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  • María García Esperón.

Asomarse a lo inagotable. Entrevista con María García Esperón

Sergio Andricaín y Antonio Orlando Rodríguez

María García Esperón nació Ciudad de México, en 1964. Escritora y periodista, realizó estudios de Ciencias Humanas en el Claustro de Sor Juana y de Letras Clásicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Las lenguas antiguas y modernas, la historia y la ciencia son algunas de sus pasiones. Dirige el grupo de flamenco Anís y Yerbabuena. Es autora de libros para niños y jóvenes como El disco del tiempo (Premio El barco de vapor 2004, SM y Conacultura), Tigres de la otra noche (Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños 2005, Fundación para las Letras Mexicanas y Fondo de Cultura Económica), Querida Alejandría (Premio Norma-Fundalectura 2007), Las Cajas de China, Mi abuelo Moctezuma y El anillo de César.

Durante tu infancia, ¿qué libros fueron clave en tu formación como lectora?

Conservo intacto el sabor del momento en que aprendí a leer a los 5 años, una especie de instante sagrado en el que a temprana edad fui consciente que era la llave de las revelaciones. Porque las letras, los signos, el alfabeto como hecho cultural, siempre me han inquietado. Las letras sostienen a la literatura, pero también a la historia, a la filosofía, al conocimiento trascendente. Las letras son portadoras de memoria.
Yo quería aprender a leer a los cuatro años para conocer las historias de la mitología griega que atisbaba en unos libros ilustrados. Gracias a mis abuelos maternos, en casa existían los libros fundamentales, ediciones espléndidas de las aventuras de Don Quijote, de Las Mil y una Noches, de la Ilíada y la Odisea, una colección de obras de Julio Verne del siglo XIX herencia de un tío bisabuelo francés. Mi madre es apasionada de la literatura francesa del siglo XIX y, además de enseñarme francés, me regaló a Balzac y a Hugo. El libro que me hechizó fue un ensayo histórico del académico catalán nacido en Cuba Ramón D. Perés. Esa maravilla de la editorial Sopena brindaba láminas y reflexiones atinadísimas sobre las grandes culturas y sus producciones literarias. De la muralla china al rey Arturo, del Olimpo al Valhalla, de las leyendas de la India a Robin Hood, el Cid, el romancero, el Cantar de Roldán. Fue ese libro el que a edad tan temprana, como los ocho y nueve años, alentó mi apetencia de mundo y de conocimiento –don con el que nací, no necesité ninguna campaña de animación a la lectura– y me hizo atisbar el complejo universo que es el producto cultural que llamamos libro. Grabados, láminas y fragmentos del texto se quedaron para siempre en mi memoria. En muchas ocasiones, en el salón de clase, me abstraía repitiendo –recalling, sería la palabra apropiada en inglés– partes de ese libro en mi memoria, rincones de los grabados, detalles de las láminas. La memoria de un niño es uno de los entes más maravillosos del Universo, como esos ojos u ocelos de los insectos, llenos de facetas que captan múltiples detalles de la realidad. Elige y recompone, guarda para después y extiende sobre todas esas memorias la posibilidad de revivirlas en la vida adulta, un sabor de inmortalidad.
A los nueve años leí Quo Vadis?, de Sienkiewickz, seguí con Ben Hur, de Wallace, y Fabiola, del cardenal Wiseman. Esto significó sumergirme en mi apetecida antigüedad clásica, y comprender que un escritor podía recrearla. Leí por gusto a Tácito, llegando al extremo de elaborar un diccionario de nombres romanos pues el libro no lo proveía. De los doce a los catorce años no hubo rincón de las novelas de Alejandro Dumas que no hubiera explorado. A Julio Verne lo leía acompañada de un atlas. A los trece me embebí en Salgari. Mis héroes literarios favoritos son los mismos hombres de los que me enamoré en la adolescencia: Nemo, Montecristo y Sandokan.


¿Cómo y por qué te vinculas como creadora a la literatura infantil? ¿Era una necesidad postergada o fue algo inesperado?

Empecé en el año 2003, curiosamente debido a un aparente fracaso. Tuve que cerrar mi estudio de baile y cante flamencos, y esa frustración fue el detonante para centrarme en escribir sobre un tema que me rondaba desde los 14 años: el mensaje escrito en jeroglíficos en el Disco de Festos. Otro factor importante fue mi cercanía con mi hijo, entonces de 9 años. Empecé a conocer los libros que le asignaban en la escuela –la colección El Barco de Vapor, principalmente–, y de esta manera me aproximé al mundo de la literatura infantil y juvenil contemporánea. Aunque estudié ciencias humanas con especialidad en literatura, abandoné ese camino por veinte años para abrazar el cultivo del arte flamenco, que es todo un universo y en cuyos contenidos mistéricos he estudiado, crecido y meditado mucho, vivencias que se han reflejado en mis libros sobre el mundo antiguo mediterráneo.
Empecé en la literatura infantil y juvenil a los 40 años, con mi bagaje de niña lectora –que conservo intacto, sin desilusión, sin cambios– y con un total desconocimiento del desarrollo actual de la literatura infantil y juvenil, autores, promotores, editoriales, etc. Una recién llegada que contaba con una herramienta poderosa: pasión por Internet y sus posibilidades de comunicación, pues desde 1998 encontré en la red –principalmente entre los anglosajones– un espacio de pluralidad, de diálogo y de cultivo creativo de los temas de la antigüedad clásica que más me gustaban. Como ejemplo, el estudio en línea del griego moderno. Esto, aunado a mi trayectoria como periodista cultural, fueron las bases sobre las que escribí mi primera novela.

¿Qué representa El disco del tiempo? ¿Fue tu primera incursión en la escritura para niños? ¿Qué saldo te dejó esa obra, además de obtener el premio El barco de vapor?

El disco del tiempo fue, es, una experiencia tan redonda como el objeto que le da nombre. Fue mi primera novela, construida en torno a un artefacto arqueológico que me fascinó desde adolescente tratando de develar un misterio que me inquieta, me sigue inquietando. Un mensaje en espiral, un misterio inacabable, un poema quizás, o una nemotecnia de hace 3 mil 600 años. Estudiado por altísimas inteligencias desde su descubrimiento en 1908, conserva altivas sus preguntas, defiende tácito sus misterios: ¿qué dice?, ¿en qué idioma está escrito?, ¿quién o quiénes lo forjaron? La novela creció al parejo de la investigación en Internet, siguiendo la vida cotidiana –y convirtiéndola en novela– de un muchacho real, Philippe Plagnol, a quien conocí en 1998 en su página web sobre el Disco de Festos: www.disque-phaistos.fr.

Philippe y yo tenemos una gran amistad, una amistad peculiar, en cierto modo nos dimos a luz el uno al otro a partir del interés y pasión mutuos por el Disco de Festos y la cultura minoica.

El premio El barco de vapor fue mi puerta de entrada a la publicación en editoriales. Es un libro bien recibido en colegios porque trata de los mitos griegos, de la cultura griega y de su descubrimiento y estudio a través de Internet. No creo que sea un libro cabalmente comprendido porque en realidad es muy sofisticado, además de que ha sido dirigido a niños de 11 y 12 años que carecen de referentes del mundo que presento: la cultura minoico-micénica que posibilitó tanto la creación de los poemas homéricos como siglos después el milagro griego. Para transitar por esta novela es deseable que el joven lector tenga cierto bagaje de conocimientos (uno de los capítulos se levanta sobre la teoría platónica del lenguaje), experiencia sobrada en Internet, computación y sus recursos combinatorios, para que pueda jugar con el texto con inteligencia y cultura y, ¿por qué no?, se atreva a intentar descifrar el mensaje del disco de Festos. Cinco años después de publicado me escribió un chico de 15 años extraordinariamente inteligente con ese perfil. La experiencia maravillosa de intercambiar correspondencia en torno a la lectura del libro con alguien tan especial como ese niño, que espontáneamente aplicó el análisis combinatorio a la tabla de signos y estableció paralelismos con la tabla periódica de los elementos, la he volcado en un blog: http://discodeltiempo.blogspot.com.


Si a nivel del destinatario el recibimiento ha sido un tanto tibio, en lo que respecta a contenidos y movimiento interior del libro he sido sobrepasada por lo logrado. A través de El disco del tiempo entablé comunicación con unas expertas en micenología que trabajan en París, en la interpretación de la escritura de las tablillas de Pilos –escritas en Lineal B. Ellas son Enriqueta y Tina Martinotti y su interpretación de las tabillas está en estos momentos revolucionando la micenología. Ellas utilizan recursos de polisemia y metonimia para arrancar los secretos a los silabarios micénicos. Los resultados obtenidos ubican estos mensajes milenarios más del lado de la poesía, como una enunciación de lo sagrado, que como simples listas contables, o listados de productos, que así han sido interpretadas hasta ahora.
El disco del tiempo tiene dos secuencias, El disco del cielo y El disco de Troya, que no resultaron interesantes para la editorial y que yo publiqué en ediciones de autor y con venta por Internet. He tenido ventas mínimas, pero al mismo tiempo la satisfacción de ser la primera escritora que convirtió en novela el importante hallazgo del Disco de Nebra, en Alemania en 1999, dado a conocer en 2003, pieza arqueológica que podría relacionarse con el Disco de Festos y que hoy por hoy es motivo del orgullo alemán, con un museo en Halle –Sajonia Anhalt– rediseñado en torno al también llamado –como en mi novela– el “disco del cielo”. La tercera novela –El disco de Troya– se teje en torno de la Égida como tesoro cultural y versa sobre la fundación de Troya.

¿Cómo fue el proceso de escritura de Tigres de la otra noche? Mientras escribías los textos, ¿tenías algún destinatario en mente? ¿Qué te llevó a enviar el manuscrito a un premio de poesía infantil?


Me encontraba escribiendo Querida Alejandría cuando al “hojear” páginas web para descansar de la escritura, hallé la convocatoria del concurso. Casi sin pensar, abrí otro documento en word, paseé la mirada por la habitación para encontrar un tema y vi un pequeño tigre pegado en mi computadora, un tigre de goma que había realizado mi hijo cuando estaba en preescolar y que yo había guardado por su encanto infantil, y escribí el primer poema, que es una invocación. En esa misma tarde, de un tirón, escribí los veinte poemas breves, llamaba a mi hijo y se los leía y al mismo tiempo se los enviaba a mi madre por email. Ella me llamó por teléfono llorando al anochecer, pidiendo que no se terminaran los tigres, que no se fueran… y su sentimiento me otorgó el final del poemario:


Mi tigre regresó
la otra noche…

Jamás había escrito poesía. Sí he sido lectora de poesía –mi preferida es la poesía española de la primera mitad del siglo XX, mis autores Antonio Machado, García Lorca, Miguel Hernández y Alberti, cuyas obras me sé de memoria en gran parte–, pero como escritora me ubico en la narración. Sin embargo, ese momento de creación del poemario fue, y así lo recuerdo, como un instante privilegiado, un largo instante sagrado en que me fueron deparados –que así lo diría Borges– esos poemas. Tigres de la otra noche no es un esfuerzo. Tigres de la otra noche es un don. En la rueda de prensa en que se anunció que yo había ganado, manifesté: “Yo no escribí los Tigres de la otra noche, los escribieron los grandes autores a través de mí”. Lo sigo pensando. Lo pienso más ahora que en esa mañana de noviembre de 2005 en que lo dije, pues he tenido oportunidad de comprobar los efectos de esos poemas en las personas, las imágenes que les suscitan, los sentimientos que renuevan y la fuerza espiritual que poseen.

¿Por qué un libro sobre tigres? ¿Te sientes atraída o vinculada de alguna manera a esos animales? ¿Simbolizan algo para ti? ¿O son un motivo puramente literario?


Yo conocí a Borges, su literatura, hasta los veinte años. Con asombro comprendí que su canon literario había sido en buena parte el mío, con importantes excepciones y guardando por supuesto todas las distancias que se le deben a un autor de esa magnitud. La relación de Borges con el tigre describe perfectamente mi relación con los antiguos textos que me enamoran, con los jeroglíficos que no puedo leer, con las letras que no comprendo, con los idiomas perdidos, con el amor imposible. El cuento “La escritura del dios”, el libro El oro de los tigres, la palabra “otro” y “otra” tan usada por el genial argentino, los remito a la descripción de esa realidad que no podemos ver, pero que es la fuente de la grandeza del espíritu humano. La podemos llamar con muchos nombres, solamente el mito y la poesía pueden intentar explicarla. Hay un pasaje bellísimo de la Ilíada en que Atenea le quita al guerrero Diomedes la tiniebla de los ojos para que pueda distinguir quién es dios y quién no lo es. Pues si no tuviéramos tiniebla en los ojos, podríamos descifrar la escritura del dios, las rayas del tigre, los dibujos de las llamas, los alfabetos del agua.
El tigre es lo irreductible, lo salvaje, lo inmisericorde, lo bello. El fuego es intensamente bello y quema, el agua es estremecedoramente bella y puede ahogarte, el tigre tiene una insoportable belleza y puede desgarrarte, devorarte. Su peligro es su fuerza. Y por si fuera poco, Borges nos lo dibuja como metáfora del tiempo. El tiempo es el tigre que me devora pero yo soy el tigre, dice. Y abusando de su generosidad de poeta utilizo su expresión para descubrir lo que me ha pasado con ese libro, y lo que me seguirá pasando. Como al héroe Diomedes, por un breve tiempo el ganar ese premio me quitó la tiniebla de los ojos, sufrí días de insomnio de los que perdí la cuenta y tuve una experiencia mística, la llamada “transmutación radical de la experiencia temporal”. He arañado el cielo con ese libro. Pero también he sufrido mucho debido a ese libro y llorado amargas lágrimas provocadas por la incomprensión y la indiferencia, por la desilusión y, en una ocasión, por el uso oficialista que se le dio a ese libro para justificar el proyecto político de una funcionaria de educación pública, desvirtuando toda su esencia y lo peor, con mi autorización, pues no supe reaccionar a tiempo para salvarlo y salvarme. Necesité un año entero para “curarme” de esa traición a mi propio libro.

Pero es que el fuego quema y el agua ahoga. El tiempo consume. El tigre devora. Por eso los Tigres de la otra noche no pueden ser para mí simplemente literatura, aunque a la Mallarmé, hayan ido a parar a un libro. Un libro ilustrado, además.

A tu juicio, ¿existe una poesía para niños o simplemente una poesía que también pueden leer los niños?


Existe solamente una poesía. Y su definición, que es para mí, la que dio Platón: ese algo liviano, alado y sagrado.

¿Qué tipo de niños crees sintoniza mejor con ese libro?

El niño en el adulto, definitivamente. Hace poco, un amigo de mi esposo, un ingeniero de 60 años, leyó frente a mí los veinte poemas. A la mitad levantó la vista y con unos ojos diferentes a los que tenía antes de comenzar a leer, me dijo: “Me estoy acordando de mi infancia”.
El niño en el adulto es también un niño importante. Un niño muy importante. Un niño real. La infancia es el pozo del ser, ha dicho Gaston Bachelard. Tocar el misterio de la propia infancia es una de las experiencias más intensas y transformadoras que pueda tener un adulto.

¿Qué es para ti la poesía?

El poder misterioso que todos sienten y no se puede explicar, en palabras de García Lorca: el duende. No es cosa de todos los días, ni siquiera se puede inducir, viene de esa especie de realidad sagrada que de repente aflora en la creación en acto, a veces sin palabras como en un momento de danza, en un quiebre de la muñeca del torero ante la media luna del toro. Hablo de duende, de luna y de toro (curiosamente personajes de El disco del tiempo: Pasifae, la luna; Minotauro), de la tradición mediterránea –constitutiva de nuestra cultura latinoamericana– que es una tradición de sangre. La sangre como ligación entre los orbes, la libación de los antiguos a la tierra, el murmurar las palabras del ritual, que son siempre un poema. La sangre sustituida por el vino, fruto de la tierra, la transmutación milagrosa de las religiones mediterráneas.
La poesía expresa nuestra vinculación con el misterio, nuestra vocación de inmortalidad, nuestra apetencia de muerte porque solamente la muerte le da su sentido cabal a la vida. Yo te plantaría, muerte, por ver si verdeabas, dijo el poeta español transterrado en México Luis Rius. Así mirada, es la poesía fuente de sentidos, viaje al origen, viaje a través del río del tiempo, para remontarlo, no para describirlo como una serie de sucesos al infinito, sino para conquistar el poder de estar presente en el tiempo original, que es la edad de oro. Y esto era, a fin de cuentas, la raíz y el cometido de la poesía de tiempos de Homero: técnicas más que literarias, sagradas para remontar ese río temporal a través de la Memoria. Mnemosine, según Homero, es la deidad que canta “todo lo que ha sido, todo lo que es y todo lo que será”.
Otra definición de poesía que me eleva y entusiasma la tomo de una inscripción órfica en una lámina de oro que acompañó hace muchos siglos a un muerto afortunado: el agua fresca que fluye del lago de la Memoria.

¿Qué puede aportarle la lectura de ese libro a un niño?

Tal vez, y solo tal vez, refrendar su derecho de soñar, usando otra bella expresión de Gaston Bachelard. Los niños soñadores –aunque creo que todos los niños son soñadores– son a menudo tildados de distraídos, raros o atípicos. Es en la ensoñación donde el ser del niño se expande, donde toma contacto con su soledad, misma donde encontrará o más bien, no encontrará los límites de su alma, tan profundo es su logos, como dijo Heráclito. Ese tesoro de la ensoñación infantil es el que evocado en la edad adulta, reactualizado, puede liberar la increíble fuerza del espíritu humano, que no tiene por qué ser propiedad exclusiva de los grandes hombres que en el mundo han sido, sino de cualquiera que recuerde que en algún tiempo era capaz de distinguir al tigre escondido en la alfombra, con su poder, su complicidad y su peligro.

Tu libro de versos y la novela juvenil Querida Alejandría, con la que recibiste el premio Norma-Fundalectura 2007, parecen ser proyectos diferentes, no solo por el género, sino por los destinatarios. Más allá de esas distinciones obvias, ¿qué puntos en común existen entre ellos y en qué difieren?


Surgieron en la misma disposición creativa. En un proceso de escritura muy parecido, ambos son producto de ensoñaciones alimentadas a lo largo de años de lecturas y estudios muy libres y placenteros, de expansión espiritual. Ambos se escribieron desde anima –la intuición, el sueño– más que desde animus –el intelecto, el razonamiento. Ambos están comprometidos con la libertad, con la libertad del ser humano, con la individualidad. El valor del individuo es infinito –el tigre, cazador solitario; Cleopatra Selene, constructora solitaria del sentido de su existencia enmarcada en el cuadro general de la Historia del mundo.
Los dos libros fueron publicados al mismo tiempo, el mismo año: 2007, con el “lustre” –pero esto no es muy importante, porque no es esencial– de ser libros premiados. De alguna manera se ayudaron, se fortalecieron. Los dos han sido mejor recibidos y notados fuera de mi país. Querida Alejandría es mi libro colombiano y Tigres de la otra noche me abrió las puertas de la publicación en España y ha sido convertido en Argentina en un libro infinito, que sobrepasa mis alcances, por la lectura de la especialista Adriana Canseco, cuya reseña me trajo a las páginas de Cuatrogatos.
Tigres de la otra noche, a diferencia de Querida Alejandría, es un libro ilustrado. Poderosamente ilustrado por Alejandro Magallanes. Es el único libro álbum en el que está mi nombre, yo me ubico más en otro lado, un lado difícil, poco comercial, para el que no existen lectores inducidos o sensibilizados en los últimos años y no en boga: una literatura sobre el mundo antiguo, sin ilustraciones, que no trata ni de magos, ni de dragones ni vampiros, ni de mundos fantásticos paralelos, sin denostar en lo más mínimo a estos temas que tienen su razón de ser y mucho menos a sus autores, que se merecen plenamente la aceptación y el éxito del que disfrutan sus obras… simplemente constato una realidad, una realidad desquiciante y difícil de sobrellevar para mí como creadora y como persona. Sentimientos, además, que he tenido desde niña, cuando buscaba a los griegos en la escuela o en las conversaciones con mis amigos sin encontrarlos.
El mundo de mi nostalgia, su sistema de valores, fue expulsado a principios del siglo XX por la revolución de las nuevas tendencias estéticas, por los órdenes políticos que se impusieron después de guerras que dejaron exhausto al espíritu humano. Capitalismo y socialismo, esas antípodas, coincidieron en la abolición del pasado y sus valores, en la proscripción del humanismo. Basta revisar los libros de texto, los planes de estudio, los libros de enseñanza de idiomas… La cultura se desangró a sí misma. Exangüe y hambrienta acusa en sus enfermedades sociales, en su superficialidad y en sus adicciones, su necesidad de renacimiento.

Háblanos ahora de la novela. ¿Cuál fue su génesis? ¿Por qué un libro inspirado en ese universo? ¿Eres estudiosa del mundo egipcio?

Querida Alejandría viene de mi más remota infancia, de mi amor por las antiguas civilizaciones, por el mundo griego y romano principalmente, pero también de mi fascinación por Egipto. Uno de mis grandes héroes, a la altura de un Newton y un Einstein, es Champollion, el francés que descifró la piedra de Rosetta y que restituyó la llave para comprender las antiguas inscripciones jeroglíficas, masacradas por los cristianos, por quienes no tengo simpatía. Por eso fue tan “fácil” para mí escribir la novela, tan deleitoso, como si una voz me la dictara.
Un momento que siempre rescato es la lectura de la biografía de Cleopatra VII por Emil Ludwig. Sin darle importancia el biógrafo, el excelente biógrafo, menciona a Cleopatra Selene, la pequeña hija de la gran reina. Fue para mí como una descarga eléctrica, como si desde las páginas de ese libro la niña se parara de puntillas para hacer oír su voz, para hacerse escuchar por alguien que pasara por ahí. Quien pasó fui yo.
Pensé escribir una novela de cien páginas, dividida en cinco capítulos de veinte páginas cada uno. Al pretender dar título a los capítulos pensé que sería rebuscado, tratándose de cartas, me remití al personaje, Cleopatra Selene, y pensé que ella hubiera puesto números. En griego antiguo los números se expresan mediante las letras del alfabeto: alfa, beta, gamma, delta, épsilon. Posteriormente encontré el dato de que los barrios en la antigua Alejandría se distinguían con las letras del alfabeto griego. ¡Y que eran cinco! Así comprendí que sin quererlo conscientemente había construido una novela que era el arquetipo de la ciudad anhelada por el personaje a través de mí, y que Alejandría era una de las formas de mi nostalgia. Proveniente del mundo griego existía un juego con los cinco barrios y sus vocales: Alexandros Basileus Genos Dios Ektisen… polin aeimneton (Alejandro, hijo de Zeus construyó… una ciudad inimitable). ¿Podremos, alguna vez, imitar a Alejandría? ¿Hacerla renacer, arrancarla de las aguas del sueño?

Alejandría es, como la Memoria, otro ente fascinante del Universo. Actualmente forma parte del mundo árabe, tan diferente del complejo de civilizaciones europeas, africanas y asiáticas que en su momento la fundaron. No existía el Islam cuando nació Alejandría. No existía el cristianismo. Existía una individualidad fulgurante, la de Alejandro Magno, hijo de Filipo y alumno de Aristóteles, amante de Hefestión, esposo de Roxana y amigo de Tolomeo, con su enorme sueño de llevar el espíritu helénico al Asia multiforme, de fundir ambos mundos. Un sueño. Alejandría es un sueño, por eso nos fascina, porque nos elude como una sirena, porque la Alejandría de Cleopatra y César, de Cleopatra y Antonio, se encuentra sumergida en su bahía, asulagada (término gallego para designar a los pueblos sumergidos) en su Mediterráneo. Yo hago votos porque no encuentren, como vienen anunciando, el sepulcro de Cleopatra y Antonio. ¿Por qué convertir en esqueletos y en sujeto de laboratorio y análisis la libertad individual de adueñarse de la propia muerte? ¿Por qué destruir algo tan hermoso y convertir en trofeos los restos de quienes murieron precisamente para no ser exhibidos como trofeos...?

¿Qué rasgos aprecias más en una narración destinada al público de los niños y jóvenes?

Un conjunto de rasgos que pueden encontrarse en las grandes obras literarias consagradas por la tradición. Los griegos, el libro de las noches árabe, las aventuras de Don Quijote, la obra de Shakespeare, el corpus verniano, los libros de Dumas, la literatura “infantil” de Andersen y de Wilde (que es iniciática y de terrible belleza)… todos ellos se identifican porque el lector experimenta a través de su lectura un proceso de transformación, de crecimiento, se involucra en una alquimia a fin de cuentas, entendiendo por alquimia el arte y la ciencia de la transformación. El niño, el joven, es un ser en proyecto, en el camino del crecimiento, de la transformación (el adulto también lo es, pero tiende a esclerotizarse, a no abandonar lo que se conoce ahora como “zona de confort”, pues cambiar y transformarse es, como el amor, muy doloroso).
Otro rasgo que podría caracterizarse como mágico se encuentra también en los libros mencionados: dan la impresión de que no terminan nunca, como el recurso del “cuento de nunca acabar”, que fascina a los niños pequeños y a veces desespera a los adultos que tienen que repetir una y otra vez lo que para ellos es una estructura lingüística gastada y para los niños es una cueva de tesoros. Libros a los que se puede regresar, una y otra vez, y siempre guardan algo.
Los libros para niños y jóvenes que me gustan son los que ayudan a los lectores a revelar, a descubrir verdades esenciales que en último término se encuentran en ellos mismos; los que propician que los lectores se asomen a lo inagotable, que sean tan esenciales, tan flexibles, que puedan convertirse en literatura oral, en cuento narrado en alta voz, adaptado a las características y edad del oyente y desprovisto de letra y soporte, que retorne a su condición de sueño.

¿Qué diferencias observas, como creadora, en el proceso de escritura de un libro para adultos y uno dirigido a niños y jóvenes?

Ninguna. Al escribir no he pensado en los lectores divididos en segmentos de edad. He tenido la necesidad casi orgánica de expresar determinados mensajes, narrar determinadas historias, dar voz a ciertos silencios. No he escrito para niños y jóvenes. He escrito. Los adultos han recibido bien mis libros, se han sorprendido con ellos, me han manifestado que han crecido a través de su lectura. Les han despertado el entusiasmo. Otro cantar es el panorama de la literatura adulta actual, que casi por definición excluye los temas que me gustan, mi enfoque, mi sensibilidad, percepción, etc. Mundo del que soy ajena.

¿Cómo se insertan tus libros, temática y estilísticamente, dentro del panorama de la literatura infantil y juvenil que se edita actualmente en México?

Mis libros no encuentran lugar en este panorama. Freudianamente, he sido excluida “por olvido” de algunas listas, algunos catálogos, algunas celebraciones. He hecho corto circuito con varias personas que amablemente se han acercado para ayudarme a promover mis libros, lo que lamento por el dolor que les he causado. Mis temas y tratamiento contradicen lo que ciertas corrientes en boga efímera recomiendan: un libro para niños debe ser lúdico, irreverente, antisolemne, humorístico, que se lea de un tirón y de preferencia que no enseñe nada, para eso están los libros de texto. Griegos, ni pintados. Se fomenta también la figura del antihéroe en lugar de la del héroe en este mismo buen deseo de quitar lo solemne a la literatura infantil para no ahuyentar a los lectores. Algunas corrientes privilegian la cacofonía y la coprolalia como puertas para despertar el interés del niño o joven y “motivarlo para que lea”. Esto me parece en principio desagradable y me ahuyenta.

También considero que en México el estado tiene demasiada injerencia en la construcción del panorama de la literatura infantil y juvenil. Y esto desvirtúa el hecho literario, hay presentaciones de libros que, además, son entregas de premios donde el discurso principal lo da un funcionario público que ni ha leído el libro, ni le interesa la literatura y que da al traste con todo el esfuerzo de creadores y editores. El estado aparece como filántropo que promueve la literatura infantil y juvenil, pero de una manera tan desabrida, tan poco comprometida… que lo que hace, desde mi punto de vista, es darle el beso de la muerte. La figura del escritor desaparece, se opaca y el funcionario adquiere lustre y brillo para su próxima incursión en política. (Los libros para niños son buenos, yo promuevo libros para niños, ergo yo soy bueno, vota por mí.) Son personas con buenas intenciones y con nula formación literaria que piensan que como se trata de literatura para niños es buena per se y que no hay que esforzarse mucho para leerla y juzgarla.
El panorama de la literatura infantil y juvenil mexicana no representa un ambiente favorecedor para mi literatura, sino todo lo contrario. Yo diría que la expulsa y repele en una reacción de su sistema inmune, como el organismo a un agente patógeno. Sus resortes internos apuntan de manera anónima y sin animadversión personal alguna a suprimir libros como los míos, a descartarlos.
He dirigido mi creatividad y energías a Internet, que es además el ambiente en el que me siento más feliz, en donde respiro a pleno pulmón y donde, hoy por hoy, me he encontrado con las fuerzas vivas de la creación y del diálogo, sin distinción de países ni de lenguas. Pienso que más que una autora de literatura infantil y juvenil mexicana soy una escritora de la Red y de la transición entre el libro tradicional y un libro electrónico que sea poliédrico, interconectado, no estático, en el que su orden sea mudanza (en la expresión del autor de La Celestina), cambiante porque la realidad es cambiante, y porque pueda transformarse a partir del diálogo con lectores que son tan creativos o más que el autor. Eso de algún modo incipiente ya lo he vivido a través de mis blogs.

¿Con qué autores nacionales o extranjeros te identificas más, de cuáles de ellos te sientes deudora en este terreno literario?

Me identifico plenamente con la obra de la autora belga Marguerite Yourcenar. Tengo una gran afinidad espiritual con esta autora a la que considero mi maestra. La he leído en francés, percibiendo al mismo tiempo en sus textos el griego y el latín, y a través de su lengua purísima, de su poesía incomparable, he entrevisto que los sentidos, las verdades esenciales están más allá de los idiomas, de las distinciones entre los sexos, de las edades y del tiempo. Recreé para niños la esencia de su cuento “Cómo se salvó Wang Fo” en mi libro Las Cajas de China, no solamente en un homenaje a este titán universal que es Marguerite, sino en una profesión de fe que –y he tenido ocasión de comprobarlo– los lectores niños y adultos reciben íntegra.
Mi otro maestro es el notable escritor y arqueólogo italiano Valerio Massimo Manfredi. Antes de leer su novela Paladión consideraba que no tenía sentido aventurarse en los temas de la antigüedad clásica, que no están en boga. Leer a Manfredi fue recibir un espaldarazo. Tal vez algún día yo pueda decirle a este autor, como Dante a Virgilio: “Tu duca, tu signore, e tu maestro”, porque su enorme conocimiento, su entusiasmo, su vigor y fortaleza de hombre y de escritor han traído a flote resplandecientes porciones de la historia antigua. Sus novelas han demostrado que los temas clásicos, además de las razones por las que son clásicos, también pueden ser best sellers (sin que yo considere esa condición el ideal de ningún modo).
Ambos escritores, tanto Yourcenar como Manfredi, sin estar ubicados en el ámbito de la literatura infantil y juvenil, han escrito obras que a mí me hubiera gustado leer como niña y adolescente.

¿Sueles tener encuentros con tus lectores infantiles y juveniles? ¿Cómo son? ¿Qué te aportan?

Mis encuentros son muy intensos porque soy una persona de escenario. Tengo mucha conexión personal con los adolescentes y también con los niños. En un primer momento he ido con editoriales, la gira que hice con Norma en varias ciudades de Colombia fue arrasadora, fulgurante. 

Con Querida Alejandría he vivido experiencias colectivas muy intensas, por su carga de emoción, de perspectivas, de evocación. Evocar ese mundo perdido de Alejandría, las hazañas de Alejandro, el destino de los hijos de Cleopatra y Antonio en aulas llenas de adolescentes me ha llenado de satisfacciones. Particularmente y a riesgo de verme sexista, me ha impresionado la reacción de los varones al entrever las dimensiones de esos héroes, el carisma de Alejandro, la inteligencia de Julio César, la pasión vital de Marco Antonio, la sagacidad política de Octavio… tomando en cuenta que la perspectiva de Querida Alejandría es muy femenina.

¿Qué es lo más curioso (o gratificante, o sorprendente, o desconcertante) que te han comentado tus lectores?
En Colombia, una chica me preguntó: ¿Qué ha sido lo más hermoso que te ha dado el Premio Norma-Fundalectura? Ella había leído Querida Alejandría y toda su persona trascendía que se había quedado enamorada del mundo de Cleopatra Selene. Me lo dijo con tal expresión en los ojos, con tal belleza reflejada en las pupilas, que la respuesta me brotó de lo más profundo: “Tu mirada”.

Vivo en una pequeña población del México rural, que se llama Tequisquiapan. En una escuela, toda la primaria leyó mi libro Las Cajas de China durante un mes y las maestras les crearon la expectativa de mi visita al final de la lectura. Cuando aparecí en la escuela y un niño se dio cuenta de mi presencia, sin decirse nada unos a otros, todos los niños que se encontraban en el patio corrieron a abrazarme, en silencio, con un afecto y una energía también difícil de describir. Por la noche hubo fuegos artificiales en el pueblito (se celebraba la fiesta de un santo), y una nena de nueve años llamada Megan dijo a su madre: “Hoy hay fuegos artificiales porque María García Esperón vino a nuestra escuela”.

Y para terminar, una adolescente colombiana puso en su lista de libros preferidos de Hi5 la siguiente selección:

Cien años de soledad. Autor: Gabriel García Márquez.
Querida Alejandría. Autora: María García Esperón.
La Biblia. Autor: El Espíritu Santo.

¡Ser mencionada entre el gran Gabo y el Espíritu Santo, francamente, no se puede pedir más!

Y por último… ¿para qué sirven los certámenes literarios?

Para crear ilusión en los autores y como parte de las estrategias de marketing de las editoriales para vender libros, aumentar su prestigio en el ambiente cultural y propiciar su expansión a otros países.

Si el autor se ilusiona y sueña, crea obras que tienen su oportunidad ante jurados que en la literatura infantil y juvenil han demostrado ser muy calificados, imparciales, comprometidos y sinceros –en su mayoría son escritores. Yo he concursado mucho, he ganado, pero también he perdido. Jamás he sentido inconformidad ni desazón por perder y siempre me he ilusionado en el proceso. Ese sentimiento me ha convencido de que no importa cuál sea el resultado del certamen, quien concursa, siempre gana. Porque, como dijo Rubén Darío, “la primera ley, creador: crear”. Esa su satisfacción. Ese su triunfo.