Con una cereza en la boca

Marina Colasanti
Yo podría comenzar diciendo que desde hace muchos años vivo en una biblioteca. 

O podría comenzar diciendo que desde hace muchos, muchísimos años, una biblioteca vive en mí. 

Ambas afirmaciones serían verdaderas. 

¡Y no sorprendería a nadie! Cualquier escritor de mi edad puede decir lo mismo. Vivir rodeado de libros es parte de la profesión, es igual para todos. Lo que sí difiere es el camino que los libros siguieron para apoderarse de cada uno.

El relato que haré a continuación puede parecer muy personal. Pero más que eso, refleja el recorrido de construcción de una lectora realizado a través de tres ricas bibliotecas.

Si pienso en el pasado más remoto, no veo estantes con libros, pero ciertamente los había. La única foto que tengo de nuestras casas en África es una de Asmara; mi madre lista para ir a alguna fiesta, de noche, posando debajo de la lámpara en el cuarto de los niños. Yo recién nacida, mi hermano con un año, ciertamente aún no teníamos libros.

Pero mis padres sí tenían. Mi madre, que había estudiado Letras, no viajaría en navío de Italia a Eritrea sin llevar libros para leer entre uno y otro mareo de su embarazo. Y habrá llevado también sus libros favoritos: alguna poesía, novelas. Mi padre, a su vez, había heredado la parte moderna de la biblioteca de mi abuelo poco antes de que decidiera vivir en África.

Libros, por lo tanto, había. Yo era quien aún no tenía ojos para verlos o para acordarme de ellos.

En la segunda casa, en Trípoli, tuvimos una biblioteca formal. Oí hablar de ella más de una vez, unida a la historia familiar de cómo todo había sido dejado atrás. En el inicio del conflicto –la Segunda Guerra Mundial–, la familia se había separado: la madre y los niños regresando a Italia, el padre retenido por el trabajo en Trípoli. Pero la guerra es un mecanismo en movimiento, y mientras los ingleses avanzaban rumbo a Trípoli, mi madre en Italia escuchaba la radio de Londres a escondidas –estaba más que prohibido oír las noticias provenientes del enemigo– tratando de saber cuánto riesgo corría su marido. Marido que, forzado por la aproximación de los ingleses, apareció una mañana a los pies de mi cama. Se había salvado, pero tuvo que abandonar la casa con todo lo que contenía. Biblioteca incluida. 

Así, la primera biblioteca que habría sido mía se me escapó de las manos.

Los cinco años siguientes fueron de guerra. Y en la guerra nos tornamos más nómadas de lo que ya éramos. Vivimos en hoteles, en apartamentos rentados, en casas. Nos cambiamos varias veces de ciudad, buscando seguridad u obedeciendo a los desplazamientos impuestos por el trabajo de mi padre. Y si los libros no iban con nosotros –en la guerra nada se lleva–, aparecían tan pronto como llegábamos a un nuevo abrigo. No tengo recuerdo de una casa sin libros.

A los seis años, llegando a los siete, gané la primera biblioteca. No era, en realidad, una biblioteca, era una colección. Pero para mí fue como si la biblioteca de Alejandría, con todo el saber del mundo, hubiese sido depositada en mi regazo.

Acabábamos de llegar a Como, una ciudad antigua en el norte del país, a orillas del lago del mismo nombre. El recuerdo que tengo es de un principio de otoño, días ya más cortos, la neblina viniendo del lago. Mi hermano y yo no conocíamos a nadie, fuimos puestos en colegios separados, y después de las clases no teníamos nada que hacer. Nuestros juguetes se habían quedado atrás, ni se podía pensar en jugar en la calle. Entonces nuestros padres compraron para nosotros libros de una colección de nombre muy apropiado: La Escalera de Oro.

Y por ella subimos. 

Clásicos de la literatura universal habían sido adaptados por autores italianos importantes, en ocho series, considerando las destrezas lectoras de los 6 a los 13 años. Nuestros padres los fueron comprando poco a poco, sin respetar las series, de modo que acabamos barajeando Edgar Allan Poe y Julio Verne, destinados a los mayores; Las aventuras del barón de Munchhausen y Gulliver, destinados a los del medio; Peter Pan y Wendy y las Fábulas de La Fontaine, destinados a los menores. Ese desorden en la compra resultó altamente benéfico, pues exigió de nosotros una atención redoblada y transmitió alto voltaje a nuestro imaginario.

El comedor del apartamento alquilado donde nada nos pertenecía, de paredes oscuras forradas de madera y ventanas altas dando hacia la catedral, desaparecía a medida que a través de la lectura avanzábamos en las selvas, navegábamos en mares revueltos, volábamos en las nubes. El cuadro de hortensias era sustituido por un sol abrasador. Y debajo del piso de madera encerada un corazón pulsaba, para siempre audible.

En el mismo período, ganamos los libros de aventuras de Emilio Salgari y los de Kipling. Leímos los mitos griegos, que hasta hoy afloran en mis textos; la leyenda de Troya, cuyo caballo todavía habita en mí; Robinson Crusoe, que me enseñó a sobrevivir a cualquier naufragio, y Don Quijote, cuya sabiduría retribuí años más tarde al traducir al portugués una bella adaptación para niños. 

Leíamos hasta cansarnos. Y, cansados de leer, comenzábamos a fabular, a veces partiendo del universo literario que aún teníamos en la cabeza, a veces inventando otro.

Recuerdo claramente que durante semanas inventamos historias de una tribu africana en que una matriarca tenía pechos tan colgantes y tan largos que, sin querer, al moverse derribaba con ellos cosas y personas. Y reíamos, reíamos metidos en aquella aldea, mientras allá afuera subía la neblina del lago y la guerra avanzaba. 

No íbamos a la librería con nuestros padres a escoger los libros que más nos agradaban, así como no íbamos a tiendas a escoger nuestras ropas. Aún no había llegado el tiempo del “niño rey” de múltiples deseos que los padres se esfuerzan por atender. Ni había llegado la era de las shoppings

Eran tiempos difíciles, en que las mercancías, todas las mercancías, escaseaban: no había cuero para los zapatos, se pedía a los hombres que no usasen chaleco, las novias tenían prohibido llevar vestido con cola, no había café… La única tienda de Como que conservo en la memoria es la de productos alimenticios cerca de nuestra casa –y no olvido el alboroto que hicieron las amas de casa el día en que un huevo pasó a costar una lira. 

Las tiendas solo entrarían en mi vida después de terminada la guerra. Y con ellas, las librerías y los puestos de periódicos.

Dejamos Como, que, siendo centro industrial, se había vuelto peligroso, y nos cambiamos a una casa en una ladera, en medio de la vegetación, junto a una pequeñísima ciudad. De los libros, solo llevamos los favoritos. No hubo biblioteca en la nueva casa, como tampoco hubo calefacción. Íbamos a estudiar en la casa de la profesora atravesando los campos –la escuela había sido requerida para fines militares– y regresábamos con los pies helados. Pronto llegaría la nieve. Y cuando la nieve vino, disminuyeron nuestras lecturas, sustituidas por el trineo.

Con la primavera, se acabó la guerra. Era abril de 1945. Conmemoraciones, un último rastro de violencia. La vida, nuevamente modificada, recuperaba una normalidad que mi hermano y yo prácticamente no conocíamos. En pocas semanas la casa rentada fue entregada y nuestra madre preparó el descenso para regresar a Roma, la ciudad de la familia. Nuestro padre no iría, desubicado por la confusión reinante o por el trabajo. 

Nada viajó con nosotros. Llevábamos una única maleta con las ropas básicas, el oso de peluche de mi hermano y un tesoro que guardo hasta hoy: un álbum con la historia de Pinocho contada y cantada en cinco discos de cartón –técnica de la época para no lastimar a los niños–, puestos en sobres de cartón con dibujos que se armaban formando escenarios.

Tanta fidelidad y tantos años de amistad con esa marioneta, símbolo de la pobreza, de la irreverencia y del buen corazón, me llevarían, muchos años y muchos viajes después, a traducir su historia para los niños brasileños.

El viaje de bajada fue largo. No había trenes. Las carreteras estaban destruidas, las ciudades por donde pasábamos en autobús habían sido bombardeadas, se veían destrozos de la guerra en los campos, cráteres por todas partes. 

Al final, después de un largo pit-stop por la costa Adriática, llegamos a Roma.

En Roma vivía la biblioteca de mi abuelo.

Era un hombre de arte mi abuelo paterno. Profesor, crítico, historiador de arte especializado en pintura del siglo XV, autor de varios libros. No lo conocí, murió poco antes de mi nacimiento. Habría sido un bonito encuentro.

Su biblioteca había sido transferida, después de su muerte, de la villa familiar al apartamento antiguo, en el centro de Roma, donde vivían mi abuela y mi tío.

Poco después de la llegada a Roma, nuestra pequeña familia fue una vez más forzada a separarse. Mi padre partió para Brasil. Mi madre se fue a vivir a una pensión, mi hermano se fue de interno a un colegio, yo fui a vivir con mi abuela. Todo iba a ser provisional. Lo provisional duró dos años.

En la casa de la abuela, buen comportamiento era la norma. Pelo trenzado, para que no cayeran cabellos en la comida cuando yo iba a la cocina para un refrigerio, delantal sobre la ropa, y la promesa hecha por mi tío: "Marina, si eres buena, de noche vamos a leer en la biblioteca". Asegurar que tal promesa se cumpliera era mi misión. 

Y en la noche, a la biblioteca.

Era una pieza grande, muy grande, las paredes cubiertas de altos estantes, los libros todos encuadernados con cuero, con el título en letras doradas en los lomos y las iniciales de mi abuelo: AC. 

Nos sentábamos los tres en el círculo de luz de la lámpara. Mi abuela hojeaba su revista favorita, Marie Claire –sí, ya existía en 1946–. Mi tío leía algún libro. Y yo, sentada en una silla más baja, tenía derecho a escoger. 

Escogía casi siempre lo mismo: libros de figurines del siglo XIX, hechos con antiguas revistas de moda, aquellas mismas que vi después desmembradas y vendidas como estampas. Damas de crinolina, con chales y sombrillas, niños jugando con arco o peteca, señores bigotudos de sombrero bombín pasaban lentamente debajo de mis dedos. La lentitud era a propósito, destinada a prolongar el placer.

Y el placer no solo venía del libro pesado sobre mis rodillas. Venía del olor a cuero y a papel fundidos en la penumbra, de la presencia de los libros garantizándome que siempre tendría uno más para ver o leer, de la imponencia de aquella habitación donde, aun durante el día, yo entraba reverente. Y de un sabor en la boca.

Porque, premiando mi buen comportamiento, en noches de biblioteca mi tío me daba una cereza encurtida en alcohol. Él mismo las preparaba en el verano, escogiendo las más bonitas y poniéndolas en un frasco. Cuando, ya encurtida, una de ellas me llegaba en la punta del pequeño tenedor, era tesoro múltiple: recuerdo de verano sobre la lengua, expectativa realizada, delicia de adulto. Yo no la masticaba. La dejaba en la boca, sabiendo que en ese nido caliente cambiaría lentamente de sabor, aprisionada hasta que la orden impostergable “¡Hora de ir a la cama!" me obligase a finalizar el placer, tragando lo que quedaba de la cereza y escupiendo el hueso.

Soy persona de pocos deseos –además de los del amor–, pero desde el principio deseé ardientemente heredar aquella biblioteca. Sabía que no me estaba destinada, y sí a mi hermano, que tenía el mismo nombre de mi abuelo. Si la heredaba, no tendría cómo traer tantos libros a Brasil ni tendría cómo abrigarlos en mi casa. Pero el querer no respeta ni lógica ni impedimentos, y todas las veces que estuve a lo largo de los años en aquella casa ese deseo se reencendió.

No se realizó. Cuando mi tío murió, la biblioteca fue vendida en subasta.

En los años de Roma comencé a frecuentar librerías. Mi madre me llevaba, dejándome escoger lo que quisiera. Fue un período de otras lecturas. No más libros de aventuras, no tantos piratas o indios piel roja, sino historias de señoritas, con heroínas un poco mayores que yo, señalándome un trayecto posible.

Y leía todas las semanas un periódico infantil, cuya primera y última páginas eran historietas, con subtítulos en estrofas de siete versos rimados. Fue una escuela de poesía bastante divertida, que domesticó mi oído, llevándome a componer los primeros versos.

Un salto temporal: tengo 17 años, y aterrizamos en la segunda biblioteca notable. La de mi padre (con mi madre, que murió muy joven, no hubo tiempo para leer juntas).

Infinitamente más modesta que la otra, la biblioteca de mi padre, de estantes bajos en una casa de hacienda, libros encuadernados en papel sin dorados en los lomos, fue fundamental para mí. 

Todo allí era excelencia. Mi padre decía que lo que contenía era suficiente para él porque, cuando acabara de leerlo todo, podía recomenzar y haría siempre otra lectura, tendría siempre qué aprender.

Gracias a esa biblioteca fui presentada a los autores rusos: me apasioné por Dostoievski más que por todos, me conmoví con Tolstói y Chéjov.

Y cuando ya estaba empapada de novelas construidas como catedrales, mi padre me entregó los autores americanos. ¡Qué sorpresa fue para mí dar con las frases cortas, sin comas, casi minimalistas, el realismo cortante, las novelas en el hueso, la modernidad de Faulkner, Dos Passos, Hemingway, ¡Fitzgerald!

No paraba de admirarme y aprender.

La modesta y, no obstante, esencial biblioteca de mi padre me inició también en la poesía. Contaba con poetas italianos, Carducci, D'Annunzio, Trilussa, y algunos franceses que él compraba especialmente para endulzarme el pico.

Íbamos juntos a dos librerías. Una librería francesa, en el Centro, cerca del Consulado italiano, donde compré mi primer Françoise Sagan y mi primer Françoise Mallet-Joris. Y la de una librera italiana, que leía todo lo que ponía a la venta, sabía qué recomendar y a quién, y acabó volviéndose la librera más respetada de Rio. Sobre todo, ahí ibamos con frecuencia, y mi padre se enfrascaba con ella en largas conversaciones literarias, más por el gusto de hablar italiano que como ejercicio intelectual.

La tercera biblioteca determinante es la que me rodea.

Precedida por mis modestas –pero buenas– bibliotecas de soltera, esta fue constituida a lo largo de 47 años, suma de mis libros y los de mi marido.

Estoy casada con un poeta, profesor de literatura, ensayista, crítico. Nos conocimos en la redacción del periódico en que ambos trabajábamos. Y al buscar apartamento para vivir juntos, lo que más me preocupó fue el espacio para la inevitable biblioteca.

Hoy, en el caos reinante en que los libros colocados en doble fila en los estantes hacen casi imposible hallar lo que se busca, subsiste el orden inicial. En cada escritorio, los libros directamente ligados al trabajo de cada uno. En la sala del segundo piso, en el gran estante preponderantemente de él, la literatura brasileña, la poesía, los ensayos, la historia. Un estante menor, mío, abriga los libros de poesía que me acompañan desde la juventud. En el piso de abajo, mi estante de autores orientales, italianos, americanos, hispanos, las novelas. Y dos altos estantes comunes ocupados por biografías. Tenemos incluso estantes en el corredor, fraternalmente divididos a la mitad. Estantes, solo míos, en mi cuarto de vestir. Y libros apilados por todas partes. Hasta un banco largo y antiguo fue transformado en almacén de libros que ya no queremos y que, de alguna forma, donaremos. Solo no hay libros en la recámara, porque soy alérgica, en el baño y en la cocina por cuestiones de higiene.

No sé vivir sin ellos, me resisto a descartarlos. Veo mi mesa de trabajo y me avergüenzo de tantos que se acumulan sobre ella. Cito solo los lomos que alcanzo a ver de reojo: Antología de la literatura fantástica, de Borges; Cuentos de la Tortuga Dorada, de Kim Si-seup, autor coreano del siglo XV; Kaputt, de Curzio Malaparte, en dibujos; La historia de Genji, el clásico japonés; Smoke and Mirrors, de Neil Gaiman. Los demás están encubiertos entre papeles. ¿Por qué no organizo la mesa, guardando en el estante esos libros? Porque son de lectura más lenta, porque no los terminé, porque aún no exprimí todo el caldo que contienen, porque recelo de que, al ponerlos en el estante, los abandone.

Los libros, ya se ve, son las ramitas con que construyo mi nido.

Así como la biblioteca, las librerías también dieron un paso al frente con mi matrimonio. Ir a la librería es mucho más placentero cuando se va en compañía de un cómplice. Y mi cómplice era tanto o más vicioso que yo. Mi cómplice era un hábil investigador de librerías y con él aprendí detalles de su técnica.

Hemos vivido más de una vez en el extranjero, hemos viajado mucho. Y uno de nuestros programas turísticos favoritos siempre ha sido la ida a librerías. En París, es vicio diario. En Milán, fuimos presa del frenesí y en la primera noche de llegada escudriñamos, una tras otra, las tres grandes librerías en la Galleria. No olvido aquella librería de Roma donde entré una única vez. Acabábamos de ver una película sobre la pintora renacentista Artemisia Gentileschi, y salí del cine ansiosa por una biografía suya. Había ahí cerca una librería modesta, con vitrina estrecha, un perro echado delante de la puerta. Entré. No era una librería modesta. Hecho el pedido, el librero, acompañado por el perro, nos guió decidido a través de dédalos insospechados, hondos corredores y cuartitos forrados de libros, hasta encontrar la biografía en cuestión. Hasta hoy, pienso en los tesoros escondidos en aquella semioscuridad.

Falta hablar de las bibliotecas públicas. Poco las frecuenté. Durante la guerra, por motivos obvios. Después, porque, como tenía siempre más libros a mi disposición que los que podía leer, no sentí necesidad. Periodista, investigaba en el departamento de investigación del periódico. Solo más tarde, para mi actividad de feminista, necesité hacer investigación más profunda y recurrí a bibliotecas públicas, sobre todo las extranjeras.

Una única biblioteca pública se inscribió para siempre en mi vida: la Biblioteca Nacional de Brasil. Presidida durante seis años por mi marido, fue durante seis años presencia constante en nuestras pláticas y en nuestro cotidiano. 

En sus archivos, como si se cerrara un círculo, encontré algunos de los libros escritos por mi abuelo.


(Conferencia en el XV Encuentro de Promotores de Lectura, FIL Guadalajara, 2017).