'The Merry Adventures of Robin Hood'', ilustración de Howard Pyle, 1954,
  • 'The Merry Adventures of Robin Hood'', ilustración de Howard Pyle, 1954,

Los favoritos de siempre

Irene Vasco

Hacer un recorrido por las historias que me formaron como lectora, es remontarme por la geografía y las voces de Colombia y volver a escuchar a Esteban Cabezas, con su Tío Guachupecito navegando por el río Cauca, y a Manuel Zapata Olivella, acompañado por un tambor, narrando las aventuras del Tío Conejo y del Tío Zorro, con todos nosotros sentados a su alrededor. 

Pero hoy hablo de libros, no de historias narradas. Y este itinerario, como cualquier otro, tiene altos y bajos tan elevados o tan profundos como cualquier recorrido intenso que se respete.

No puedo negar que los cómics acompañaron mi formación como lectora. Todos los Pato Donald, las Lulú, los Superman, para sólo mencionar los favoritos, se camuflaron por años dentro del libro de geografía, pues estas inconfesables lecturas eran perseguidas por los adultos, como supongo que seguirán siéndolo hoy en día (lo que no me imagino es en qué texto se esconderán pues no he vuelto a ver libros tan grandes en los morrales escolares).

Mis cómics, que todavía guardo en un lugar especial de la biblioteca, iban de la mano del LIBRO, el verdadero libro, que leí, releí, me aprendí y sigo leyendo cada vez que comienzo a perderme por los caminos: Robin Hood de los Bosques.
Ahora, adulta, descubro, con horror, que mi libro no es un texto original. Robin Hood, el auténtico, es una recopilación de narraciones épicas, en donde lady Marian no existe, pues los hombres del bosque no se enamoran. No me importa. Mi Robin Hood, el que se metió en mi vida cuando tenía diez años, es el único y verdadero para mí, desde entonces y para siempre.

A veces quisiera ser Robin. Cuando la injusticia social me golpea, pienso que no queda más alternativa que el bosque. Otras veces, prefiero a lady Marian, con sus hermosos vestidos, su apasionante historia de amor y su entereza ante los peligros. Nunca olvido al frayle gordito ni a Little John, con su fidelidad a toda prueba y su infatigable lucha por los ideales. Son todos unos héroes, mis héroes.

Mujercitas, en especial Jo, fue, y ha sido, mi otro punto de referencia permanente. Esa infatigable lectora, que con el tiempo se convirtió en escritora y que además se inventó un delicioso colegio en donde los niños aprendían cocinando, sembrando, haciendo cosas reales, es como un manual de moderna pedagogía. Muchos de mis proyectos hoy en día son fruto de aquello que Jo sembró cuando yo apenas comenzaba a formarme.

Los Cuentos de hadas ilustrados por Rackham, la escalofriante Biblia con los grabados de Doré, Peter Pan y Wendy, Heidi, los Cuentos de Oscar Wilde, la mitología griega y romana, El tesoro de la Juventud, por fortuna me alimentaron durante años. Sin estas buenas lecturas, posiblemente habría perecido en el abismo sin fondo en donde me sumergí a los quince años (abismo que recuerdo con tanto placer que se lo recomiendo a cualquiera): Corín Tellado.

Vacaciones en casa de mis primos, un metro entero de revistas Vanidades, un corazón que se despierta a las pasiones, propias o prestadas por los románticos personajes con túrgidos senos bajo blusas apretadas que se multiplicaban en una y otra de las historias, fueron los ingredientes que desataron una incontenible lectura de ciento veintidós noveletas, en tres semanas de vacaciones.

Lecturas irrepetibles, no porque no las recomiende en un momento dado de la vida, sino porque no podría regresar a ellas, como regresaré para siempre a otras más nutritivas. Lecturas que me dejaron tan agotada, que no tuve más remedio que brincar, sin progresión gradual, sin previo aviso, a la literatura europea.

No entiendo cómo, pero de Corín Tellado, salté directamente a Sartre, Camus, Dostoievski, Tolstoi, Hesse, con los que me embriagué durante mucho tiempo, y a los que acompañé con la música que también había abandonado durante el letargo de la adolescencia. El retorno a Mozart, Beethoven, Verdi, Puccini, Orff... fue el otro lado de la moneda. Estas son las otras lecturas, las que no pueden faltar en mi vida, tan intensas, tan permanentes como las de los libros.

Hoy día, cuando los niños me preguntan sobre mis lecturas favoritas, mi respuesta es siempre la misma: los libros de mis mejores amigos. Porque leer también tiene que ver con los afectos, por supuesto. Jamás dejo de hablar de El terror de sexto B, de Yolanda Reyes; de Caperucita Roja y otras historias perversas, de Triunfo Arciniegas, ni de Yo, Mónica y el Monstruo, de Antonio Orlando Rodríguez, a la hora de contestar esta reiterada pregunta.

Y mi respuesta va más allá de los afectos. Es una respuesta honesta. Pienso, creo, estoy convencida, de que estos libros acompañarán a los nuevos lectores como a mí me han acompañado mis libros, a los que siempre regreso. Nuevas lecturas están por venir, pero aquellas ya cumplieron con su objetivo. Soy lo que soy, para bien o para mal, gracias al camino que mis libros marcaron en su momento.