• "La lectura, otra revolución", de María Teresa Andruetto, Fondo de Cultura Económica.

Libros sin edad. Acerca de libros, lectores, dádivas y puentes

María Teresa Andruetto

1. Una niña lee libros para grandes

Cierta vez, mi papá trajo a nuestra casa una Historia Ilustrada de la Pintura. Estoy hablando de una época en la que no sólo no existía internet, sino que casi tampoco accedíamos a reproducciones, de modo que en aquel libro que tenía pequeñas imágenes de grandes obras, rectángulos no más grandes que una cajita de fósforos, a razón de cinco por página, vi casi todas las obras de arte que conozco. Así sucede que un libro que hace muchos años fue a parar a otras manos, está en mi memoria como una suerte de museo universal, La matriz de todos los museos a los que he ido y todos los que nunca visitaré. Ahí estaban La Anunciación, de Simone Martini, Santa Ana con la Virgen y el Niño, de Leonardo; La pesadora de perlas, de Vermeer; La muerte de la Virgen, de Caravaggio; La batalla de San Romano, de Paolo Uccello; Adán y Eva, de Durero; Las espigadoras, de Jean-François Millet; La comida frugal, de Picasso, y Los jugadores de cartas, de Cézanne, entre muchos otros (mientras repaso en la memoria aquellas imágenes me pregunto por qué no habría allí mujeres, ¿es que acaso ellas no pintaban?), y estaba el Autorretrato ante el caballete, de Rembrandt. Aun en aquella pequeña reproducción, se podían ver los ojos desolados de un hombre que lo tuvo y lo ha perdido todo, un hombre al que le han embargado cuanto posee, incluso lo que su mano es capaz de producir, pero que aun así no puede dejar de pintar. Está frente a nosotros, con su gorro de dormir y su camisón, ha levantado los ojos de la tela y nos mira. Desde 1660, la fecha de su realización, no ha dejado de preguntarnos: ¿has visto lo que soy, en qué me he convertido? El hombre que se pintó a sí mismo más de sesenta veces, aquel al que podríamos considerar un egocéntrico, se ha convertido en su opuesto, una persona capaz de mirarse sin prejuicios y sin piedad a lo largo de la vida y de mostrarse ante nosotros joven, soberbio, excéntrico, maduro, sensato, dolorido, miserable…, en fin, un hombre. La imagen de ese hombre (el que habita detrás del artista) me persiguió tanto que termine escribiendo sobre un poema que se llama, precisamente, "Autorretrato ante el caballete", del que leo un fragmento:

Esto es lo que queda / de un hombre que se muere: /un pincel y la mano agrietada/ que sostiene el pardo, el rojo, / el amarillo... la mano que va, / que se desvela, desde el charc / de luz hacia la tela.

Hace poco pude ver finalmente, en el Louvre, el original de aquel autorretrato, uno de los últimos del holandés, un oleo sobre lienzo que en su real tamaño tiene 111 por 90 centímetros. Ahí estaba, cincuenta años más tarde de aquel descubrimiento de infancia, el hijo del molinero despojado ya de toda ambición, perdido todo aferrarse a las cosas del mundo. Este Rembrandt que –en esa tarea de sucesivos despojos de lo superfluo que es envejecer– a medida que perdía cosas y personas, como dice Genet, se fue volviendo bueno y levanta la cabeza para decirnos a esto llegaremos, también vos que estas ahí mirándome a lo largo de los siglos. Debo el amor por esa obra, un amor de casi cincuenta años, a aquel libro sin dudas no destinado a una niña, y a un cuadernillo de Genet con un dibujo de Saskia en la tapa. Un libro puede abrirnos la puerta hacia grandes obras, y las puertas que se abren traen consecuencias.

2. Una anciana lee libros para niños

Me escribe una amiga, su mamá cumplió noventa años y le hicieron -la hija, las nietas y sus pequeñas hijas-, en el departamento donde vive con una persona que la asiste, un pequeño cumpleaños. Cuando el sencillo festejo comienza, la madre dice que no pueden celebrar: es que no ha venido mi hija. Mi amiga es su hija y pasa algunas horas todas las tardes con su madre en ese mismo departamento. Ya no me amarga que no me reconozca, dice, aunque yo sé lo que le cuesta. Mi amiga me escribe para contarme que, en el arrasamiento de la desmemoria, su madre –que ha sido maestra y muy lectora– recuerda a los personajes de algunos libros que leyó, entre ellos al muchachito de uno de mis cuentos, titulado Pececitos de oro, que hace años le regalé. Antigua atracción por el objeto y por las dedicatorias. La que ya no puede leer aunque disfruta si le leen, siente felicidad al recibir un libro y es por eso que algunas personas que la quieren se los envían de regalo, por correo. A la madre de mi amiga le gustan esos objetos, le gusta ese sistema de circulación, que los libros lleguen con dedicatorias que su memoria modifica según el ánimo. Así es que algunos libros llegan y la madre y la hija los leen en voz alta, comparten algunas páginas y en el encuentro siguiente recomienzan…hacen esto una y otra vez porque la madre siempre quiere leer desde el principio. Lectura de a dos, conversaciones sobre personajes que, apenas esbozados, comienzan a tener en la que escucha otros derroteros, una vida distinta de la que el escritor les había deparado. Dice mi amiga, más adelante, cuando ella no esté, recordaré estos momentos como un abrigo, por la conexión con los placeres que ella tuvo y por los vínculos que establecemos. Ante una enfermedad así es difícil la comunicación, pero ahí las dos encontramos un rinconcito soleado. Después, la reflexión de mi amiga sobre la escena con su madre se vuelve, si cabe, más íntima: ¿Sabés?, de pronto en medio del Alzheimer estábamos hablando de literatura, con los ojos brillantes de siempre, ese lugar en lo más hondo, ya cuando la razón se va retirando.

3. Libros como dádivas o puentes 

Dádiva es donativo o regalo, dice el diccionario, aunque en el castellano argentino esa palabra evoque de algún modo la limosna. Los diccionarios hablan también de ofrenda, lo que tiende un puente hacia lo sagrado. Obsequio, ofrenda, óbolo, moneda que se paga a los que vienen en nombre de quienes estuvieron antes. Puente entonces. …palabras-puentes hacia otros. / Hacia otros ojos van y no son mías. / No solamente mías… (…) … Vinieron de otras bocas/ y aprenderlas fue un modo/ de aprender a pisar, a sostenerse, dice un poema de la uruguaya Circe Maia que se titula justamente Palabras. Libros como dádivas, ofrendas o puentes hacia otros y hacia zonas desconocidas de nosotros. Puentes también hacia lo sagrado, porque hay algo sagrado en la vinculación entre un escritor, su lengua y su sociedad. A un extremo y al otro de lo escrito y lo leído hay personas que se encuentran y ese momento que ofrece la lectura es el puente en el que se encuentran subjetividades que pueden incluso, como bien sabemos, ser de distintos siglos, de distintas culturas, de distintas lenguas. Leemos porque deseamos cruzar esos puentes, acceder a experiencias que no podríamos transitar de otra manera, pero los libros no son sólo puentes entre personas, sino también entre las condiciones de humanidad de una cultura y las formas estéticas que a partir de ellas se generan, entre el mundo íntimo de quien escribe y la sociedad a la que éste pertenece, entre “el yo más propiamente mío” del que habla la poeta italiana Patrizia Cavalli y las voces de muchos otros. Puente y donación que se hace por escritura pública. Escritura privada que se vuelve pública.

4. ¿De quién y para quién es un libro?

Me gusta recrear una escena que relató cierta vez Bernardo Atxaga:

En una calle de un pueblo, en Mozambique, un chico de pies descalzos aborda a una estudiante que lleva un libro en brazos. A medias, en la cubierta del libro, asoma la foto del autor. El chico ve en esa foto a un hombre que conoce.

¿Ese libro es de Mia Couto? –pregunta.

La estudiante dice, sorprendida, que sí, que es de Mia Couto. Entonces el chico le arranca el libro de las manos y corre hacia la casa de Mia Couto, en la que su madre trabaja de sirvienta. Va a devolverle el libro a quien le pertenece. Va a restituir el libro a su autor.

¿De quién y para quién es un libro? ¿A quién pertenece, como apropiarnos de él, más allá del autor, la editorial, el librero, a la biblioteca? Y si el libro es, como nos gustaría pensar a quienes estamos aquí, del lector, entonces ¿qué libro es para qué lector? Por cierto que el chico de Mozambique cambiaría su idea de la propiedad si aprendiese a leer. En el acto de leer, un libro se repliega en su condición de objeto que tiene dueño para convertirse en un ser vivo, capaz de interrogarnos, perturbarnos y enseñarnos a mirar zonas aún no comprendidas de nosotros mismos. En esa diversidad de experiencias/en esa multiplicidad de sentidos en la que los libros nos sumergen, está su riqueza, y en la posibilidad de buceo en nuestras zonas indómitas, esas zonas de las que mucho habló Graciela Montes. No creo en los libros ni en la literatura fuera de los lectores, entonces para que un libro sea para un chico o un grande no un objeto inerte, sino ese artefacto que interroga/ que interpela/que ahonda en nuestra viva condición, debe ese chico o ese adulto convertirse en un lector. Y ahí donde hay un lector, hubo antes otros lectores, una familia, un maestro, un bibliotecario, una escuela, un otro o unos otros que tendieron puentes. A la construcción de esos puentes y a la calidad de esos puentes, deben ir nuestros esfuerzos.

Siempre me ha llamado la atención la tendencia que tenemos los seres humanos a etiquetar, clasificar, poner a andar nuestros prejuicios antes de comprender al otro, escucharlo en su condición de otro. En cierto modo podría decir que la escritura es el camino que encontré para intentar desarticular en mí los prejuicios que me asaltan con respecto a personas o asuntos, porque escribir (lo mismo que leer) es mirar intensamente y seguir en su transformación a un personaje en un camino que no sabemos hacia dónde nos llevará. Lo cierto es que me he visto a mí misma en mis prejuicios muchas veces, como pueden reflejarlo un par de experiencias de lectura que quisiera compartir con ustedes:

Hace ya muchos años (entre 1984 y 1988) coordiné talleres de lectura con chicos encarcelados. Se trataba de un grupo de menores de entre 9 y 17 años, que habían cometido homicidios o delitos a mano armada en causas con personas mayores. Mi mayor preocupación era encontrar algún tipo de literatura que les interesara. Me decidi por cuentos fuertes, donde aparecieran la pobreza y la violencia, porque me parecía que si ellos habían vivido esas experiencias, sus intereses serian bien diferentes de los de otros niños y jóvenes de esa edad. Era sin dudas un prejuicio. No funcionó. Y así seguí de un material a otro, a los tumbos, durante meses, hasta que un día descubrimos ellos y yo, de modo completamente azaroso, un punto de encuentro: los cuentos maravillosos. Maravillosos cuentos de amor entre príncipes y princesas.

En el mismo sentido, otra experiencia, mas reciente, en una escuela a la que fui invitada como escritora. Una escuela primaria, pública, en una pequeña ciudad turística de mi provincia. Alumnos de quinto grado, una docente muy entusiasta realiza un proyecto de lectura que incluye un diario de lector que los alumnos de quinto y sexto llevan durante los dos años que transitan con ella. Advierto enseguida que la artífice de todo es ella, que el proyecto se hace sólo en los dos cursos a su cargo, que no es un proyecto institucional. La escena que nos compete: más de 60 alumnos sentados en el suelo, y yo frente a ellos en una silla, dispuestos todos a comenzar el diálogo. Me sorprenden los chicos, muy inquietos, pero especialmente uno de ellos, que pregunta cuestiones muy precisas sobre los libros. Es menudo, morocho, gracioso y tiene una trencita roja muy fina colgándole del pelo, supe después que tenia 11 años y que en algún momento había repetido curso. Me pregunta especialmente sobre uno de mis libros, El caballo de Chuang Tzu; cuando indago dice que trabaja para un señor que alquila caballos a los turistas, le digo que yo tengo dos caballos en mi casa, él conoce de pelajes, enumera alazán, colorado, pintado, bayo, moro, colorado cabos negros y otros nombres hermosos. Le regalé un libro, un poco aparte, en secreto, porque no tenía libros para todos, y a poco de eso se acercó un compañero, miró el libro y le preguntó "¿lo compraste?". El dijo sí, ¿cuánto cuesta?, preguntó el otro, tan avispado como él, 26 pesos, dijo, con lo que me pareció que había resuelto con inteligencia la situación, había comprendido que no debía decir la verdad por proteger al compañero, por protegerme a mí, por beneficiarse, tal vez por todo eso al mismo tiempo. Después –cuando el encuentro terminó y los chicos y la maestra fueron a una sesión de cine– quedé hablando con la vicedirectora, quien se lamentó por el niño que venía de una familia con muchos problemas y que por esa razón no aprendía. ¿No aprende?, pregunté sorprendida, ella contestó que el problema era la escritura, leer sí, pero tiene muchos problemas para escribir, y todo terminó en la palabra: pobrecito. Me pareció que un chico que era capaz de leer con entusiasmo, de relacionar lo que había leído con cuestiones de su vida, de hablar con soltura con la escritora que llegaba a la escuela, un chico que tenía esa vivacidad en la mirada, no merecía el adjetivo de pobrecito. Seguramente así lo comprendió la maestra, que cuando nos despedíamos me dijo: tiene tanto entusiasmo que cuando no viene lo extraño. Faltaba mucho, pero cuando le dije que lo extrañaba empezó a venir, fue como mágico.

La tercera experiencia es un cuento "para adultos". El cuento se llama Marvin, es del escritor Gustavo Nielsen. El narrador es una maestra devenida inspectora y narra la escena de un mago de labio leporino que por encargo del gobierno hace funciones de magia en escuelas rurales y que, en una escuela perdida, por azar o perspicacia, elige como protagonista de su número a la chica menos avispada de la clase.

–Un buen mago debe tener dos bocas: una para anunciar el truco y otra para callar la trampa. Yo las llevo separadas por esto –se señaló la herida–, así me aseguro de que funcionen correctamente. Con las cabezas a veces no pasa. En ocasiones uno tiene varias cabezas pero no están muy conectadas con el cuerpo,

La elegida es Anita.

–Bien –dijo Marvin–. Anita tiene, si no me equivoco, una gran capacidad para el pensamiento y una imaginación prodigiosa, sólo que no las ha desarrollado aún, porque es chiquitita. ¿Cuántos años tenés?

Ella asomó ocho dedos por sobre la puerta.

–Claro, ocho... Y cuatro cabezas, ¿les dije?

–Sí –contestaron los chicos.

–Solo que no se le notan, porque nadie las conectó.

Después de hacer su truco, el mago dice:

–Esto no es magia, es lo que había dentro de Anita, dijo el Mag–. ¿Notan alguna diferencia?

–Nadie lo notó –dijo–, pero ya lo van a notar. Anita tiene las cabezas conectadas de nuevo. Eso es tan importante que, si no lo advierten, es porque las de ustedes están mezcladas…

El cuento sigue en su derrotero hasta que la narradora (por entonces maestra y ahora inspectora) dice Yo no pude explicarme cómo, pero aquella nena un tanto deficiente (…) comenzó a leer de corrido y a escribir sin faltas. Le presté los libros que tenía…

4. Libro como fisura/puente hacia la memoria de una lengua y de una comunidad

Libro como moneda que se paga a los que vienen, en nombre de quienes estuvieron antes con nosotros, decía. Los griegos hacían suceder sus tragedias en la puerta del palacio, ese umbral donde lo privado se vuelve público, porque desde ahí se puede escuchar el grito de la que habita la casa y oír al mensajero que llega desde tierras extranjeras con la mala nueva. Lo privado y lo público: así va la escritura a mirar en lo pequeño, en lo íntimo, para comprender los comportamientos de una sociedad. La literatura es memoria y como tal necesita construir con palabras un plus, una distorsión o un corrimiento de sentido, una fisura que nos permita ir en busca de lo que todavía desconocemos. Torsiones a la lengua para construir un estado de interrogación en busca de otra cosa, otras cosas, algo más. Viaje incierto hacia nuestros puntos ciegos, con la lengua de todos como herramienta, para construir un no saber que nos lleve hacia nosotros mismos.

5. Escritores para grandes, escritores para chicos / libros para grandes, libros para chicos.

Algunos autores y editores que, a modo de ejemplo, quisiera traer aquí:

Edith Vera, poeta de Argentina, de mi provincia, que vivió entre los años 1925 y 2003, publicó libros de poemas para niños y plaquetas y libros de poesía para grandes. Leo uno incluido en un libro “para chicos” titulado Las dos naranjas.

A Eulalia, mi vaca,
le puse corona
de trébol y alfalfa.
Ella alza los ojos
y mira que mira,
queriendo comerla...

No quiere ser reina
mi vaquita Eulalia! (1)

Leo ahora un poema que integra un libro "para grandes", titulado Del agua, de los pájaros, de los cielos y de los quehaceres terrestres

Una vez que se ha pronunciado
la palabra amapola
hay que dejar pasar algo de tiempo
para que se recompongan
el aire
y nuestro corazón. (2) 

Tomi Ungerer, cuya producción está calculada en unos 40.000 dibujos y más de 120 libros, nunca quiso ser clasificado en una técnica específica o dentro de un género. Tengo dentro de mí un montón de identidades diferentes que bailan todas juntas sobre la misma cuerda, dijo quien creó personajes ingenuos como Los Melops, malvados como Los tres bandidos e imágenes desconcertantes en las que recortes de revistas o fotos se transforman, combinados con sus dibujos de línea, en elementos de características antes insospechadas. Él habló hace ya muchos años de libros sin edad, considera que su obra se dirige tanto a chicos como a grandes y confiesa que lo que más le gusta es sentirse inclasificable. (3)

Los Inclasificables es el nombre que le dimos, conjuntamente con el ilustrador Istvansch y la editora Rosario Charquero a una colección de libros que se aloja en Ediciones del Eclipse y que, pese a nuestras intenciones (Libros únicos para ser leídos por todos), no tuvo el efecto de circulación que esperábamos, aún cuando nuestra espera fuera, en verdad, muy modesta. Ahí publicamos entre varios otros Paquelé, una novela conmovedora del cubano Julio Llanes; Sumamente hormiga, una selección de poemas visuales de César Bandin Ron, y un libro que reescribe la crónica de Ulrico Schmidl, viajero y cronista que llegó al Río de la Plata integrando la expedición de Pedro de Mendoza. (4) Sobre ese relato que apareció por primera vez en alemán, en 1567, el escritor e ilustrador argentino Carlos Schlaen escribió e ilustró Ulrico como si se tratara de un manuscrito, un libro pleno de humor, editado a modo de los primeros ejemplares impresos, con iniciales ornamentadas, viñetas y bordes que imitan los diseños de edición renacentistas. (5)

En esta misma línea, podríamos preguntarnos: ¿A qué lector se dirige una colección como Frontera, que María Osorio lleva adelante en Babel/Colombia? ¿Para que lector es A vida secreta das árvores, que Martins Fontes, de San Pablo, tradujo y editó en 2010, o Un amigo para siempre, de Marina Colasanti, centrada en un episodio de vida del escritor angoleño Luandino Vieira, que la editorial argentina Calibroscopio aloja en la colección Todos distintos? No hace mucho leí ese libro "para niños" en la escuela que funciona en la cárcel de Bower, en Córdoba, a hombres grandes, presos comunes, que están cursando ahí el secundario, y pude comprobar el efecto que produjo. ¿Para quién es la trilogía titulada La fábrica de vinagre (Los pequeños macabros, El dios de los insectos y El ala oeste) del gran Edward Gorey que Libros del Zorro Rojo editó en 2010? ¿O la nouvelle El trino del Diablo, de nuestro Daniel Moyano, editada como libro para adultos, que llevé tantas veces a mis grupos de niños y jóvenes? ¿O la colección Mágicas naranjas de la editorial del mismo nombre, que edita poemas de poetas de mi país, los ilustra y lleva a los circuitos de libros para niños? En esa colección, bajo el lema libros para pequeños o grandes lectores de poesía, han aparecido poemas de Diana Bellessi, Osvaldo Bossi, Arnaldo Calveyra, Irene Gruss o Alicia Genovese, ninguno de los cuales tuvo antes vinculación alguna con los libros para niños. ¿De qué hablamos cuando hablamos de libros?, ¿de qué hablamos cuando hablamos de lectores niños o adultos? Y regresando a la escena que nos narraba Bernardo Atxaga, ¿de quién es un libro?, ¿quién y por qué razones decide eso? Barthes habla de punctum. Dice: No soy yo quien va a buscarlo, es él quien sale de la escena como una flecha y viene a punzarme. En latín existe una palabra para designar esta herida, este pinchazo, esta marca (...) a ese elemento que viene a perturbar...lo llamaré punctum, dice, pues punctum es pinchazo, agujerito, pequeña mancha, pequeño corte, y también casualidad.

Aunque se editen hoy tantos miles de libros, casi 40.000 títulos en Argentina en 2011, los buenos libros son en proporción pocos. Las posibilidades que un libro tiene de permanecer, de habitar en la memoria de un lector (que es la verdadera forma de permanecer que tienen un escritor y un libro) son remotas. Pasan y pasan en este mundo no solo objetos, programas de televisión, noticias…, una cosa tapa a otra rápidamente, y pasan también muchos libros, como un vértigo que no permite que queden en nosotros vestigios de su existencia. Sin embargo, y a pesar de todo eso, algunos libros quedan. Un buen libro es un libro capaz de quedarse en nosotros, como se quedan las personas que amamos. Un objeto capaz de permanecer vivo entre el mar de libros que se edita y somos nosotros, los lectores, los que decidimos qué libros quedarán vivos en nuestros corazones, los que ofrecemos como territorio de siembra nuestra memoria, para que los libros se instalen, crezcan, permanezcan. Lo cierto es que algunos libros abren una grieta, no nos permiten el olvido. No siempre se trata de los mejores libros, ¿quién podría asegurar "estos son los mejores libros"?, sino de aquellos que disparan una flecha que, como el amor, como el amado, no flecha a todos por igual. No atesoramos el libro mejor escrito sino aquél que por razones que no siempre comprendemos, nos interroga acerca de nosotros mismos. El encuentro con ese libro no depende sólo de lo que ese libro tiene o es en sí mismo, sino de una conjunción misteriosa de ese objeto, el lector y la ocasión de encuentro, ese puente que une a quien escribió con quien lee, un puente que levantan editores y mediadores.

6. Un haiku de Issa

Un haiku de Issa dice, en la traducción a la que he tenido acceso:

Esta gota de rocío/ es una gota de rocío/ y sin embargo…

Ha venido en mi auxilio ese poema del poeta peregrino para cerrar estas líneas. Estuve hablando de todo esto intentando decir que no creo en las clasificaciones sino en el encuentro de los lectores con los libros, en un encuentro que, por lo menos en los comienzos de vida lectora, necesita de ayuda, de puentes. Intenté decir que tenemos la responsabilidad social de construir puentes de lectura, para que, como dijo vuestro Antonio Cándido, el derecho a la literatura esté incluido entre los bienes que no se le pueden negar a nadie, porque corresponden a necesidades profundas del ser humano. La literatura no solo como un instrumento poderoso de instrucción y educación, sino también como factor de perturbación y de riesgo, un camino que ni corrompe ni edifica, sino que humaniza en sentido profundo, pues hace vivir (6). He dicho o creído decir que a la hora de escribir poco importa, o nada debiera importarnos, hacia quién irá lo que escribimos. He dicho algo de todo esto, y sin embargo…como en el haiku milenario persiste algo que no consigo explicarme, porque todos sabemos –también yo– que si bien las fronteras son difusas y las zonas de lectura se corren todo el tiempo según tantos condicionantes y circunstancias, y los lectores son siempre únicos y desconcertantes en sus deseos e intereses y nos toman siempre desprevenidos, por más editores o mediadores que existan no todos los libros son para todos los públicos.

Entonces, al menos yo, me rindo a esa zona de misterio que cada ser humano tiene y que cada libro tiene, me entrego a la incerteza, que en la escritura es el camino más difícil pero también el más necesario y el más fecundo. Porque un poema, un cuento, una novela, pueden ser un puente, eso es algo que tal vez sabemos. Lo que no sabemos es, en cada caso, hacia dónde y hacia quiénes y hacia qué conduce ese puente, pero quizás a eso pueda intuirlo mejor un editor, un mediador, que son al fin y al cabo quienes saben construir puentes entre escritores y lectores.

Niteroi, octubre 2012.

Notas:

1. Edith Vera. Las dos naranjas. Ediciones Boletín Publicitario, Buenos Aires, 1969.
2. Incluido en Premio Argos de Poesía 1991-1992. Ediciones Argos, Córdoba, Argentina, 1993.
3. Asun Balzola. "Sobre algunos de los (para mí) mejores ilustradores mundiales", revista Alacena, n° 15; Madrid, 1992.
4. Ulrico Schmidl. Viaje al Río de la Plata, 1534-1554. Notas bibliográficas y biográficas por Bartolomé Mitre. Prólogo, traducción y anotaciones por Samuel A. Lafone Quevedo. Buenos Aires. Cabaut y Cia., editores. Buenos Aires: Librería del Colegio, 1903.
5. Carlos Schlaen. Ulrico. Ediciones del Eclipse, Buenos Aires, 2012.
6. Antonio Cándido. El derecho a la literatura. http://es.scribd.com/doc/79984103/El-Derecho-a-La-Literatura

 

(Esta conferencia de María Teresa Andruetto está incluida en el libro La lectura, otra revolución, de Fondo de Cultura Económica. Se reproduce con la autorización de su autora).