• El cuento del tomillar

    Daisy Valls
    Ilustraciones de Danayce Gómez Pérez. Colección Veintiuno. La Habana: Gente Nueva, 2014.

El cuento del tomillar: Libro inolvidable para pequeños y grandes

Vitalina Alfonso Torres

Al evocar las primeras lecturas de la niñez –no las escuchadas a mi madre con cadencia intencional para incitarme al sueño– y en absoluta soledad, no dejo de priorizar como las más jubilosas las aventuras de dos traviesos chiquillos llamados Curro y Pili. Mientras rellenaba con color algunas páginas destinadas para ese fin, me deleitaba con las audacias y picardías de sus andanzas, narradas sobre imágenes de colores altisonantes en las que siempre asomaban las caritas y cuerpos regordetes de aquellos protagonistas. Estos lo mismo viajaban al África Ecuatorial, iban de visita al zoológico que asistían a una función de ópera, y armaban grandes revuelos dignos de la mejor comedia de enredos.

Simultáneamente a la alegría agazapada en el recuerdo de esas historias seriadas para colorear que mi padre me compró en los años sesenta en una librería de mi barrio habanero de La Víbora, también evoco una brevísima narración recogida en un libro, de formato apaisado y con sencillas ilustraciones, que hasta mi adultez conservé como talismán para leérselo a mi futura descendencia. Creo que se titulaba El león rojo de Luis, y fue mi más temprana enseñanza a buscar, mediante la imaginación, un asidero ante los miedos e inseguridades de los cuales ningún niño logra escapar.

Han transcurrido más de cuarenta años de aquellas primeras experiencias de lecturas, y a pesar de que ya no conservo ninguno de esos libros puedo responder con cierta precisión por qué dejaron en mí una huella indeleble, y aún hablo de ellos con emoción, casi equiparable a la que luego me transmitieron La Edad de Oro, El principito, Había una vez, etc.: Los niños Curro, Pili y Luis rebozaban candor, sencillez, inteligencia, y el don de convencer de que el camino más fácil para llegar a la felicidad está en la persistencia en tratar de alcanzarla, contra viento y marea, y sin dejar de entregar a los otros lo mejor de nuestras experiencias.

Construir personajes para los niños y jóvenes, y que sobre ambos se ejerza una especial fascinación requiere oficio literario imbricado con una excelsa sensibilidad. Pero si al mismo tiempo esa fascinación también se apodera de los lectores adultos estamos ante una obra de incuestionable valía. Esa fue la conclusión a la cual arribé al cerrar la última página de El cuento del tomillar, hace alrededor de casi tres años, cuando su autora, la poeta y narradora cubana Daisy Valls, me obsequió en Miami la edición fechada en 1997, y con el sello editorial de La Torre de Papel. Que los lectores cubanos residentes en la Isla tuviesen la posibilidad de disfrutar de este hermoso relato se convirtió para mí en una obsesión. Por una parte El cuento del tomillar había nacido en Cuba bajo el título originario de “El dulce olor del birijí” y se había concebido en sus inicios, principalmente, para aquellos mismos lectores que en 1986 habían disfrutado de El monte de las yagrumas (primer libro de cuentos publicado por Daisy). Por otra parte, si algo sobresale a lo largo de todas las páginas de El cuento del tomillar es su explícita cubanía. Los colores, texturas y olores que se hallan impregnados en las cincuenta secciones en que se divide el texto son, esencialmente, de los jardines y campos cubanos. Se activan las sensaciones por la capacidad de la autora para aprehenderlas, apresarlas y volverlas poesía narrada. Y lo logra con maestría, pues trascienden su raíz nacional para volverse universales y sin tiempo real.

Mediante un viaje, motivo narrativo recurrente a lo largo de la historia de la gran literatura, Daisy Valls despliega un abanico de peripecias protagonizadas en un inicio por Flor de Tomillo, quien en su afán de aventura y conocimiento transita por mundos de la naturaleza, tanto plácidos como aterradores, y se transmuta, gracias a su tenacidad y fe por estrenar sus pétalos-alas en más de un personaje, hasta lograr el feliz retorno a casa. Así, de forma implícita, la autora nos sumerge en caros temas de todos los tiempos: la búsqueda de la libertad; el amor, como fuente salvadora ante la posibilidad de perecer debido a cualquiera inclemencia de la vida, y los valores eternos de la amistad y del regazo primigenio por encima de cualquiera nueva experiencia y contexto. Si algo singulariza la presencia de dichos temas en El cuento del tomillar es que nos llegan metaforizados a través de elementos de la naturaleza, con aforismos en torno a ella y, por si fuera poco, mediante un especial juego de voces narrativas que buscan diversificarse y fundirse a la vez.

Fantasía y filosofía marchan aquí unidas, sin contradicción. De igual manera se establece un binomio indisoluble entre poesía y prosa; entre trama cronológica y frescos narrativos que pueden leerse de manera independiente y sin tener en cuenta el orden en que se despliegan, debido a su condensación de descripciones e imágenes poéticas. No por azar utilizo el término de frescos, en su acepción pictórica, al referirme a las secciones, pues cada una de ellas son pequeños lienzos plagados de colores de árboles, flores, cielos; de sonidos de vientos y aguas que corren; de fragancias de frutas apetecibles; de superficies suaves y acolchadas como las pertenecientes a pétalos, yerbas húmedas y conejos color naranja.

Una dulce criatura humana, que le habla a la luna y a su tomillar, respalda la narración. Es la niña llamada La Pocha: tierna, inteligente y preocupada por el destino de su flor aventurera. Esta, a su vez, sabe de sus desvelos y por eso vuelve al jardín, enriquecida con los diálogos sostenidos en su viaje con muchos seres del mundo vegetal y animal. Regresa, sí, pero con más amor para dar y el deseo de vida eterna.

El cuento del tomillar regresó también a su lugar de origen, luego de casi treinta años de haber sido escrito, y en una segunda edición, con un sólido e instructivo prólogo de Enrique Pérez Díaz, quien sitúa la obra de Daisy Valls dentro de lo mejor de la literatura cubana escrita para niños y jóvenes. Es muy probable que algunos lectores echen de menos la recreación en imágenes de los tantos colores que se desprenden de lo narrado, y la posibilidad de completar con sus trazos, como hacía yo en mis primeras lecturas, el universo transitado por los distintos personajes. No obstante, ello no entorpecerá que todos, jóvenes y adultos, conserven para siempre, y agradecidos, la impronta de esta historia bien contada, reflejo del sustancioso acervo cultural de la autora, quien se agiganta, además, en su trascendencia literaria por la pulcritud y hermosura del lenguaje con que narra.