Mis lecturas preferidas

Fanuel Hanán Díaz

Hacer un recuento de mis lecturas preferidas me obliga a repensar acerca de esos libros que me han dejado insatisfecho. Porque realmente hubiera querido seguir leyéndolos inagotablemente o porque me han dejado una extraña adicción que me ha permitido reconstruir fantasías paralelas a mi vida cotidiana. 

Mi gran favorito siempre ha sido Charlie y la fábrica de chocolate (Alfaguara), de Roald Dahl. Es una obra con la que me he identificado como niño. Imagino que ese libro realiza un recorrido por los secretos espacios de mi imaginación infantil: un río de chocolate, caramelos que pueden transformar a quien los coma, la conquista de un premio, un viaje por el fondo de la tierra, cambios de tamaño…

Cuento negro para una negra noche (Fondo de Cultura Económica), de Clayton Bess, es un libro que he releído varias veces por su suspenso y su profunda calidad humana. Misterio y magia acreditan una ambientación donde el lector hace un espacio para el encuentro de voces primitivas.

Cocorí (Educa), del costarricense Joaquín Gutiérrez: para mí fue un descubrimiento hallar un libro que pudiese penetrar la geografía espesa del trópico en una aventura donde se esconden tantos secretos. El arquetipo de la búsqueda me confirmó la experiencia universal de encontrar la respuesta a un enigma.

Otra lectura que ha transformado mi visión del mundo ha sido La cuerda floja (Norma), de Lygia Bojunga Nunes, por la capacidad de asumir un drama humano con humor.

Recientemente he tenido la posibilidad de contrastar las imprevisibles lecturas de Crónicas de Narnia, de C.S. Lewis, con las peripecias de Harry Potter, de J.K. Rowling. Ambas propuestas convergen en la creación de mundos imaginarios que convencen y atrapan de tal manera que puedes reconstruir un espacio aún después de que hayas cerrado cada libro. Creo que logran establecer un vínculo de dependencia y generar referentes para un lector que queda anhelante de una nueva aventura.

Por último, Los años terribles (Norma), de Yolanda Reyes, reafirma una mirada fresca al proceso de crecimiento, donde las protagonistas intercalan en diferentes planos narrativos sus vivencias.

A las obras mencionadas sumaría otras como Las brujas, de Roald Dahl, y La historia interminable (Alfaguara) y Jim Botón y Lucas el maquinista (Noguer), de Michael Ende. Si hablamos de lecturas afortunadas, la delicadeza y la ambigüedad de Lejos como mi querer (Norma), de Marina Colasanti, también aseguran mi apuesta por los libros infantiles.