Ilustraciones de Alekos para 'Así somos. Tradiciones populares colombianas'. de Beatriz Helena Roblado. Bogotá: Ediciones B.
  • Ilustraciones de Alekos para 'Así somos. Tradiciones populares colombianas'. de Beatriz Helena Roblado. Bogotá: Ediciones B.
  • Así somos

    Ilustraciones de Alekos. Bogotá: Ediciones B, 2009.

Así somos, de Beatriz Helena Robledo

Darío Jaramillo Agudelo

Hay palabras que significan demasiadas cosas y, por eso, acaban por no significar ninguna. Por ejemplo “cosa”, que según la Academia significa, primera acepción, abro comillas, “todo lo que tiene entidad”. Una cosa es cualquier cosa. Una cosa es todo, todo lo que tiene entidad, es decir, nada. Usar “cosa”, es usar la imprecisión absoluta, la generalización total. “Ser” y “ente” y “sustancia” y “trasto” y “elemento” y el colombianismo “vaina” son sinónimos de “cosa”, es decir, son palabras que pueden ser sinónimas de todos los sustantivos. Cosa, ser, vaina, trasto, elemento.

Pues he de decirles que a mí me pasa lo mismo con la palabra “cultura”. Cultura es tantas cosas, que al fin no es ninguna. La más evanescente definición de cultura comienza con la palabra “todo”, igual, exactamente igual, que la definición de la palabra cosa –“todo lo que tiene entidad”. La de cultura es “todo lo que el hombre hace”. Lo que abarca desde la poesía lírica –que me tomo la libertad de nombrar de primera– hasta la culinaria, desde el vestido hasta las creencias, desde la forma y material de la casa hasta los juegos, las maneras de la fiesta y los ritos del funeral. Donde haya seres humanos todo es cultura. El resto son las estrellas y la tierra virgen que, por cierto, un amigo mío define así: tierra virgen es aquella donde la mano del hombre no ha puesto nunca la planta del pie.

Cultura es “todo lo que el hombre hace”. La definición es consoladora pero inútil. Y a esta le compiten otras, una alusiva a las buenas maneras, otra al conocimiento, sofisticado y ocioso, de ciertos saberes inútiles: culto es el individuo que le cede el asiento a las señoras, culto es el individuo que habla latín. Estas dos últimas pueden llegar a ser contradictorias: ¿puede llamarse culto a un señor que sabe latín pero que no le cede la silla a la dama? ¿Será culto aquel que se pone de pie en honor de la señora pero ignora totalmente el latín?

Otra noción, que por lo menos permite designar algo perceptible, apunta a considerar que la cultura de un pueblo es el rasgo que lo distingue de otros pueblos. La cultura es la diferencia específica. Pues bien, el libro de Beatriz Helena Robledo es sobre un grupo de diferencias específicas, de asuntos propios de Colombia.

Lo que ha hecho Beatriz Helena Robledo con el libro Así somos. Tradiciones colombianas (Ediciones B, 2009) es reunir un mosaico de elementos integradores de la cultura colombiana.

El libro se divide en seis partes que son: uno, carnavales y fiestas; dos, juegos y juguetes: tres, personajes populares; cuatro, creencias y agüeros; cinco, mitos y leyendas, y seis, comidas tradicionales. Y está contado de un modo que cumple una ley mil veces escrita, que no estoy inventando: todo buen libro para niños es recomendable para que lo lean los adultos, pues es entretenido sin memeces y sin diminutivos, cuenta su rollo con claridad, en orden, usa lo pintoresco de la anécdota y nunca apela a los exhibicionismos del estilo.

Igual puede decirse de las ilustraciones de Alekos, que son alegres, deliciosas y llenas de guiños.

Así somos es un libro abierto. Permite, casi que invita, a que el lector le añada la fiesta de su pueblo, el plato típico de su región, el agüero o el personaje local. El subtítulo del libro es oportuno y está muy bien puesto: tradiciones colombianas. Se trata de rescatar la porción del pasado que continúa viva en el presente y hace parte de la percepción cotidiana. Son tradiciones que, en cuanto lo vivas que permanecen, no hay que investigarlas en los manuales sino pescarlas en el aire que se respira. Entrenar a los niños para esto, para tener la antena de lo que han heredado de sus abuelos y les es propio, es iniciar el más necesario curso de sentido de pertenencia. Es aquí donde recuerdo una de las tantas definiciones de ‘cultura’: la parte del pasado que continúa viva.

Sin extenderse demasiado, Así somos es una especie de breve enciclopedia, de catálogo de fenómenos, de sustancias, de elementos, en fin de cosas, de vainas que representan la cultura colombiana. Para cada uno hay uno, dos párrafos, perfectamente descriptivos, de modo que el ignorante que hay en mí, y que constituye todo lo que soy, puede enterarse del origen de carnaval de Barranquilla, o de los nombres de las partes de la carne mamona de los llanos orientales –“osa, raya, garza, tembladores, pollos, chocosuelas, pechos, paletas, entreverao y costillas o cachazas”–, o de dónde salió la madremonte. Aprendo que el viernes santo debo trapear el piso de mi casa con limón y hojas de matarratón, como hacen en San Andrés para que le cambie la suerte a la familia. Y “si a uno le pica la palma de la mano, es señal de que va a llegar dinero”. Esta enciclopedia de creencias me enseña también que uno no debe acostarse inmediatamente después de comer: “el que comió, se acostó y cuarenta pasos no dio, no pregunten de qué murió”.

Algunas de estas tradiciones colombianas son versiones locales de mitos más universales, dándole razón a Carl Jung, ese casi poeta discípulo de Freud, que apoya mucho de lo que dice en arquetipos universales. Tal es el caso de Francisco el Hombre, que le ganó al diablo tocando al acordeón; leyenda que se repite en muchas culturas, por ejemplo, entre los negros del Mississippi, en donde figura un personaje ganándole al diablo un torneo de guitarra.

Lo que es bien significativo es que los rasgos diferenciadores de un todo, Colombia, pertenecen cada uno a un ámbito mucho más reducido, a una ciudad, a una región. No hay una cultura colombiana propiamente dicha, sino que Colombia termina por ser una suma de valores y tradiciones regionales. En la costa no se come cuy, no hay carnaval en Medellín ni cuadrillas de San Martín en la Guajira, en donde sí se celebra el festival de la cultura wayú. Jovita, la caleña, es muy difícil que supiera qué es el casabe amazónico. Pareciera que no hay un símbolo abarcador del millón y pico de kilómetros que conforman el territorio colombiano, suma de diversidad. Esto no es exclusivo de Colombia. Un artista español, el genial Joan Brossa, elaboraba unos poemas visuales entre los que se hizo famoso uno titulado “país”, que estaba representado por su símbolo más inequívoco y más obvio, tal vez el único que vale para un país: un balón de fútbol.

Hay necesidades que se tienen y que no se descubren como necesidades sino cuando aparece aquello que las satisface. En ese sentido, Así somos –tradiciones colombianas– era un libro que se necesitaba y que llena un vacío que no habíamos percibido hasta cuando Beatriz Helena Robledo lo intuyó. Este libro deberá actuar como abrebocas, como punto de partida para que los niños colombianos construyan mentalmente el pasado que los antecede desde antes de haber nacido, conozcan los elementos que han heredado y que los identifican y, lo más importante, para que, sintiéndose diferentes, aprendan a respetar las diferencias y tomen conciencia de que no son únicos sino, simplemente, distintos.