• Margarita

    Rubén Darío
    Ilustraciones de Monika Doppert. Colección Rimas y adivinanzas. Caracas: Ekaré.

Siento en el alma una alondra cantar

Georgina Lázaro

Desde pequeña me han gustado mucho los cuentos, y tuve la suerte de encontrar siempre quien me los contara o me los leyera. Fue así que descubrí que aquellos misteriosos garabatitos negros que llenaban las páginas de los libros les decían cosas a los adultos que me leían. Eran palabras que, puestas en orden una al lado de la otra, contaban un cuento. De esa manera supe que los libros hablan en silencio y, para saber lo que decían, quise aprender a leer. Fue así que las palabras, que ya eran parte importante de mi mundo, adquirieron una dimensión especial porque lo ampliaron, lo enriquecieron, lo iluminaron.

Entonces, mi abuelo Pepe, una de esas personas que me complacía contándome cuentos, comenzó a regalarme libros. Recuerdo especialmente uno de ellos: un libro de nanas, rondas y versos para niños. Por él adquirieron las palabras una magia especial y quedé atrapada en el ritmo, la musicalidad y la belleza de la poesía. Así empecé a interesarme en los romances y relatos en forma de versos. Me embelesaba la armonía de la rima y el ritmo de la métrica al mismo tiempo que me interesaba y entretenía la trama de la historia.

De esa época recuerdo entre otros "Las canciones de Natacha", de Juana de Ibarbourou; el romance popular de "Los peregrinitos", recogido por Federico García Lorca, y los poemas de José Martí para los niños, especialmente "La niña de Guatemala" y "Los zapaticos de rosa". Sin embargo, el que con más cariño evoco es "A Margarita Debayle", de Rubén Darío, que conocí con el título de "Flor de luz" y que muchos conocen como "Margarita". Este fue entre todos mi preferido y lo aprendí de memoria de tanto leerlo por el gusto de repetir algo tan bello.

Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar:
tu acento.
Margarita, te voy a contar
un cuento.

El poeta le había escrito un cuento a una niña llamada Margarita, y yo sentía, al leerlo, que me lo estaba contando a mí. Con aquellas palabras que siempre han sido mágicas –te voy a contar un cuento– me transformaba un poco en Margarita y un poco en la princesa. Entonces, como en un encantamiento, toda la fantasía era posible.

Cuando leí el poema por primera vez no entendí todo lo que decía, pero me cautivó su ritmo y su musicalidad a pesar de que no conocía de rima ni de métrica, y me sedujo su hermoso lenguaje a pesar de que ignoraba el significado de algunas de sus palabras. Sin saber nada de símiles ni metáforas descubrí, como quien encuentra la solución a una adivinanza, que la flor de luz era una estrella y supe que se refería al cielo cuando hablaba de los parques del Señor. No conocía el perfume del azahar, pero podía imaginármelo. No sabía cómo era el canto de la alondra, pero casi podía escucharlo. Me dejé deslumbrar por la tienda hecha del día y acariciar por el manto de tisú.

Fascinada, leí el cuento muchas veces atraída por su sonoridad y poco a poco fui descubriendo su significado. Pero lo que más me maravilló fue advertir que las palabras pueden producir música cuando se combinan para formar un poema. Es así que desde entonces siento en el alma una alondra cantar, como dijo el poeta, para quien siempre guardaré un gentil pensamiento porque todavía, tantos años después cuando lo evoco en las noches, regresa a contarme el cuento.