otro lado, en su haber profesional como dibujante se inició como creador de historietas y luego transitó por la difícil y exigente escuela de los estudios de dibujos animados de Hollywood, donde fue el iniciador en 1941 de la popular serie dedicada a los personajes de La Zorra y El Cuervo. 

Este artista desarrolló un estilo de dibujo muy personal, con una mezcla de humor, ternura y crítica social que dejó patente en los tres libros para niños que escribió e ilustró. El más conocido de todos, El oso que no lo era, narra la historia de un oso que se retira a hibernar en una cueva del bosque. Durante esa temporada, llegan al lugar los hombres, con sus ingenieros, arquitectos y constructores, y en poco tiempo transforman el otrora hermoso y tranquilo bosque en un colosal complejo industrial, lleno de fábricas, chimeneas y obreros atareados.

Cuando el oso despierta, no logra reconocer su antiguo habitat. En su deambular por los edificios, tropieza con un capataz, quien le ordena que se ponga a trabajar. Cuando el animal protesta, diciendo que él es solo un oso, el hombre no le cree y le dice que es solo “un hombre tonto, sin afeitar y con un abrigo de pieles”. Se enfurece tanto ante la negativa del oso, que lo lleva ante su superior, quien le repite lo mismo; y así el pobre oso va pasando de oficina en oficina hasta que, poco a poco, se convence de que es lo que todos le dicen y se pone a trabajar ante una gran máquina durante muchos meses.

Deberá producirse un inesperado giro en los acontecimientos para que el oso recupere su identidad.

Este relato en clave de sátira, aunque escrito para el público infantil, tocará también las fibras de los lectores de  mayor edad, porque pertenece a esa categoría de obras que ponen de manifiesto los azares, las fatalidades y las incertidumbres que todo adulto ha padecido alguna vez en su vida. También es una metáfora sobre las dudas que aquejan a cualquier ser humano cuando queremos hacer o creemos ser algo diferente a lo que el resto nos dice. Más allá de estas y otras interpretaciones, se trata de una obra pionera que alerta sobre la destrucción de la naturaleza.  El oso de esta fábula es un personaje tierno y melancólico, cuyo destino hará reflexionar a niños y adultos por igual.
Daína Chaviano