Libros maravillosos

Ana María Machado

Entre tantos libros maravillosos que leí en mi niñez, es difícil destacar unos pocos. Pero hay algunos que sigo releyendo, siempre con encantamiento. Seguramente, antes que todo vendría la obra de Monteiro Lobato, sobre todo el primer volumen: Reinaçoes de Narizinho, que me agarró definitivamente para toda la lectura de mi vida. Me probó que leer es abrir infinitas puertas, y que no hay límites entre realidad e imaginación. 

En seguida, fui a vivir en una balsa que navegaba por el río Mississippi, ayudando a un esclavo a huir –en compañía de Huckleberry Finn, claro. Ese excelente libro de Mark Twain me hizo salir al mundo. Con esa celebración de la libertad, la amistad y la naturaleza, encontré mi gente.

También La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson, me fascinó. No sólo por el mar, las nieblas, la isla al sol, sino, sobre todo, por la ambigüedad del pirata John Silver, sembrador de sustos e inesperadamente protector, insinuando riesgos insospechables en el mundo de los adultos al que, sin embargo, yo deseaba acceder.

Ya adulta, descubrí, leí y releí el inagotable Winnie the Puh, de A.A. Milne, uno de los más deliciosos viajes por el lenguaje, con su mezcla de lo doméstico y lo complejo, lo poético y lo humorístico, un libro que me gustaría haber escrito. Lo leí para mis hijos, lo leo para mi nieto y veo como se mantiene nuevo y vivo. Una obra maestra.