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  • Gloria Cecilia Díaz.

Gloria Cecilia Díaz: "Todo puede volverse literatura, basta que me emocione"  

Sergio Andricaín y Antonio Orlando Rodríguez

Gloria Cecilia Díaz nació Calarcá, Colombia. En el año 2006 le fue conferido el Premio Iberoamericano de Literatura Infantil y Juvenil Ediciones SM. Estudió Licenciatura en Lenguas Modernas en la Universidad del Quindío. En 1992 obtuvo su doctorado en Letras, en la Université de Paris III-Sorbonne Nouvelle, en París, con la tesis "Les contes pour les enfants en Colombie". Su bibliografía incluye las obras El secreto de la laguna (1991), El valle de los Cocuyos (Premio El Barco de Vapor 1985), La bruja de la montaña (1990), El sol de los venados (1992), El árbol que arrulla y otros poemas para niños (1995), Óyeme con los ojos (2000), La botella azul (2002) y La otra cara del sol (2007). Sus libros se han traducido a diversas lenguas.

¿Cómo te convertiste en escritora de libros para niños?

Hace muchos años, cuando vivía en Colombia, me llamaron de una editorial para proponerme que escribiera cuentos para niños; fui sincera y les dije que había escrito poemas sobre los niños, pero no para los niños. Se trataba en realidad de unos textos complementarios para un programa de español dirigido a los niños chicanos de Texas. Debían ser cuentos didácticos, muy breves. A lo mejor mi sinceridad llamó la atención, pues me dijeron que empezara al otro día. Ese fue el comienzo de una hermosa aventura. Escribí el primer cuentecito en verso y a ese siguieron no sé cuántos más. Recuerdo la felicidad que me procuraba ese trabajo. Obviamente que a pesar de todas las fallas que le encuentro ahora a esas historias, no puedo renegar de ellas porque fueron las que me abrieron la puerta de la literatura infantil. 

¿Cómo nacen tus historias?

El origen de mis historias es muy diverso. Las exposiciones de pintura me empujan a escribir; una frase leída o escuchada puede dar nacimiento a un cuento o a una novela; una imagen; un objeto; bueno, casi todo puede volverse literatura, basta que me emocione. 

Tus libros oscilan entre lo fantástico y lo simbólico (El valle de los Cocuyos) y lo realista y lo psicológico (Óyeme con los ojos). ¿En qué registro te sientes más a gusto y por qué?

Mis libros son todos diferentes, la prueba de que me siento a gusto en cualquier registro. Lo esencial es que lo que empiece a escribir me guste, luego la historia surge, simbólica, fantástica o realista, poco importa, no soy yo quien decide. 

¿Cuánto hay de autobiográfico en un libro como El sol de los venados?

Hay mucho de autobiográfico en El sol de los venados, así como en La otra cara del sol, puesto que este es la continuación del primero. Creo que todo libro es autobiográfico, al escribir no podemos hacer abstracción de nuestro propio ser, nuestra huella se imprime de alguna manera. Un libro como La bruja de la montaña tiene que ver con mi infancia, con ese universo poblado de seres imaginarios, con la naturaleza que me rodeaba. Mi abuela juraba que las brujas existían y obviamente que yo la creía a pie juntillas. 

¿Existe un propósito ético o moral en tu narrativa?

Fernando Savater en su hermoso libro La infancia recuperada, hablando del final de El Señor de los Anillos, dice: “(…) Frodo, muy cerca del final de su Búsqueda, rodeado de enemigos en pleno territorio de Sauron, logra reposar tranquilo la noche que ve su misión y toda la Guerra del Anillo como un simple incidente dentro de una infinita y recurrente conflagración que el Bien tiene ganada de antemano, precisamente porque el universo es finalmente moral y no hay nada más fuerte que la buena voluntad…”. Pienso como él, que el universo es finalmente moral. Cuidado, moral, no moralista. Toda creación busca de alguna manera enriquecer la vida propia y la de los otros, y ese enriquecimiento está ligado al Bien. 

Las relaciones entre niños y adultos –a veces difíciles, a veces gratificantes– parecen ser un tema clave en tu literatura. ¿Por qué tu insistencia al explorarlo?

Siempre me han interesado los niños y su relación con los adultos, sobre todo con los viejos, esos dos polos de la vida que de cierta manera se parecen. La verdad es que nunca me digo: "Voy a poner una persona mayor en mi historia", simplemente se cuela y eso me encanta. Los viejos, como es el caso de Anastasia y del Pajarero Perdido, en El valle de los Cocuyos, aportan a Jerónimo su sabiduría ancestral y el amor que el niño necesita para afrontar su destino. Emma, en Óyeme con los ojos, se erige en cómplice de Horacio; los abuelos de Jana, en El sol de los venados la llevan de la mano por el mundo de la tradición oral; Li-Yun, en Las cometas del recuerdo, vela por Dimitri, es la figura paterna que al niño le falta. Pienso que el adulto crece al ayudar a crecer al niño. 

¿Cómo es el proceso de escritura de tus libros? 

Nunca planifico nada antes de empezar a escribir un libro. No parto ni siquiera de una idea general. Una imagen, una frase, una anécdota, se vuelven libro. Descubro la historia a medida que la escribo y me fascina no saber de antemano lo que va a pasar. Empiezo eso sí, a vivir con mis personajes, los "veo" a ellos y a su entorno. A veces me pregunto si realmente inventamos, si no tomamos algo que ya está, que ya es. 

¿Qué libro escribiste con mayor facilidad y cuál te dio más trabajo terminar?

Puede parecer pretencioso, pero no creo haber tenido dificultad para escribir ninguno de mis libros, quizás porque sólo continuo una historia si la siento ligada profundamente a mi alma, si no es así, esas páginas iniciales aterrizan en el cubo de la basura. Jamás envío a un editor un libro del que no me siento completamente satisfecha.

Aunque se te conoce principalmente como narradora, has publicado un libro de versos (El árbol que arrulla). ¿Sigues escribiendo versos?  

Aparte de El árbol que arrulla, no he escrito otros poemas para niños, es probable que lo haga más adelante. En estos últimos tiempos he sentido una gran necesidad de volver a la lectura de poesía. Y cuando no puedo leer, escucho canciones poéticas, este género me ayuda a vivir. Desde mi adolescencia he amado la obra de Joan Manuel Serrat. La canción francesa de la época de Jacques Brel es un derroche de poesía. 

¿Has tenido modelos o paradigmas en los distintos momentos de tu trayectoria como escritora? ¿Cuáles han sido?

No hablaría de modelos, sino de escritores que admiro incondicionalmente: Andersen, Tolkien, García Márquez, Borges, Faulkner, Antonio Muñoz Molina, entre otros. 

¿Vivir en París durante tantos años ha influido de alguna manera en tu literatura?

Vivir en París me ha hecho crecer literariamente, lo dije en otra ocasión: París invita a la profundidad, al trabajo. Tener acceso a un mundo multicultural, así que el vasto mundo del arte y de la historia influye de una manera u otra en lo que uno crea.

¿Qué atención se presta en Francia a la literatura infantil y juvenil que se produce en América Latina?

Para hablar francamente, Francia no se interesa en la literatura infantil y juvenil de América Latina, los libros traducidos se pueden contar con los dedos de la mano. Los editores no apuestan por escritores "desconocidos". Vivo aquí hace más de veinte años y sólo hasta el año pasado publiqué mi primer libro en francés. Los libros que interesan aquí son los de los países anglosajones. 

¿Qué te propones con tus libros? 

Mis libros son parte de mi vida, los que ya he publicado y los que están por publicar y no sé si me propongo algo con ellos, proponerse suena a "premeditación" y de ésta estoy lejos. Digamos que los escribo porque nacen de mi ser profundo, los escribo porque amo la vida, porque no hay nada más increíble que los ojos de un niño cuando se le cuenta o se le lee una historia.