Perdido y encontrado

Toño Malpica
Para Sergio y Toni, quienes un día, de la mano, dejaron una isla para ganar el mundo. 
Qué gran suerte hallarme entre sus amigos.

Hay niños que pierden cosas. 

Un suéter, un balón, el dinero para la merienda.

Hay muchos de esos.

Y hay niños que encuentran cosas.

Un suéter que alguien más perdió. Un balón. El dinero para la merienda.

Maruquita era de esas.

De hecho, como estos niños son muchísimo menos comunes, podría decirse que Maruquita era una en un millón. 

Aunque… 

Ahora que lo pienso, Maruquita era una en siete mil quinientos millones. 

¿Por qué? 

Bien. Porque era única.

Única en el mundo. 

Maruquita no solo hallaba cosas sino que…

Las cosas la hallaban a ella.

Al principio era una gracia inofensiva. 

Ya sabes. De pronto, en su habitación, un paraguas que antes no estaba ahí. 

¿Qué? ¿Un paraguas que así, sin más, aparecía ahí?

Pues sí. 

Después de un poco de investigación resultaba que su abuela había perdido su paraguas (otra vez) y éste había decidido que estaría mejor con Maruquita que rodando por el mundo.

Ten, abuela. ¡Y trata de ser menos despistada la próxima vez!

Eso. Ya captaste.

Paraguas, juguetes, pelotas. 

Así. De la nada.

¡Fenómeno! ¡Colosal! ¡Asombroso!

Exacto.

Lucía, la niña del cinco, por ejemplo, perdía a su amiguito imaginario en el parque y, de inmediato, corría con Maruquita.

¿Maruquita, será que por casualidad…?

Maruquita hurgaba entre sus cosas y, en el mejor de los casos…

¡Gracias, Maruquita! ¡Te debo una! ¡Vámonos, Calabaza!

(De dónde sacan algunos niños los nombres de sus amigos imaginarios es otro misterio que no cabe en este cuento).

Sí, al principio era una gracia inofensiva. 

Pero después, ya sabes, se corrió la voz y…

¿Maruquita, no será que aquella sortija que no encuentro…?

¿Maruquita, no será que aquellos papeles tan importantes…?

¿Maruquita, no será que el calcetín que hace par con este otro…?

Dejó de ser una gracia porque bueno, ya sabes, hay niños que pierden cosas. Pero los adultos lo pierden todo. Y comenzaron a hacer fila frente a la casa de Maruquita.

Hubo quien hasta le preguntó por el sentido común de su padre de noventa años, que había decidido tirarse en paracaídas.

En efecto, perdió la razón, señora, pero yo no puedo hacer nada al respecto. Y no obstruya el paso, que me voy a jugar al parque.

En el mejor de los casos, te atendía Maruquita en horas de oficina. Y en el mucho mejor de los casos volvía de su habitación con, no sé, una valija, por ejemplo.

¿Es esta la maleta que le perdió la aerolínea?

¡Maruquita, te vas a ir al cielo! ¡Te debo una! ¡Vámonos, Rufina! 

(De dónde sacan algunos los nombres de sus valijas es otro misterio que no cabe en este cuento).

Llegó el asunto a ponerse tan pesado que un día Maruquita y sus papás llegaron a una resolución. 

No lo haría más.  

Se inventaron que estaba de vacaciones y pusieron un letrero en la ventana que decía: “La niña que encuentra ya no se encuentra. Lo sentimos. Feliz navidad.”

Era finales de enero. Por eso el letrero era tan conveniente. Hacía pensar a los paseantes que nadie atendería la puerta en un muy buen rato.

Y así, la fila de gente se deshizo y la paz volvió al hogar de Maruquita.

Al menos parcialmente, pues las cosas en el mundo seguían desapareciendo.

Y en la habitación de Maruquita… apareciendo.

Una dentadura. Unas gafas. Un balón. El dinero de la merienda. Un señor.

Y un perro lanudo.

¿Qué? ¿Cómo que un señor?

Y un perro lanudo.

¡Cómo que un señor!

Un señor. De traje y corbata y cara de espantado –dijo Maruquita después de despertar a sus padres a las tres de la mañana--. Y un perro lanudo.

Fueron los padres y constataron que, en efecto, en la recámara de su hija estaba un hombre de traje, corbata y confusión hasta las orejas. 

Y un perro lanudo.

Como el hombre no decía nada lo invitaron a quedarse a desayunar siempre y cuando prometiera marcharse después. El hombre asintió sin decir más y todos volvieron a la cama. Bueno, el hombre al sofá más grande de la casa usando un cobertor de trenecitos. Y el perro a un rincón bajo las escaleras.

Después del desayuno, el hombre, aún mudo, se marchó… 

…para volver a aparecer en el cuarto de Maruquita al instante. Todavía de traje, corbata y desazón.

El perro no dejaba de mover la cola.

Fue cuando todos vieron en las noticias que aquel presidente de aquel país tan poderoso había desaparecido. El mundo entero estaba conmocionado. Nadie sabía dónde se había metido. 

Excepto Maruquita y sus papás.

Le mostraron a aquel hombre su rostro en las noticias. Le explicaron que, por estar perdido, Maruquita lo había hallado. Y que bastaba con llamar a alguien para que…

En fin.

Fue justo cuando él recobró el habla.

¡No entiendo esta magia negra pero es una gran mentira! ¡Yo nunca me pierdo!

Esta vez no se quedó a almorzar ni nada. Volvió a atravesar la puerta…

…para volver a aparecer en la habitación de Maruquita.

El perro no dejaba de mover la cola.

¡No entiendo esta magia negra pero yo soy el presidente de un país muy poderoso y es imposible que esto me pase a mí!

Y salió por la ventana…

…para aparecer en el armario de Maruquita entre dos vestidos.

--¡No entiendo esta magia negra pero en mi oficina tengo un botón rojo que…!

Después de siete intentos, aquel presidente tuvo que reconocer:

De acuerdo, estoy perdido.

Y el perro, en efecto, no dejaba de mover la cola.

Entre todos consintieron que tampoco era tan grave. Bastaría con devolverlo y ya, como ocurría con todo lo que caía en las manos de Maruquita.

La niña, decidida, tomó el teléfono y le preguntó a aquel hombre a quién podía llamar.

El hombre dio una lista muy larga. El congreso, el partido, su esposa… Y eso sólo para empezar. La lista era de ciento veintitrés teléfonos.

Al final de ese día, Maruquita tuvo que notificarle, pasando mucha vergüenza y mordiéndose un pulgar y retorciéndose el cabello que…

Lo siento en verdad. Ninguno de los de su lista quiso reclamarlo, señor presidente.

Aquel hombre hizo una rabieta tal que el padre de Maruquita estuvo a punto de arremangarse la camisa, ponerlo en su regazo, y propinarle una buena tunda. Pero se contuvo enseguida porque el perro le gruñó un poco y aquel hombre de traje, corbata y toneladas de furia se puso, en seguida… 

A llorar.

Cuando al fin se calmó, tuvo que reconocer:

De acuerdo, estoy perdido.

Eso ya lo sabemos.

No –rectificó él--. Verdaderamente perdido. Absolutamente perdido. Completa y totalmente perdido.

Entonces les contó que aquella noche en que apareció ahí, se dio cuenta, por primera vez en su vida, de una terrible y estrujante verdad: que se había perdido por completo a sí mismo. 

Y se sorprendió, a las tres de la mañana, diciendo frente al espejo, sosteniendo su propia mirada, aguantando la respiración, que no sabía qué hacer, hacia dónde dirigirse, qué puertas tocar, qué leyes promover, qué cosas decir, qué frases de 280 caracteres inventar… 

Para saber siquiera quién era ese sujeto que lo miraba en su reflejo.

¡Qué remedio! No había nadie a quien llamar para devolver ese objeto perdido u olvidado, así que todos decidieron irse a la cama sin pensar en nada más.

El perro a aquel rincón bajo las escaleras.

Triste pero cierto. 

Aquel era un hombre en un millón. 

Aunque no… 

Ahora que lo pienso, era uno en siete mil quinientos millones. 

Único en el mundo. 

El único hombre en todo el planeta Tierra al que nadie quería de vuelta consigo. 

Esa noche Maruquita se soprendió sin poder hallar el sueño.

Fue a la cocina a tomar una manzana y, luego, a la sala, a aquel enorme sofá donde se recostaba ese hombre de traje, corbata y total desconsuelo. Como él tampoco dormía, se animó a preguntar.

¿Quiere que traiga mis cuadernos de iluminar y pintemos juntos?

Aquel hombre, en cambio, se preguntaba en ese momento si podría culpar a algún país lejano por lo que le pasaba. Maruquita, descalza y en camisón, se sentó en el suelo, comió de su manzana, abrazó sus rodillas y sostuvo una suspicaz sonrisa, como si no pudiera perder cosa alguna en el mundo porque ya lo tenía todo con ella.

¿Quiere que veamos juntos los dibujos animados? ¿Quiere que juguemos a las escondidas? ¿Quiere que brinquemos en los muebles? 

¿Quiere que nos disfracemos con las cortinas?

Aquel hombre no se decidía si entre el partido opositor o algún pueblo en el desierto con mucho petróleo.

A la mañana siguiente, los servicios de investigación del poderoso país hicieron lo propio y dieron con aquel que ocupaba todos los titulares de todas las noticias de todo el mundo. Al parecer se dieron cuenta de que no podían estar sin presidente, por mucho que les pareciera una mejor idea.

Así que aquel hombre volvió a su despacho y a su vida alegando que había estado jugando al golf, que no tenía por qué informarle a nadie dónde andaba y que le importaba un bledo lo que pensaran todos.

Pero decíamos que…

Hay niños que pierden cosas. 

Y hay niños que encuentran cosas.

Maruquita era de esas. Pero el día que se despidió aquel hombre de traje, corbata y cientos de preguntas sin respuesta dejó de hallar muñecas en su armario que no fueran suyas.

Fue justo después de que éste saliera por la puerta. El presidente, por un segundo que abarcó su vida entera, sintió que podría arrodillarse, abrazar al perro lanudo, decirle a la niña: “¡Maruquita, te vas a ir al cielo! ¡Te debo una! ¡Vámonos, Bola de estambre!” (De dónde sacan algunos los nombres de sus mascotas es otro misterio que no cabe en este cuento).

Pero la verdad es que no dijo nada. No se arrodilló ni nada. Se fue rabioso por la pérdida de tiempo. Y aquel perro lanudo por el que, en su niñez, había pegado tantos carteles en tantos postes de tantos lugares, prefirió no atravesar la puerta y quedarse con Maruquita.

Bola de estambre se había perdido en 1954 y había sido recuperado en el 2018. Justo cuando necesitaba ser hallado.

Exacto:

¡Fenómeno! ¡Colosal! ¡Asombroso!

Lo mismo que pensó Maruquita cuando, por primera vez en su vida, perdió un lápiz y una goma en el colegio.