Matu en el jardín

Lilia Lardone

El gigante da un paso. Luego otro. Y otro más. Abre su gran mano y arranca una margarita.

Ay, piensa el gato. Estamos en problemas.

El gigante agita la margarita, se la arrima a la nariz. El gato lo mira: la flor vuela y cae.

El gigante empieza a caminar. Sus pies aplastan varias margaritas sobre el pasto verde.

Uf, piensa el gato. Estamos en problemas.

El gigante se tambalea y sigue su camino. Un paso, otro, otro más. Cada vez más rápido.

Zas, piensa el gato. Estamos en problemas.

El gigante avanza sobre el cantero de claveles chinos, que desaparecen bajo sus pies. Más rápido, más rápido. Pisa una petunia rosada. Dos lirios blancos. Y el alelí violeta.

En su marcha veloz, se acerca peligrosamente.

Miauuuuuuuuuuu, maúlla el gato cuando el gigante le agarra la cola.

El gato salta a la ventana y piensa: ¡Ahora sí que el problema es mío!

Pero justo justo, se asoma la giganta.

–Matu, no hay que molestar al Michi.

–Ma…má –dice Matu. Ma…má.

Bamboleándose, va hacia la giganta y se abraza a sus piernas.

–Matu, mi tesorito…

Ajá, piensa el gato, así que es su tesorito… ¿Y yo? ¿qué soy yo?

La giganta pone al gigante en la hamaca roja, calzando con cuidado sus piernas regordetas en los agujeros.

–A volar, Matu, a volar –y lo empuja con suavidad.

De aquí para allá, de allá para aquí, la hamaca va y viene, viene y va. ¿Y esa mariposa? Para atraparla, el gato se sube al limonero y la persigue de rama en rama, pero la mariposa se pierde detrás de la tapia. El gato mira la hamaca: casi no se mueve y a la giganta no se la ve por ningún lado.

Epa, ¿qué pasa? El gigante dobla una pierna, la saca del agujero y apoya un pie en el asiento de la hamaca. Después, el otro.

–Miauuuuuuuuuuuuuu, maúlla el gato cuando las piernas del gigante tiemblan sobre el asiento de la hamaca.

Justo, justo, aparece la giganta.

–¡Matu! ¡cuidado!

–A…tá –dice Matu. ¡A...tá!

–Sí, ¡acá está el tesoro de mamá! –la giganta lo levanta en el aire y el gigante ríe a carcajadas.

Uy, ¿y quién me mima a mí?, piensa el gato.

Justo justo, la giganta lo llama:

–Michi…. michimiau… Vení, Matu no te va a tirar más de la cola –y cuando el gato se acerca, estira su mano y le acaricia la cabeza.

Ah, suspira el gato, ¡qué linda tarde de verano!