Qué amo y qué odio de los libros para niños

Ana María Shua
Voy a comenzar por el odio, que es más sencillo y menos comprometedor. Odio las historias para no ser creídas. Odio los libros disimuladamente moralizantes. Es mucho mejor una fábula con su consiguiente moraleja o un cuento como Caperucita Roja, pensado para advertir sin disimulo a los niños contra los lobos, (o a las niñas contra los desconocidos) que un falso cuento libre, que supuestamente no pretende enseñar nada, pero que guarda en su interior, como el cianuro en el carozo de un durazno, una aburridísima y rígida lección de vida.

Seré audaz, voy a confesar algunos de mis odios con nombre y apellido. Odio El Principito, de Saint Exupery, casi un símbolo de lo que no debería ser, un libro que reúne en simultánea todo lo que me irrita de la literatura infantil. El Principito, tan leído por los niños de América Latina y Europa y casi ignorado por los de Estados Unidos, es para mí un libro de autoayuda espiritual infantil (y odio la autoayuda espiritual, por supuesto). Es una guía para ser felices y un catálogo de todo lo que no hay que hacer si no queremos convertirnos en seres inútiles, antipáticos y desdichados. Para que los varones sean felices, claro, porque ya se sabe que no hay manera de complacer a una rosa: para El Principito, para su autor, la exigencia y la insatisfacción son las marcas de nuestro género.

Odio, decía, las historias para no ser creídas. Me irritan profundamente los cuentos y novelas para chicos que, en nombre del juego, se limitan al juego. De la literatura, espero algo más. Espero conmoción y terror, alegría, indignación, espero que convoque emociones, que perturbe, que deje preguntas sin responder. Si la abuela de Caperucita no había hecho nada malo, ¿por qué el lobo se la comió igual? Y en este odio voy a tener que arriesgarme todavía más, voy a tener que hablar mal de un querido y respetadísimo autor de narrativa y de teoría en la literatura infantil: nada menos que Gianni Rodari, que hizo mucho daño a la literatura infantil de América Latina con su bellísima;Gramática de la fantasía.

Gianni Rodari propone el humor inteligente y el juego con el lenguaje en todas sus variantes. Pero su propuesta resultó mortífera en su combinación con la censura de las buenas intenciones que afectó durante muchos años nuestra literatura infantil. En su nombre, se quiso privar de todo conflicto serio a los libros para no afectar la delicada psiquis de los niños, que mientras tanto disfrutaban viendo monstruos, asesinatos, torturas y otras variables del horror, eso sí: por televisión. Con la escritura bajo el control de una psicopedagogía mal entendida, el humor se convirtió en una vía de escape para nuestros mejores autores. Y se instaló una tendencia a seguir demasiado de cerca las propuestas de Gianni Rodari, que en algunos casos resultaron esterilizantes o por lo menos limitativas. En lugar de escribirse cuentos con humor se escribieron cuentos en broma. Cuentos en los que se transgredía la categoría de la verosimilitud, cuentos en los que, desde la primera línea se le estaba haciendo un guiño al lector: esto no es en serio, no te lo creas, solo estamos jugando. Hacer literatura en chiste no tiene nada de malo y hasta podría considerarse excelente, solo que, al no proponerse variantes a esta posibilidad, como tono único, corrió el peligro de volverse asfixiante. Y fue asfixiante durante muchos años, recién ahora, en los últimos veinte años, estamos logrando romper esos límites.

Amo esa extraordinaria literatura de la verosimilitud en la que coinciden de tan distinta manera autores como Horacio Quiroga, con sus Cuentos de la selva, con el cuento popular. Estoy pensando, por ejemplo, en el cuento de Garbancito. Una pobre mujer estéril le da refugio en su casa a una vieja. Cuando la vieja se va le concede su deseo: que todos los garbanzos de la olla se conviertan en chicos. La pobre señora se ve rodeada de pronto de cien niñitos del tamaño de un garbanzo, todos desnudos y gritando con voz chillona "Mamá, contame un cuento", "Mamá, este me pegó primero", "Mamá, quiero pis", "Mamá, tengo hambre". La pobre mujer, desesperada, junta a todos sus hijitos, los arroja sin piedad en el mortero y se pone a machacar enloquecida. De golpe se da cuenta de lo que ha hecho y se echa a llorar. Ahora otra vez no tiene ningún hijo. De pronto, desde atrás del salero, se escucha la voz del inteligente Garbancito: "Ya puedo salir, mamá? No me vas a hacer nada?". Y el cuento sigue y nadie lamenta demasiado la desaparición de esos noventa y nueve hijitos machacados por su mamá, porque así son los cuentos. Como a nadie le preocupa demasiado, ni a Pulgarcito ni a sus lectores (o a sus oyentes) que el gigante corte por error las cabezas de sus propios siete hijos. Como ven, no van en busca del realismo mis amores. Pero ¿quién se atrevería hoy a tanto? (Bueno, hay quien, sin duda. Roald Dahl se atrevió, por ejemplo).

En suma, amo los cuentos y novelas de literatura infantil capaces de provocar en el lector esa "momentánea suspensión de la incredulidad" que propone Borges citando a Coleridge. Historias para ser contadas, historias para ser creídas.

Texto leído en el 5to. Seminario de Literatura Infantil y Lectura, realizado en noviembre de 2018 por la Fundación Cuatrogatos y la Feria del Libro de Miami.