El Pequeño Brown

El pequeño Brown. Isobel Harris

Cuando cae en tus manos un libro como El Pequeño Brown, cuya primera publicación data de 1949 y que continúa reeditándose en nuestros días, no puedes dejar de preguntarte dónde radica el secreto de la vigencia de esta obra, su capacidad para seguir cautivando a lectores de muy disímiles edades. Lo primero que salta a la vista es la forma inteligente y sólida en que está estructurada su trama y la simplicidad y la elegancia con que esta se desarrolla ante el lector. Por otra parte hay que hacer referencia a la sorprendente lozanía de sus ilustraciones, que bien podrían estar firmadas por un artista contemporáneo, y a su indudable capacidad de comunicación. Y, por último, pero no menos importante, a la voluntad de dirigirse al público infantil rehuyendo la mirada condescendiente y sin ánimo de transmitir mensajes.

Este relato de la escritora Isobel Harris y del ilustrador André François tiene como protagonista al pequeño hijo del matrimonio Brown, quien vive con sus padres en un hotel de una gran ciudad (las imágenes remiten, aunque el texto nunca mencione su nombre, a Nueva York). Es precisamente el niño quien narra, desde la ingenuidad de sus cuatro años y medio, su vida cotidiana y nos permite conocer a algunos de sus amigos: Hilda, una empleada de la limpieza del hotel; Edu, el portero, y Juan, un ascensorista. 

Un día, la madre le pregunta al Pequeño Brown si le gustaría pasarse un domingo en el campo con Hilda. Durante esa jornada, el protagonista descubre, de la mano de la joven y en compañía de la familia de esta, un universo desconocido, en el que en vez de trenes subterráneos hay árboles, donde las personas hablan dos idiomas, comparten recuerdos de su país de origen y conviven con canarios y perros; un pequeño y acogedor mundo en el que la gente no tiene “mucho de nada”, pero saborea deliciosas tortas de chocolate alrededor de una acogedora mesa y se divierte haciendo muñecos de nieve. 

Un libro precioso, rico en sugerencias e imágenes, con una voz narrativa muy auténtica y deliciosas ilustraciones a dos tintas, que permite, de acuerdo con la experiencia de quien lo lea, sacar diferentes conclusiones de la sencilla historia que relata. 

Casi septuagenario, El Pequeño Brown resulta más fresco, inteligente y actual que muchos de esos libros “creados para…”, previsibles y efímeros, que salen a montones de las imprentas en nuestros días y que parecieran producidos con el único objetivo de complacer los requerimientos de programas educativos, consignas, campañas, tendencias sociales, etc. Aplausos para el joven pero ya prestigioso sello Niño Editor, de Buenos Aires, por rescatar esta obra para los lectores hispanos y publicarla con tanto esmero.

Aprovecho la ocasión para recomendar la lectura de otros importantes títulos de la literatura infantil estadounidense de los años 1930 y 1940 publicados en español, como Jorge el curioso, de H.A Rey (HMH Books); Ferdinando el toro, de Munro Leaf (Lóguez); Buenas noches, luna, de Margaret Wise Brown (Corimbo); Mike Mulligan y su máquina maravillosa, de Virginia Lee Hamilton (HMH Books); Abran paso a los patitos, de Robert McCloskey (Puffin Books), y Katy no tiene bolsa, de Emmy Payme y H.A. Rey (HMH Books). Los tres  últimos han sido reseñados también en Cuatrogatos.
Javier Gómez