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Sebastián Vargas, un destacado creador en la LIJ de Argentina

Sergio Andricaín y Antonio Orlando Rodríguez
Nacido en Buenos Aires, en 1974, el escritor, editor y traductor Sebastián Vargas se ha convertido en una de las más destacadas voces de la literatura argentina para niños y jóvenes. Graduado del Instituto Superior del Profesorado Joaquín V. González, ha trabajado como profesor de Lengua y literatura española y de latín. En el año 2012 ganó el Premio El Barco de Vapor Argentina con la obra Tres espejos: Luna y Espada; en 2017 volvió a recibir dicho galardón con la novela Piratas. En 2016 su novela Son tumikes fue uno de los libros ganadores de nuestro Premio Fundación Cuatrogatos.

¿Leías durante tu niñez y adolescencia? ¿Qué libros recuerdas como más significativos en esa etapa de tu vida?


Empecé a leer libros a los nueve, y desde entonces no paré. Siempre leí, y leo mucho. De chico leía todo lo que había en mi casa, en general libros para adultos, novelas policiales, ciencia ficción “dura”, no ficción, novelas históricas, libros de aventuras. Adoraba las historias de piratas de Salgari y Stevenson, las aventuras de héroes sufridos como Miguel Strogoff de Verne, y los personajes de Dickens y Víctor Hugo...

¿Cuándo y cómo descubriste que tenías el don de crear historias y te propusiste escribirlas?

Empecé a escribir historias cuando era chico, más o menos a los once años. Pero no tenía ningún don. No lo tengo hoy tampoco. Lo que escribía entonces era todo muy malo, y lo que escribo hoy también lo sería si no invirtiera enormes cantidades de tiempo y tinta en arreglar, repensar, mejorar, reescribir. Johann Sebastian Bach, el músico (en honor a quien yo fui bautizado Sebastián), decía una frase que siempre tengo presente y que creo que también se me aplica (salvando las distancias, claro, porque Bach era un genio): “Cualquiera que haga el mismo trabajo que yo obtendrá los mismos resultados”.

¿Por qué escogiste el territorio de la literatura infantil y juvenil? ¿Qué te orientó hacia ahí?

No estoy muy seguro de haberlo elegido. Me parece más bien que ese territorio me eligió a mí, que se considera que lo que escribo es literatura para niños y jóvenes. Y me encanta que me lean niños y jóvenes, además de adultos. Me sale así, se ve. Pero mientras escribo, nunca pienso mucho en las edades de los lectores futuros. Por eso les doy tanto trabajo a los editores, cuando quieren recomendar mis libros para alguna edad en particular.

En tus inicios como escritor realizaste recreaciones de mitos, leyendas y cuentos populares de diversas culturas y compilaciones de proverbios (Mitos de transformación y disfraz, La cadena de Fenris, Sabias palabras de Oriente), ¿qué te aportó esa labor?


En mis inicios y en mi actualidad, este es un tema que siempre me acompaña. Mis primeras publicaciones fueron versiones de mitos, y mi primera novela publicada, Vikingos en la Tierra Verde, incluye también mitos nórdicos (esa novela fue escrita a dúo con mi amigo Patricio Killian, con quien además publicamos dos libros más sobre mitos universales, en editorial Aique). Los mitos siempre me fascinaron, son historias fundantes de cada cultura, muy poderosas y profundas. Me gusta investigar diferentes mitologías del mundo, encontrar puntos en común, diferencias en los motivos (los tropos), los tonos.

Lleguemos al 2012, cuando ganas el Premio El Barco de Vapor de Argentina y muchos nos preguntamos: ¿quién es Sebastián Vargas y con qué tipo de literatura llega? Tres espejos resultó una propuesta singular dentro de la narrativa argentina por varios motivos: una novela ambientada en la antigua China; dos personajes que aportan diferentes matices a la historia con sus miradas y experiencias, una invitación de filiación cortaziana a que el lector decida entre dos posibles organizaciones del material de lectura. ¿Cuál fue el origen de este libro?

En esos años yo estudiaba idioma chino. Todo lo que leía sobre esa cultura me rondaba la mente, en esa época. Empezó como un cuento de hadas a partir del motivo de dos personas que, al separarse, parten en dos un pequeño espejo y cada uno se lleva la mitad. Eso se hacía, en la Antigua China. Pensé que quizás yo podía intentar escribir un cuentito con dos personajes que hacían eso. Pero luego necesité que pasaran muchas cosas, para que esos personajes cambiaran a lo largo del relato, y entonces el cuento se fue transformando en una historia mucho más larga y compleja.

¿Cómo fue el proceso de escritura de Tres espejos?


El proceso de escritura de Tres espejos fue muy largo. Al no tener ninguna perspectiva de que se publicara, eso me quitaba toda presión y apuro. Durante varios años (cuatro, cinco) estuve arreglando la novela, y cuando estaba por abandonarla, se me ocurrió que quizás, ya que era la historia de una separación, ¿qué pasaba si yo separaba la historia, haciendo que fueran dos libros en lugar de uno? Pero no dos partes sucesivas de una historia, sino dos partes simultáneas: y que el lector eligiera si quería acompañarla a ella (Yue), o a él (Jian), o a los dos (leyendo ambos libros intercalando los capítulos). Era ambicioso, sí. Pero siempre prefiero ser ambicioso, aunque tal vez luego fracase, a escribir cosas que sé que me saldrán pero resultarán insustanciales. Cuando se me ocurrió esa idea del libro doble, me gustó, implicaba un lindo desafío. Estuve dos años casi para intentar que funcionara, y solo lo logré parcialmente. Entonces llegué a un tope mental (sentía que estaba saturado) y para sacarme la obra de encima y dejar de pensar en ella, la envié al premio Barco de Vapor (en la Argentina), sabiendo que la iban a descartar por extraña y por ser protagonizada por adultos y “para grandes”; pero eso me permitió olvidarme de esa historia por un tiempo. Varios meses después, increíblemente, me avisaron que había ganado el premio… ¡con ambos libros! (que yo sepa, es la única vez en el mundo que le dieron el premio Barco a dos libros a la vez). En la etapa de edición, con la ayuda de la editora (Cecilia Repetti), los libros terminaron de redondearse y funcionar.

¿Qué dejaste de ti en Yue Chang y Jian Deyán?

Intento que mis personajes no se parezcan a mí: que sean más interesantes. Jian (Espada) es aventurero, impulsivo, valeroso. Nada que ver conmigo. Yue (Luna) es, en su forma de ser, un poco más parecida a mí: más reflexiva, sentimental, deseosa de aprender. Pero ninguno es un pilar inmutable. Dudan, intentan, se equivocan. Busqué hacerlos creíbles, humanos, imperfectos, cambiantes. Con los años, les tomé cariño a ambos, son como si fueran amigos míos. Si tocaran a mi puerta un día para tomar conmigo una taza de té, creo que no me sorprendería demasiado.

¿Por qué China como territorio de estas ficciones? ¿Y por qué una novela de amor, de aventuras y, otra vez, de amor?

La historia nació alrededor de China, y me pareció desafiante ubicar la historia allí, en China Antigua. La idea del yin-yang (dos fuerzas opuestas que se complementan: femenino-masculino, noche-día, par-impar, etcétera) es fundante en Tres espejos. Y hay algunas otras ideas muy chinas que aparecen en el libro, como por ejemplo que la riqueza de una persona no se mide por lo que tiene, sino por lo que da. Por todo eso, tenía que ocurrir en China, esta historia. Eso implicó bastante trabajo de investigación para ajustar el verosímil, pero al final valió la pena. Hay aventuras y chinitudes, política e historia, pero la obra es, en última instancia, una historia de amor. Varios de mis libros son historias de amor, es un tema que me gusta. Soy un romántico. Será.

La nueva edición de Tres espejos reúne en un mismo volumen lo que originalmente eran libros independientes. ¿Cuál prefieres? ¿La comodidad de tener las historias reunidas o la peripecia de saltar de un capítulo de un libro a un capítulo del otro?

Sí, la nueva edición “juvenil” de Tres espejos incluye ambos libros juntos (el volumen tiene dos tapas y ninguna contratapa, y uno puede darle la vuelta y leer la otra novela sin cambiar de libro). Esta edición conjunta es la que eligieron también publicar en España, en México, en Chile. Es una edición muy bella y lujosa, y me gusta. Pero sigo prefiriendo, en lo profundo de mi corazoncito, la edición autónoma de los dos libros: que Luna y Espada viajen separados, y que sea cada lector el que decida si quiere leer ambos, o si no, o si cuándo. Actualmente, ambas ediciones, la separada y la reunida, coexisten en la Argentina.

¿Cómo surgió Vikingos en la Tierra Verde y qué peculiaridades representó haber sido escrita conjuntamente con Patricio Killian?

Vikingos fue mi primera novela publicada, en 2012, y recién meses después gané el premio Barco de Vapor con Tres espejos, publicado a comienzos de 2013. Pero a Tres espejos lo venía escribiendo desde 2006, mientras que a Vikingos lo empezamos con Patricio allá en 2008, y en 2010 fue finalista del premio Barco. Sin embargo, todas las fechas son relativas: el proyecto de escribir con Patricio una novela vikinga lo teníamos desde que éramos adolescentes. Así que, de alguna manera, Vikingos empezó hace treinta años, cuando Patricio y yo nos vestíamos con ropas medievales y peleábamos con hachas y espadas y leíamos mitos e historias de los nórdicos a la salida del colegio. Siempre fue un proyecto conjunto: nunca lo pensamos de otra forma.

La estructura del libro combina el clásico relato lineal de aventuras, con el motivo del viaje, con historias mitológicas que se van insertando. ¿Qué les atrajo de esta estructura? ¿Cómo se repartieron las tareas: uno escribió la historia central y otro los relatos de la tradición popular, o los dos hicieron de todo?

Los dos hicimos de todo. Nos dividimos los capítulos, Patricio comenzó algunos, yo otros, y lo que cada uno escribía se lo pasaba al otro para que lo modificara, y así. En el resultado final, ambos trabajamos en cada capítulo. Él, que tiene una memoria impresionante y es uno de los mayores expertos mundiales en cultura, mitología e historia de los nórdicos, aportó verosimilitud, clima y tono: gracias a él el libro “suena” medieval, se saborea vikingo, y eso es algo que yo nunca habría logrado por mi cuenta. Yo aporté lo mío también. Espero.

El tema de los vikingos parecía haber perdido terreno en el imaginario infantil cuando aparece su libro. ¿Cuál fue la recepción de los chicos?

Vikingos en la Tierra Verde es una novela histórica basada en hechos reales (los primeros viajes de los nórdicos al actual continente americano, alrededor del año 1000). Por eso su tono es medieval, los nombres son complicados, la gente pasa hambre, tiene frío, muere joven: lo que se cuenta no es nada “infantil”. Ese tono, desde mi punto de vista, es una de las principales virtudes del libro, pero a la vez hace que la novela no sea de acceso sencillo a los más chicos: requiere de un lector bastante formado, bastante experto. Por eso la recepción de la novela es muy buena, pero a la vez, no es de los libros que más se venden, de los míos.

¿Qué te aportó Vikingos en la Tierra Verde y cómo te impulsó hacia Tres Espejos, una aventura en solitario y mucho más exigente?

Supongo que desde afuera puede verse así, que uno viaja linealmente, impulsado de un libro publicado al siguiente libro publicado. Pero la realidad de mi vida es exponencialmente más caótica: muchas historias que se entremezclan y coexisten durante muchos años, y solo algunas de ellas, por motivos inefables, salen publicadas en momentos y órdenes aleatorios. Vikingos significó un gran hito para mí: por primera vez tuve una novela publicada. Y escrita a dúo con mi mejor amigo de siempre. En mi mente, había grandes posibilidades de que fuera la única novela que publicaría en toda mi vida; pero no fue así, abrió una serie de unos cuantos libros más, incluyendo Tres espejos, que me llevó más tiempo quizás, pero no fue más exigente: trabajamos mucho, pero mucho con Vikingos, tanto Patricio como Laura Linzuain, la editora.

De las embarcaciones vikingas a la antigua China para llegar, en La maldición del arribeño, a la América del siglo XIX y las provincias del Alto Perú. ¿Por qué escenarios tan disímiles, que te permiten como creador, qué te atrae de esos saltos en el espacio y en el tiempo?


Me gusta intentar lo que nunca hice antes. Ver si puedo. Si consigo llegar a buen puerto o naufrago. A veces me gusta escribir sobre aventuras, pero siempre embarcarme en la aventura de escribir: sin garantías, sin red, sin la tranquilidad de “ya lo hice antes, esto lo puedo escribir con los ojos cerrados”. A veces sale bien, otras no. Los lectores solo conocen mis “éxitos”, lo que me quedó más o menos bien: lo demás nunca será publicado (¡por suerte!). Como lector me gusta también pegar esos saltos, pasar de un policial a un fantasy, a una novela histórica, a un clásico…

Los grandes aniversarios históricos hacen que las editoriales reclamen a los autores obras enmarcadas en esos acontecimientos. ¿Surgió La maldición del arribeño en esas circunstancias?

No exactamente. La editora me había preguntado si no quería escribir una novela de aventuras. Ese fue todo el “encargo”. Pero yo fui quien decidió enmarcarla en los años de las independencias sudamericanas, en las primeras décadas del siglo XIX. Mi libro salió publicado en 2014. Dos años después, en 2016, se conmemoró en la Argentina el Bicentenario de la Independencia, y a Cecilia Repetti se le ocurrió armar una colección de libros históricos que tematizaran esos hechos, y La maldición del arribeño se incluyó en esa colección. Ese año, el libro tuvo cinco reimpresiones en pocos meses, así que la idea fue un acierto editorial-comercial. Pero no fue escrito ad hoc para el Bicentenario ni es un libro “sobre la Independencia”, y espero que siga siendo leído más allá de la efeméride.

Yo escribí muchas cosas por encargo. Defiendo la idea de que una obra literaria debe evaluarse por ella misma, no desecharse o ensalzarsepor factores externos a ella, como el motivo inicial de la escritura. Si el libro es malo, ¿qué importa que el autor lo haya imaginado “libre” de toda influencia? Si es bueno, ¿qué importa que haya nacido por un encargo, o con la intención de ganar dinero, o lo que sea? Me gustaría que mis libros fueran evaluados por ellos mismos, por su valor literario (si lo tuvieran), no por mi biografía, o su éxito o fracaso comercial, o por si nacieron como un encargo… La maldición del arribeño es la historia de un niño muy desobediente, Juan Miranda, que emprende un viaje muy largo, con la intención de anular una maldición que pesa sobre su padre. En las primeras páginas, el narrador le pide muy insistentemente al lector que NO lea una página del libro, una página en especial (la que reproduce la maldición escrita): que la saltee. Ustedes, como lectores, ¿le harían caso, a un pedido así del narrador? Escuchar qué hace cada uno, si obedece o desobedece, si demora, se apresura, duda, es una de las cosas más divertidas que me pasan cuando converso con lectores del libro.

El pacto es otra novela escrita en colaboración, esta vez con Florencia Gattari. ¿Por qué reincidiste en la experiencia de crear junto a otro autor y por qué con Gattari?

Ocurrió que yo tenía una idea para una novela epistolar, pero me parecía que el resultado sería mejor si a cada personaje lo escribía un autor diferente. Había leído Posición adelantada, de Florencia Gattari, y me había parecido que había allí una compatibilidad con algunas cosas que yo escribía; como que yo hubiera podido escribir una novela así, si fuera mejor escritor de lo que soy. Pero no la conocía a Florencia personalmente. Y entonces, una vez que coincidimos en una Feria del Libro, de caradura le propuse si no quería escribir conmigo un libro. Sorprendentemente, dijo que sí. Y escribimos ese libro. Que no es El pacto, sino otro, inédito, que no nos quedó del todo bien. Pero entonces decidimos intentarlo nuevamente, corregimos el procedimiento, lo organizamos de otra manera, pensamos una historia diferente, y el resultado fue El pacto, y fue mejor, tanto que llegó a ser publicado. Florencia es una gran escritora, yo aprendí toneladas escribiendo con ella.

La estructura de El pacto apela a cartas, emails, textos fragmentarios y las escrituras de Petra y Alejo son reveladoras de sus esencias como personajes. Hay mucho de lúdico en esta historia, que tiene un poco de rompecabezas cuyas piezas debe armar el lector. ¿Cómo fue el proceso de escritura? Lo más sencillo es pensar que Alejo “es” Sebastián y Petra “es” Florencia.


En el comienzo fue así, sí. Flor desarrolló la voz de Petra, y yo la de Alejo, ella escribió la base de los textos de Petra, yo los de Alejo. Pero al avanzar, como cada uno revisaba y modificaba lo que había escrito el otro, y algunas partes las escribimos codo a codo, ambos trabajamos en cada página, y todo el libro está escrito por los dos por igual, no nos sale pensarlo de a partes. Fue divertido de escribir, y también de armar, porque en un momento teníamos mucho material pero todo suelto y sin orden, y hubo que pensar cómo organizarlo y estructurarlo.

Tras la aparente sencillez y “amabilidad” de la lectura resulta notorio que el lector que entra en la obra deberá desempeñar un rol activo en la interpretación y codificación del material. ¿Qué lector tuvieron en mente al crear esta obra y qué esperaban lograr de él?

Creo que Flor coincide en esto que diré: uno de los aspectos interesantes del libro es que no explica. No se explica nada. No hay narrador en tercera persona: solo las voces de ellos dos. El lector es quien debe ir descifrando qué sienten los personajes, qué piensan, qué pasa en los intersticios de lo que ellos escriben y cuentan. Quisimos hacer una obra honesta, sencilla, nada pretenciosa, y la escribimos como quisimos, sin ninguna restricción ni autocensura (tiene, por ejemplo, montones de malas palabras, neologismos, “errores” de ortografía, sintaxis erráticas, dibujitos marginales…). Si alguien lo quería publicar, tenía que querer la novela así, tal como era. Pero no esperábamos mucho más. Fue divertido escribirla.

El pacto fue tu primer libro con personajes, escenarios y personajes contemporáneos. ¿Qué representó en tu trabajo tener que aterrizar en el siglo XXI, en el lenguaje, la sensibilidad y los problemas de los adolescentes de este tiempo?

Es mi primer libro contemporáneo publicado… pero no era la primera vez que escribía algo “actual”. En un punto, es más fácil, porque uno se ahorra toda la investigación que implica ubicar la historia en un tiempo-espacio que no es el que uno conoce-vive. Lo difícil era que esos personajes “sonaran” como adolescentes, que sus voces fueran creíbles, que no resultaran artificiales. Con Flor tomamos algunas decisiones estructurales para ayudarnos a lograr eso. Creo que lo conseguimos bastante. Muchos lectores adolescentes nos contaron que se sintieron cercanos a esa Petra, a ese Alejo. Igual, como somos conscientes de que esas voces corresponden a nuestra época y que todo cambia todo el tiempo, y mucho más los jóvenes, le pusimos una fecha a la historia: ocurre en 2014. En algún momento, tal vez en pocos años, el libro quizá deje de sentirse “actual” y pasará, tal vez, a ser considerado una novela histórica: “este relato ocurre en un pasado remoto, allá por 2014”…

¿Qué te atrae de participar en proyectos editoriales de narrativa que involucran textos de otros autores argentinos, como Diez en un barco, Susurros que cuenta el viento o De la Tierra al Olimpo?

Lo principal, creo, es la vanidad de después poder decir (“mandándome la parte”, como decimos en la Argentina) “yo escribí un libro junto con Liliana Bodoc, María Cristina Ramos, Laura Escudero, Franco Vaccarini, Andrea Ferrari, Paula Bombara, Norma Huidobro, Sandra Siemens… y varios más”. Suena impresionante, ¿no? En dos de esos proyectos (Diez en un barco y Susurros) además fui editor o coordinador autoral: trabajé con cada autor sobre su cuento o leyenda, haciéndoles sugerencias y comentarios, intentando colaborar con ellos hasta que llegaran a la versión final. Un trabajo de mucha responsabilidad y bastantes nervios, pero quedé súper contento con cómo quedaron los libros y con el trabajo en equipo que implicó la edición.

Y llegamos a Son tumikes, una
nouvelle de fantasía y ciencia ficción que el jurado del Premio Fundación Cuatrogatos incluyó sin dudas de ningún tipo entre los libros ganadores del 2016. ¿Cuál es la génesis de esta obra?

Son tumikes es una obra que empezó “por encargo”. El encargo fue: “¿No querés escribir una obra sobre inmigración para niños muy pequeños?”. Y mi respuesta: “Ni loco”. Pero la idea se me quedó rondando en la mente, y finalmente comenzó esta historia, que cumple con aquel encargo-pregunta, pero a mi manera, y en forma muy vaga e indirecta.

¿Con qué lecturas previas tuyas podrías establecer relaciones?

Principalmente, con todas esas obras de ciencia ficción que leí y que tratan el tema de el Otro, el diferente, el venido de lejos. Desde El principito, de Saint Exupéry, hasta Los desposeídos, de Le Guin, o Una odisea marciana, de Weinbaum, o Crónicas marcianas, de Bradbury…

Son tumikes es una novela de gran actualidad y sirve para ejemplificar lo realista que puede ser la literatura fantástica, porque en las sociedades actuales hay muchos tumikes aceptados a regañadientes. ¿En qué medida los tumikes representan a esos emigrantes a menudo rechazados incluso por otros que emigraron previamente?


Los migrantes están en todas partes, es un tema presente hoy en todos los países del mundo. Y en todas partes reciben, por lo general, similares rechazos y prejuicios. Quería hablar de cómo se recibe a los migrantes, pero sin limitarme a un grupo particular (no hablar específicamente de los argentinos que migran a España, o de los chinos que llegan a la Argentina, o de los sirios que escapan a Europa). En un momento pensé: ¿y si los migrantes fueran extraterrestres que llegan a un planeta habitado por humanos? Me interesó esa premisa, así comenzó todo.

Los tumikes son extraterrestres pobres, que por obligación llegan a un planeta habitado por humanos para vivir allí. Son el epítome del migrante pobre, y reciben de los humanos las mismas quejas y argumentos falaces que reciben los migrantes en todas partes: “son raros”, “no se esfuerzan en aprender nuestro idioma y nuestras costumbres”, “se roban nuestros trabajos”, “abusan de nuestra hospitalidad”, “son sucios”, “comen porquerías”, “cada vez son más”, “van a adueñarse de lo nuestro”, “son peligrosos”, “son vagos”, “son chinos”, “son bolitas”, “son paraguas”, “son rusos”, “son árabes”, “son negros”: son tumikes.

Las personas olvidamos muy rápido que nosotros mismos, o nuestros padres, o nuestros abuelos, o nuestros bisabuelos… todos llegamos aquí, alguna vez, de algún lado, sin otro equipaje que la necesidad y la esperanza. Este lugar no es nuestro: simplemente estamos aquí. Algunos estamos desde antes, pero eso, al menos desde mi punto de vista, no implica ningún mérito ni nos hace mejores.

Nos gustaría que compartieras con nosotros reacciones y comentarios que hayas recibido de los niños y adolescentes que han leído este libro. ¿Cómo lo reciben? ¿La recepción ha satisfecho tus expectativas?

La recepción superó hasta mis más descabelladas expectativas. Comenzando por la de la primera lectora, Cecilia Repetti, en Ediciones SM, a quien le dejé el original casi como una travesura, seguro de que no había ningún mundo posible en el que una editorial publicara esa historia “para niños” melancólica, totalmente desesperanzada y bastante terrible de discriminación, intolerancia y genocidio. Pero ella nunca dudó en publicarla, se arriesgó desde el primer momento.

Con el libro ya editado y publicado, recibí (más que con cualquier otro de mis libros) montones de devoluciones muy positivas de lectores adultos (muchos de ellos, autores, editores y docentes). Cuando comencé a visitar colegios donde había niños lectores de Son tumikes, me sorprendió mucho descubrir que los niños suelen considerar que el libro no es tan triste, y hasta casi casi tiene un final feliz, o al menos esperanzado en el futuro (algo que los adultos somos incapaces de encontrar). Hasta me piden que escriba Son tumikes 2, tarea que amablemente declino, y les sugiero que encaren ellos mismos.

¿Qué posibilidades te ofreció la narrativa de ciencia ficción, el relato futurista, para desarrollar esta historia que habla de migrantes y, entre líneas, de la sombría posibilidad de deportaciones y genocidios?

Permitió encarar la temática en forma general y llegar a lo más profundo, sin hacer foco en ningún grupo particular, en ningún Estado totalitario en particular. Hablar sobre extraterrestres me permitió en realidad hablar mejor, en profundidad, sobre los humanos: nuestros miedos, nuestras limitaciones y nuestras falencias. Si bien hay unos pocos personajes individuales (una mujer de pocas palabras, la narradora; un niño o niña, Lim, que no puede hablar; un tumike, Ani; personajes que la editora, Cintia Roberts, me ayudó a delinear), los principales protagonistas son grupales, sociales: los tumikes, los alarmas, los proaliens, las gentes.

¿Qué tienen que enseñarnos los tumikes, qué deberíamos aprender de ellos?

Lo principal que deberían aprender los humanos de los tumikes (y que no aprenden) es que, a pesar de que se ven muy diferentes y no se los entiende bien y tienen costumbres extrañas y generan temores y recelos y no se parecen para nada a nosotros, son personas también. O al menos, lo suficiente como para que los consideremos humanos. Las apariencias nos engañan: los tumikes son más parecidos a nosotros de lo que creemos, o de lo que quisiéramos creer.

¿Cómo definirías Son tumikes? ¿Qué te gustaría despertar en el lector que entre a ese universo?


Más o menos ya lo definí: una historia melancólica y desesperanzada sobre extraterrestres pobres. Me gusta pensar que el lector, sea niño o adulto, pueda abrazar también esa melancolía aunque sea un poco, y que algún trazo de la escritura le quede resonando por algún motivo. Ojalá.

Hablemos ahora sobre Pingüinos. ¿Cuál fue el detonante para escribir esta novela?


El detonante es poco poético, la verdad: desde hace muchos años trabajo en una computadora que tiene, como protector de pantalla, la imagen de un bloque de hielo iluminado por el sol, junto al mar. Ese témpano que se derrite lentamente fue el comienzo de la historia. Necesitaba personajes que habitaran ese hielo a la deriva, y en un momento pensé que tal vez, en lugar de humanos, podía poner pingüinos allí.

Aquí entras en un tono, un registro estilístico muy diferente, con un humor sutil, irónico, con muchos guiños a referentes culturales y sociales de diverso tipo. ¿Fue difícil hallar esa voz o surgió naturalmente?

No creo que haya nada “natural” en la literatura, ni siquiera cuando está protagonizada por animales. El tono humorístico surgió rápidamente, pero diferenciar las voces de los dos pingüiños protagonistas, Margarita y Catorce, y darles forma, y que funcionaran en pie de igualdad a pesar de ser tan diferentes, me llevó más de tres años y más de veinte reescrituras. La editora, Laura Linzuain, me ayudó increíblemente con eso.

Aun cuando la trama abarca tres días, podría decirse que es una historia de construcción aristotélica, con unidad de tiempo, acción y espacio. Y sumamente minimalista en sus recursos composicionales. ¿Por qué esa voluntad de reducir al mínimo espacio, personajes, conflictos?


Un libro protagonizado por casi nadie, en casi ningún lado, donde no pasa casi nada: ¿puede atrapar al lector una historia así, hecha casi únicamente de palabras que van y vienen de un pingüino al otro? Me gustó el desafío de intentar una respuesta. Efectivamente, está armada con una estructura aristotélica: pero pasada por un tamiz de Beckett y Ionesco, como para bajarle un poco los humos.

El protagonismo del diálogo convierte Pingüinos en un texto que fácilmente podría ser objeto de una puesta en escena. Si a eso añadimos cierto ascendente beckettiano, ¿podríamos hablar de una suerte de novela teatral?

Sí, tal cual, este libro surgió como un experimento de escritura hacia eso: un intento de buscar una frontera del género novelístico, buscar escribir una novela que fuera casi toda diálogo, pero que no llegara a convertirse en una obra de teatro. Que navegara a la deriva por ese borde. Eso intenté, al menos.

¿Cuál de los pingüinos se convirtió en tu favorito durante el proceso de escritura? ¿Alguno de ellos adquirió vida propia al punto de tratar de imponerte sus acciones y parlamentos?

Catorce, el pingüino macho, racional, terco y pagado de sí, fue el primero en configurarse. Con Margarita, la pingüina hembra, estuve luchando años, para que su voz fuera querible-creíble y en pie de igualdad con la de Catorce, pero desde una visión de mundo muy diferente. Sin eso, la estructura no se sostenía. Y es que es muy difícil escribir un diálogo entre una mujer y un varón (o sus equivalentes pingüinos) y no dejar que se cuelen (y te dominen) los prejuicios de género con los que uno se educó. Porque yo adhiero a las luchas de las mujeres por sus derechos y sus vidas, pero soy (aunque odie serlo y lo sea involuntariamente) machista: fui criado para ello durante toda mi vida, es algo con lo que hay que luchar día a día, cuando uno es varón. Pero esta historia requería poner en juego esos prejuicios y concepciones de género, presentarlos, discutirlos; no eliminarlos ni esconderlos, sino ponerlos en cuestión. Y fue lo más difícil, para mí. Probablemente, lo que más me costó escribir, hasta ahora.

¿Refleja el libro tus preocupaciones sobre el futuro del mundo?

El mundo que construimos es un lugar inhóspito y cambiante. Lleno de injusticia, y dolor, y sufrimiento. Y muy parecido, a veces, a ese hielo a la deriva que se derrite a cada segundo. A veces logramos una pausa, llegamos a un claro, nos encontramos con otra persona y descubrimos algo más, una posibilidad, un color de futuro, un hilo de sentido. Probablemente todo lo que escribo hable de eso, de diversas maneras y con diferentes excusas.

Y para terminar: ¿quién es Sebastián Vargas, por qué escribe? Y… ¿piensas en tus nuevas historias mientras corres en las maratones?

Me niego a hablar de mí en tercera persona, como Maradona. Soy quien soy, pero no sé muy bien cómo: me siento más lector que docente, más docente que editor, más editor que escritor. Escribo, creo, porque desde siempre me gusta inventar y contar historias pero soy muy malo para narrarlas oralmente. Me gusta también escuchar música, mirar series y películas, jugar al ajedrez y a los naipes, correr carreras muy largas. Y sí, cuando uno está corriendo varias horas, en una maratón o ultramaratón, tiene tiempo para pensar en todo: hasta en las historias que te esperan del otro lado del muro.