Un taburete de tres patas

Elia Barceló
Si imaginamos mi actividad literaria como un taburete o un velador de tres patas, de esos que se utilizaban (y supongo que se siguen utilizando) en las sesiones espiritistas, una pata correspondería a la literatura realista para adultos, otra a la literatura fantástica para adultos y la tercera —o la primera, ya que en un taburete las patas no están ordenadas jerárquicamente, correspondería a la literatura juvenil de todo tipo de géneros.

La ventaja de que un mueble tenga tres patas es que nunca está cojo: ni sobra ni falta nada. La comparación con un velador para sesiones espiritistas tampoco es casual, porque entronca con esa idea tan antigua de que las historias vienen de algún lugar desconocido al que no tenemos acceso cuando y como queremos, por mucha técnica narrativa que hayamos desarrollado con el tiempo y la experiencia. A pesar de lo que digan, y de que hace mucho que dejamos atrás el Romanticismo, las Musas siguen vigentes y todo sale mejor cuando comparecen.

Cuando, ya hace más de veinte años, comencé a escribir novelas para público joven, lo hice con humildad, sabiendo que era un gran desafío y un atrevimiento. Al fin y al cabo, yo había sido joven, pero de eso ya hacía bastante tiempo y no podía estar segura de ser capaz de captar el interés de un público tan diferente. Pero pronto llegué a una conclusión que se ha revelado cierta: todos los lectores y lectoras, de la edad que sea, buscan básicamente lo mismo en una novela: una historia que les prenda y los saque de su vida cotidiana, unos personajes con los que puedan identificarse, aunque sean muy distintos de las personas que conocen personalmente, una forma diferente de mirar el mundo, una lengua precisa y competente que los lleve a otros mundos, regalándoles, de paso, un placer estético. No podemos olvidar que la literatura es el arte que usa la palabra como instrumento. Digan lo que digan algunos hoy en día, las escritoras y los escritores somos artistas, personas que trabajamos para dominar una artesanía con el propósito de llegar a hacer arte; no somos “creadores de contenidos”, eso que tan de moda se ha puesto ahora y que apenas si tiene relación con la literatura. Lo que cuenta no es solo la historia, la trama, lo que pasa en la novela, sino cómo se presenta, cómo se estructura, con qué palabras se narra lo que se quiere narrar. Por eso yo soy muy partidaria de leer poesía a los niños pequeños: para que descubran el placer de las palabras que crean imágenes, sentimientos, emociones… que hacen llorar y reír, que también son música.

Si en la novela, además, hay misterios, sorpresas, secretos y acertijos, mejor que mejor: nadie desdeña una función de magia. Y si también hay escenarios exóticos, o poco comunes, o nos vamos al pasado, o al futuro, la mente del lector se abre y crece como una flor al contacto con el agua.

En mi adolescencia los libros fueron mis guías, mis maestros, mi compañía, mi placer. Sé que ahora hay muchas otras formas de encontrar diversión, ayuda, información, consejo... pero me gusta la idea de escribir novelas, de ser capaz de aportar algo a la maravillosa tradición literaria de la que yo me nutrí en mi juventud. Muchos escritores y escritoras me dieron mucho, y yo quiero devolver algo de lo que tanto me ayudó y tan importante fue para mí. Si en algún momento he conseguido que una chica o chico haya encontrado refugio, placer y alegría en una de mis novelas, ese es el máximo premio al que puedo aspirar.

En la etapa de la vida en la que las personas empezamos a sentirnos en el camino que nos llevará a ser adultos —la preadolescencia, adolescencia, primera juventud— la mayor parte de nosotros nos sentimos incomprendidos, solitarios, perdidos en un mundo que nos viene grande y que tememos no ser capaces de dominar jamás. Nos pasamos el tiempo comparándonos con unos y con otros, buscando modelos que imitar, rechazando comportamientos que encontramos despreciables, tratando de conseguir la amistad, el amor, la aceptación de los que nos rodean… —de hecho no hay mucha diferencia con lo que nos sucede después, cuando ya somos oficialmente adultos, y, en ese proceso, la lectura es crucial porque, entre otras cosas, nos permite vivir “de segunda mano”, como si dijéramos, situaciones que, si nos sucedieran de verdad, podrían destruirnos para siempre. Y, a la vez, nos saca de esa realidad que a veces nos pesa como una ropa empapada, y nos cubre con un manto de plumas y de seda que, además, nos permite volar, descubrir el pasado, atisbar el futuro, cambiar de sexo, de aspecto, de mente.

Cuando una entra en una biblioteca, en una librería o, casi mejor, en la propia habitación donde guarda sus tesoros literarios como un dragón en su cueva guarda su oro, el mundo se multiplica por diez mil. Cada libro es un portal dimensional que puede llevarte a lugares que nunca has imaginado, y, para ello, solo hace falta tener unos ojos en buen estado y un poco de luz. No hay nada que dé más por menos.

Texto leído en el 5to. Seminario de Literatura Infantil y Lectura, realizado en noviembre de 2018 por la Fundación Cuatrogatos y la Feria del Libro de Miami.