Hipólito el Hipnotizador

Hipólito el Hipnotizador. Daniel Monedero y Mariana Villanueva

En Cuba cuando decimos "se acabó lo que se daba" significa dos cosas: que eso de lo que estamos hablando llegó a su fin; o que eso de lo que hablamos es lo máximo, y después de eso ya no queda más nada. Así de simple. Con Hipólito el Hipnotizador, del escritor español Daniel Monedero, se acabó lo que se daba. La colección Brincacharcos de la editorial CIDCLI, junto a la ilustradora mexicana Mariana Villanueva, no pudo crear un libro más maravilloso. O tal vez sí, lo que me hubiera hecho caer desmayada, pues con este caí electrocutada.

No exagero. Hipólito el Hipnotizador es maravilloso desde la portada hasta el rabo. Quiero decir el rabo de cualquier animal hipnotizado de un circo, pues aquí se sobran los circos, los animales y las cosas hipnotizadas del mundo.

Bien pudiera decirse que el narrador es el mismo Daniel Monedero, hipnotizado por su protagonista Hipólito, un niño cansado de hacer lo que los otros quieren que haga, que se rebela y aprende a hipnotizar y se convierte en... 

Ahora mismo yo escribo esta reseña, hipnotizada también, aunque no por Hipólito y sí por la Fundación Cuatrogatos, que me dijo "haz la reseña de esto" y yo la hago.

El cuento es que la manera lúdica en que Daniel Monedero ha narrado su cuento no tiene parangón. En cada página un giro y en cada giro un desenlace, y todo tan comiquísimo, tan riquísimo, tan divertidísimo. Hasta cuando Hipólito se da cuenta de que lo importante no es hacer cumplir sus deseos porque sí, sino aprender a dosificar sus deseos, ese aprendizaje lo consigue gracias a una dosis muy alta de diversión.

Las ilustraciones de Mariana Villanueva, repito, son de película. Me he visto tentada a arrancar la página donde Hipólito se cae de sus seis bicicletas, pero soy una adulta civilizada y he puesto mis manos atrás de la cintura. Sin embargo, prometo no devolver este libro aunque me acusen de ladrona de libros, porque Hipólito el Hipnotizador merece ser leído todos los viernes a la salida del trabajo, sentada en la esquinita de un asiento del metro. Y si no tengo trabajo ni voy en metro, sentada en la esquinita de mi sofá. Así de simple.
Legna Rodríguez Iglesias