• Eso no me lo quita nadie

    Ana María Machado
    Ilustraciones de Alejandro Ortiz Traducción de Juan Fernando Esguerra Colección Torre de Papel Bogotá: Norma

Ana María Machado: camino a la perfección

Carlos Sánchez Lozano

“Y si aún estás pensando que esta es una historia de amor, como hay miles por ahí, estás muy equivocado”.

Con Eso no me lo quita nadie (1996) Ana María Machado ha logrado un nivel de madurez y de dominio del métier novelístico, una entrega y un amor por el arte literario, un conocimiento fervoroso del mundo de los adolescentes latinoamericanos, que sólo se nos ocurre halagarla diciendo que con esta obra ha llegado a un punto de síntesis y autorreconocimiento creativo propio de la maestría que avizora la perfección.

Es una narradora que involucra en sus obra dos elementos que Ángel Rama –el gran crítico uruguayo– valoró en Cien años de soledad de García Márquez: el elemento nacional y el popular. La obra de Ana María Machado –como la de Lygia Bojunga– se mueve con familiaridad en el reconocimiento de la especificidad de un país como Brasil, en sus diferencias subregionales, en sus geografías, pero sobre todo en su historia. Ya le habla con absoluta seguridad tanto al profesor amigo de las teorías literarias francesas como a la joven de quince años que lee fascinada sus novelas en un bus camino a la escuela. Logra identificar con acierto lo que une y desune culturalmente a su país, reconoce las raíces y los conflictos que vertebran ese Brasil que ingresó al siglo XXI con cerca de 165 millones de habitantes, un conflicto regional que tiende a agudizarse debido a la tremenda pobreza de una zona y a la riqueza ciega de otra, y una economía que lo puede convertir –con México– en el país más poderoso de América Latina.

Su novela es arriesgada y se sostiene valerosamente a lo largo de sus ciento cincuenta páginas en la edición castellana. Ana María Machado ha llegado a ese estado de felicidad –pero paradójicamente también de angustia– en que lo ve todo. Si fuera filósofa diríamos que va camino hacia el socratismo. Lo divino y lo humano pueden ser revisados por su palabra.

En Eso no me lo quita nadie hay una radical y abierta declaración a favor de la búsqueda de independencia de las adolescentes brasileñas, y podemos hacerlo extenso, a las chicas latinoamericanas. Hay una petición de respeto y de reconocimiento hacia un mundo propio, donde al fin se dialoga con el universo masculino, sin someterse a ninguna clase de tutela.

En términos de Kant, este libro refleja la mayoría de edad femenina. Es una imaginativa respuesta a los sexismos y a las exclusiones de género que tanto atraso, dolor y frustración han soportado las adolescentes en nuestra continente. Y en el mismo sentido es un homenaje a las mujeres que han luchado a través del pensamiento y de su praxis social por hacer valer su interpretación de la realidad.

La historia de Gabi –una quinceañera de clase media que vive en una ciudad costera del este brasileño–, de sus enfrentamientos con su padre y su novio Bruno, de su búsqueda de identidad personal en un entorno adverso, sirve para revelarnos el modo como un ser humano afila las aristas de su personalidad y adquiere un perfil nítido. Página a página vislumbramos la forma como una adolescente asume una opción entre muchas, pasa del descubrimiento a la autonomía, de lo borroso a lo auténtico, de lo que está en potencia a lo que se constituye en configuración. Se asiste a la felicidad que conlleva encontrar una voz propia, única: “Cuando vi por primera vez a Bruno, supe que era el hombre más hermoso que había visto en mi vida”, dice con desenfado al comienzo del libro. Desde estas primeras frases identificamos quién es Gabi, cómo piensa, qué tipo de persona es.

Acompañarla a través de la obra nos permite comprender la forma como el amor se construye, es decir, qué caminos toma la educación sentimental –según la acertada acepción de Flaubert– y de qué modo se conforma la personalidad, la identidad, al tiempo que se aprende a amar. Gabi es inteligente, bella, persuasiva, una amiga sincera y una novia inteligente. Es madura desde muy joven. Lo sabemos tempranamente en la novela cuando se plantea el dilema ético que significa aceptar los coqueteos del chico que su prima idolatra: “Pero yo no podía tener amores con el hombre que a ella le gustaba sin al menos haberlo conversado con ella. Sería algo así como una puñalada en la espalda”.

La adolescencia es una etapa intermedia entre la niñez y la adultez, y a veces los jóvenes se comportan como unos u otros y por eso los mayores sufren tanto comprendiéndolos. Gabi en ese sentido es honesta. Asume la vida según los retos que le pone el día a día. Es gozosa, libre y llena de sueños. Sabe que es una adolescente en tránsito hacia la adultez, pero no hace trampas ni triquiñuelas con esto. No manipula. Dice algo –que siempre resulta ser honesto– y punto.

A diferencia del adolescente vulnerable o fantasioso, ella tiene un instinto de realidad feroz. Comprende que las leyes del mundo –sociales y culturales– son las impuestas por los adultos. Pero esto no la amedrenta. No quiere burlarse de nadie y por eso la vemos tan auténtica cuando se enfrenta a sus padres defendiendo su amor por Bruno, o ante éste cuando intenta frenar su independencia.

Ninguna de sus argumentos es de tipo sentimental. Cuando descubre a su mamá leyendo las cartas secretas que se escribe con su novio –quien pasará una etapa estudiando en Roma– maneja el lío con una madurez fenomenal: no humilla, no se muestra altanera. Simplemente aclara y establece puntos de vista severos. Gabi es la maestra y su mamá la alumna. Los padres aprendiendo de los hijos (¡Oh, paradoja!).

A partir de lo que es Gabi como adolescente, podemos determinar cómo será de adulta: imaginativa, recursiva, con proyectos definidos, capaz de sortear situaciones adversas en la vida: “Quiero viajar, conocer montones de personas, estudiar mucho, trabajar, tener una carrera, independizarme, hacer mil cosas diferentes”. Con razón puede concluir: “Eso no me lo quita nadie”.

Formalmente la novela es innovadora. Ya Ana María Machado se da el gusto de combinar géneros textuales con absoluto dominio técnico: el diario, las cartas, la narración en primera persona que avanza o se devuelve en el tiempo según le sirva para alcanzar los fines específicos de la historia. Las voces de los adolescentes son logradas y puras: Gabi, Dora, Bruno. Pese a que hablan de un modo muy particular (no nos referimos a jergas), descubrimos ese tono entre descubrimiento y confidencia que es tan afín a los jóvenes que descubren la vida.

El último capítulo de la novela es un crescendo fogoso. Como la oruga que se convierte en mariposa, Gabi adquiere la mayoría de edad intelectual. Con un compañero brillante y solidario, se involucra en un proyecto de reciclaje en la ciudad, aparecerá en televisión, será reconocida en la escuela, romperá con su primer amor, decidirá lo que quiere ser. Se le revelará esa luz súbita que todo adolescente inteligente identifica como el camino correcto: “Esa luz me mostró que nadie me quita lo que es mío. Y lo que es mío no son personas ni cosas, no es un enamorado ni un trabajo. Es lo que yo misma soy”.

Un brindis, pues, por Ana María Machado, maestra de la literatura latinoamericana y ganadora del premio Andersen.